ITESO. UNIVERSIDAD JESUITA DE GUADALAJARA

Una de las lecciones que el coronavirus nos deja es que volver a la “normalidad” no puede ser nuestro objetivo, que debemos revertir lo que ha normalizado la desigualdad y la indiferencia para lograr reconocer lo silenciado y excluido, revalorando el papel de lo público y de la ética como herramientas de transformación de la realidad. 

POR LUIS ARRIAGA VALENZUELA, SJ, RECTOR DEL ITESO

El Covid-19 nos ha puesto ante una situación inédita, que ha causado dolor y zozobra a millones de personas y familias en todo el mundo.  

Simultáneamente, la pausa que en muchas actividades han significado las medidas sanitarias permite reflexionar sobre lo que esta crisis revela. Desde luego, esta posibilidad es, en sí misma, la enunciación de un privilegio; para muchos y muchas, la pausa ni siquiera ha sido posible pues la pandemia les ha arrojado a buscar día a día su subsistencia. En este sentido, para ser honestos con la realidad es imposible dejar de subrayar en cada espacio cómo el covid-19 afecta de manera diferenciada a quienes menos tienen. Es mi convicción que, precisamente por esas diferencias, la situación en la que estamos nos invita a pensar con mayor hondura y responsabilidad.    

 Una larga pausa para una profunda conversión es una ilustración de Erwin García, estudiante de Diseño

Desde esta premisa, pienso que este inédito coronavirus nos deja al menos diez lecciones esenciales, que enseguida repaso de manera somera, sabiendo que, respecto de algunos de estos aprendizajes, aún hay que dejar pasar tiempo y distancia para que se decanten y asienten en nuestras personas y quehaceres: 

  1. Escuchar los clamores. Debemos afinar más nuestra aprehensión de la realidad, identificando los clamores como signos de lo que no funciona bien en nuestro mundo. Esto supone ser más capaces de percibir las voces que han permanecido silenciadas o excluidas. 
  2. Reorientar nuestras prioridades. Una sociedad que discute si es más importantes cuidar la vida o cuidar el capital, es una sociedad gravemente enferma, con independencia de que sobre ella se cierna una pandemia. 
  3. Sospechar de la normalidad. Nos llega, si optamos por vivir bien y con dignidad, como un imperativo, la necesidad de generar nuevas orientaciones para que la “nueva normalidad” sea, en efecto, diferente y más humana, no solo un disfraz de la normalidad anterior. 
  4. Ver cabalmente esta “realidad perturbadora”. Siguiendo el estilo de los Ejercicios Espirituales, debemos contemplar la realidad de la pandemia no como algo que me está afectando sólo a mí -como persona, como obra, como institución educativa- sino como algo que causa sufrimiento a los más desfavorecidos, sintiendo y percibiendo como propio ese dolor.
  5. Aceptar nuestra común vulnerabilidad (sin soslayar las desigualdades). Es cierto, el covid-19 nos muestra la fragilidad humana compartida por todos y todas sin distingo. Pero también es real que hay quienes están más expuestos a los riesgos de esta y otras pandemias, no por una condición natural sino por desajustes ocasionados en nuestra historia. El Pato Ávila, en una entrevista en la revista Proceso, dijo que el “covid-19 es una lupa que nos revela las inmorales estructuras sociales”1; y añadió: “Lo que debería de ser normal en un Estado de derecho se convierte en algo a conquistar en las democracias que son un territorio de desprotegidos”. Debemos seguir aspirando a cambiar esas estructuras, hoy de nuevo evidenciadas nítidamente por la pandemia; nuestras universidades sin duda tienen que contribuir a ello.
  6. Comprometernos con la transformación de la realidad. La crítica de los grandes relatos de la modernidad bajo el argumento que atribuye a la razón un papel relevante en la formación de monstruos totalitarios nos ha conducido a la aceptación acrítica de una suspensión del juicio ético. Sin embargo, esta parálisis nos ha encontrado con sistemas públicos de protección y de garantía de derechos débiles o desmantelados. Ante esto, necesitamos revalorar el papel de lo público y de la ética como herramienta de transformación de la realidad, como criterio para incidir en ella y evitar el autoritarismo de la razón tanto como el de las ilusiones.
  7. Generar (o afianzar) una mística de la vida compartida. La disciplina impuesta, cuya utilidad no cuestiono, parece avenirse mejor con una percepción de los otros y de las otras, como portadores de un mal que debemos evitar. Frente a esto tenemos la oportunidad de proclamar que la vida solo surge y se afianza en la alegría del trabajo y del pan que se comparten. No solo con los otros de nuestra especie, sino con la tierra y con las otras especies, entendidas como madre y hermanas por los pueblos originarios de los cuales podríamos aprender nuevas formas de relación.
  8. Si compartimos la vida sabremos que nadie se salva solo. Es una claridad esperanzadora. Al cuidarnos cuidamos a los demás. Al cuidar de los otros nos estamos cuidando. Esta reciprocidad podría contribuir a cuestionar la vigencia de nuestro sistema individualista, que valora la competencia como vía al éxito personal, y que normalmente conduce al olvido o al desprecio de la solidaridad.
  9. Hacer de la justicia y la equidad ejes del cuidado compartido. Necesitamos poner el énfasis en la equidad y la justicia social y ambiental. Aquí hay que dar un paso más al ir de lo obvio hacia el desvelamiento de los mecanismos de dominación y de las narrativas que los deslegitiman. Para lograr esto, la educación es básica, no como “sistema de credencialización”, sino como proceso transformador de las personas para el desarrollo de habilidades analíticas y críticas y para el compromiso hacia la acción. Nuestro papel como universidades es y seguirá siendo clave en este aspecto.
  10. Por último, es necesario discernir en qué contextos concretos podemos incidir en la realidad como universidades jesuitas, para realmente aportar a que esa “nueva normalidad” sea diferente y más justa para la especie y para el planeta. Debemos incidir en las políticas públicas, en las consultas sobre las leyes, en los órganos de vigilancia ciudadana, hasta tomar postura ante proyectos particulares relacionados con nuestra investigación y formación en las diversas disciplinas. 

 

El doctor Luis Arriaga Valenzuela, SJ es integrante de la Compañía de Jesús y Rector del ITESO. Puedes contactarlo escribiendo a rectoria@iteso.mx  Foto Luis Ponciano

Conclusión: No volvamos a la normalidad 

“Volver a la normalidad” no es una alternativa frente a los riesgos que enfrentamos. La pandemia nos confirma que nuestra “normalidad” normalizó desigualdades e indiferencias que un microscópico virus sacudió, trayéndolas a la luz para hacer patente su profunda injusticia.    

El llamado es a no pasar de largo para construir una cotidianidad diferente. Tenemos que actuar ante las condiciones que incrementan la vulnerabilidad, revirtiendo los factores que hemos normalizado pese a que sabemos que aumentan la presión sobre la salud y la vida, empezando por nuestros patrones de consumo.  

También contribuiremos a no volver a la anterior normalidad poniendo en marcha nuestras capacidades de comunicación y análisis, para develar las condiciones estructurales y coyunturales que generan esta presión y para adoptar medidas que garanticen la justa distribución de los medios de vida. 

Pensando especialmente en la labor de nuestras universidades, ante la pandemia podemos recordar la expresión del P. Kolvenbach: Los estudiantes, a lo largo de su formación, tienen que dejar entrar en sus vidas la realidad perturbadora de este mundo, de tal manera que aprendan a sentirlo, a pensarlo críticamente, a responder a sus sufrimientos y a comprometerse con él de forma constructiva. Tendrían que aprender a percibir, pensar, juzgar, elegir y actuar en favor de los derechos de los demás, especialmente de los menos aventajados y de los oprimidos”.  

Es cierto: para quienes hacemos vida y comunidad en las universidades jesuitas -y más ampliamente, para todos aquellos y aquellas que queremos abrir el corazón para escuchar los clamores del mundo- la pandemia es un llamado a dejar entrar en nuestras vidas esa inesperada realidad perturbadora que es el nuevo coronavirus. Abrir las puertas de la razón y la emoción para que eso suceda, puede ser el comienzo de una conversión honda y duradera.   

Sin duda, de cara a los riesgos actuales tenemos la oportunidad de escuchar las voces que nos convocan a renovarlo todo, a encenderlo todo de esperanza, de fe, a fin de hacer que el amor se haga justicia y reconciliación.

 

Lee más artículos de la serie Reflexiones éticas en una pandemia:

  1. La vida que nos sostiene, de Salvador Ramírez Peña, SJ.
  2. Sobre la dificultad para detenerse, de Bernardo García González.
  3. El llamado de la ética: la importancia de las instituciones, de Rubén Ignacio Corona, SJ.
  4. Afectividad y circunstancia, de Ana Sofía Torres.
  5. La nueva-vieja realidad que nos dejará el virus, de Juan Carlos Núñez Bustillos.
  6. Recuperar la mesura, de Gabriela Quintero Toscano.
  7. El ITESO y el reto de la nueva normalidad, de Ignacio Román Morales.
  8. E pluribus unum, de Bernardo Masini.
  9. El regreso, de Carlos E. Luna Cortés
  10. Un minuto de silencio, de Eneyda Suñer
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