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Sobre la dificultad de detenerse

SERIE: REFLEXIONES ÉTICAS EN UNA PANDEMIA

 

La velocidad es la droga de la modernidad. En nuestra cultura no sabemos detenernos. Es importante saber habitar en la crisis, porque abre la posibilidad de pensar lo más hondo y reconstruir. La demora es un gesto moral.

Por Bernardo García González.
Ilustración de Hugo García.

La crisis como ocasión
Estando aún
en medio de la confusión del estrago que nos vino a traer el virus resulta difícil conquistar alguna verdad que, por pequeña que sea, nos regale algo de tranquilidad. Me refiero a una verdad profunda, de esas que orientan la vida después de que el suelo ha sido movido en su capa más honda. Una verdad, por tanto, que no solo anestesie o distraiga, sino que acoja y funde.  

 

Cuando el suelo vacila decimos que estamos en crisis. La palabra crisis viene de una voz griega que significa separar o romper. El suelo que ayer nos sostenía con seguridad, hoy se va desgajando; es entonces cuando “entramos” en crisis. Quizás las características más obvias de la crisis –de cualquier crisis– son el miedo y el dolor. Pero también, como es bien sabido, toda crisis es ocasión para reconstruir desde los cimientos. Tal vez el miedo y el repudio al dolor son los que nos hacen querer salir rápido de la crisis –de esa fisura de la vida–, sin siquiera mirarla. Y es así como apuramos verdades a modo: verdades paliativas, que son como sostener la casa en basamentos de plastilina.  

 

Fue Ortega y Gasset quien definió la verdad como “aquello que aquieta una inquietud”. Parecería una definición anodina, pero esconde su profundidad: sin inquietud no hay verdad. Es decir, que la verdad más sólida brota de la duda más honda. Quizás una de las cosas que nos enseña esta crisis en la que estamos ahora es, precisamente, saber habitar en la duda, a no precipitarnos hacia la primera verdad que nos salga al paso. Hoy, todavía aturdidos, no nos queda más que tantear en medio de la oscuridad y soltar balbuceos –no sólo por la insuficiencia de palabras sino, como dice María Zambrano, por provocar el nacimiento–. 

Y ese es el lugar desde donde escribo este texto: desde la duda y la incertidumbre. Aquí no podré compartir verdades firmes, sino solo reflexiones sobre las que he ido y venido en este turbulento año en que se nos está desmoronando el piso. Y entre esas reflexiones, acaso alguna intuición de por dónde empezar a buscar tierra nueva.  

 

Saturación y desconcierto 

Llama mucho la atención la abrumadora cantidad de publicaciones que han surgido a raíz de la pandemia. Son tantas ya, que hasta da un poco de vergüenza seguir contribuyendo al insano afán de decir. Se podrá objetar que, para el ser humano, ante una situación como la presente, es casi ineludible justamente eso: tener que decir. Pero una de las reflexiones que me gustaría compartir en este texto es que, tal vez, hemos menospreciado el silencio y la quietud; ante la llegada del virus nos hemos sumergido, sin pensarlo, en un río de palabras cuyo cauce se acelera, sin permitirnos siquiera ver dónde estamos. 

 

En un texto del 16 de marzo, Antonio Ortuño advertía uno de los riesgos de la oleada de información: la imposibilidad de tejer una narrativa. “La avalancha de noticias sobre el avance del Covid-19 –escribió– es un hecho alarmante, pero a la vez, paralizador, porque no hay una narrativa posible para articularlo y explicarlo”. La imposibilidad de tener una narrativa es muy grave, porque la narrativa otorga sentido. La saturación nos ofusca porque no podemos unir la pedacera, porque no podemos tejer una red mínimamente legible que nos permita exprimir de ahí algo que signifique, que nos oriente 

 

Quedamos, pues, vacilando entre tanto estímulo: o angustiados en el sinsentido, o construyendo una coraza que nos distancia de la realidad –por ejemplo, consumiendo narrativas provisorias como las que hacen de la desgracia un espectáculo, tan comunes en nuestros medios de comunicación–. (Es ridículo, en esa línea, cómo siguen primando las narrativas vanas de las películas que hace unas semanas llenaban todavía las salas de cine: la necesidad que tiene la gente de protagonistas y de antagonistas; de ahí que a los exhaustos médicos y enfermeras, en vez de que se les trate como personas, en los medios se les imponga el ofensivo mote de héroes; y es de esa misma sed de héroes de película de la que se aprovecha con una marrullería inmoral algún gobernador para erigirse como salvador. Y si queremos escarbar en la gravedad habrá que decir: para que la narrativa se sostenga se requiere de un villano: y en esta ocasión el villano es el otro, el cercano. ¡Hasta ahí llega la espectacularización de la realidad! Ojalá tuviéramos otros arquetipos narrativos menos nocivos).  

 

En fin, cerrado el paréntesis –que daría para una interesante línea de reflexión entre ética y literatura, aquí imposible de desarrollar– valdría la pena observar esa avalancha a la que se refiere Ortuño y preguntarnos qué es lo que hay detrás de ella; cuál es la motivación desde la cual irrumpe ese insoportable huracán de “contenidos”, como son llamados ahora por los publicistas. Y es fácil advertir que detrás de la vorágine hay, entre otras cosas, prisa. Si no, ¿de qué otro modo podríamos explicar que, a pocos meses de la emergencia del virus, haya libros enteros en torno él 

 

Durante esta pandemia Bernardo García propone como primer paso para buscar una verdad que nos oriente la demora, es decir saber habitar el tiempo. El segundo es aprender de las personas que mejor han sabido habitarlo: la gente pegada y conciliada con la tierra.
Bernardo García González es director del Departamento de Formación Humana.

La prisa como enfermedad  

Tenemos mucha prisa. Y en torno a la prisa cabe preguntarnos por lo menos dos cosas: por un lado, por qué la tenemos –hacia dónde vamos con prisa– y, por el otro, cuáles son las repercusiones –personales, sociales– de tenerla. No es fácil responder a la primera de ellas. Tal vez se podría decir que la prisa es por salir de la crisis: que el dolor o el miedo a la grieta que se abre a nuestros pies nos obliga a huir apresuradamente. Pero, ¿creemos de verdad que ante la contundencia de aquello que nos viene a mostrar el virus lo mejor es correr? Y más todavía: ¿damos por hecho que esa ruptura en nuestro suelo puede, verdaderamente, dejarse atrás? A mí me parece más plausible otra opción: tenemos prisa porque estamos enfermos de velocidad. Tenemos prisa porque no podemos parar; porque no sabemos vivir de otro modo; porque la velocidad es la droga de la modernidad y sin ella –sin la prisa se nos cae el teatro del mundo que hemos construido. 

 

En nuestra universidad, sin ir más lejos, unas jóvenes estudiantes nos recordaron ejemplarmente que había que parar el 5 de marzo, y que ese parar tenía un sentido: pensar. El mensaje era contundente: paremos –es decir, dejemos de ser piezas de un engranaje cuyo alimento es la celeridad– y reflexionemos sobre nuestros modos de convivir. El 9 de marzo el paro fue nacional. Y México fue sólo uno de los escenarios del movimiento global. Pero la lección no nos duró ni diez días: muy pronto nos arrojamos a los brazos del remolino que nos trajo el virus y no pudimos detenernos, ni siquiera para pensar. Hay en ese gesto una clara negación de la realidad: continuemos como si nada pasara, ya regresará después “la normalidad”, sigamos produciendo, pero ahora desde casa.  

 

Que parar sea un acto político, es sabido y probado. Que pueda ser un remedio, una curación para una humanidad enferma de cansancio que, además, ha contagiado de su agotamiento al mundo, al haber abrevado desmedidamente de él… eso está por verse. De ahí la pertinencia de la segunda pregunta. Dentro del mar de textos disponibles en torno al Covid-19, he encontrado solaz sólo en dos, que van a contracorriente de la prisa imperante: “Hospitalidad e inmunidad virtuosa” de la filósofa cántabra Patricia Manrique y “Mejor callarse, solo un poco” de la escritora francesa Hélène Gestern. El primero de ellos es un elogio a la lentitud. El segundo, al silencio.  

 

Una mínima fenomenología del tiempo –que cualquiera puede atisbar y constatar en sus propias vivencias– nos muestra que, en contraste con la lentitud, la prisa es superficial. Nuestro mundo de la vida nos regala innumerables pruebas de ello: la prisa rompe con la contemplación e impide la intimidad; la prisa nos imposibilita una aprehensión honesta y segura del mundo; la prisa nos enajena –es decir, hace que lo ajeno nos domine–. Estas situaciones vitaleslos fenómenos temporales que atraviesan el cuerpo y los afectos– fueron extraordinariamente estudiados por Eduardo Nicol: la prisaescribió no es posesión, sino atropello. Y la víctima primera es el propio apresurado. La prisa no nos deja ver nada, ni siquiera a nosotros mismos”.  

 

Una última reflexión para este apartado: si ante la pandemia propongo una doble invitación: parar y aprender a habitar la crisis –para poder verla y poder vernos en ella, habrá quienes encuentren una dificultad no menor: ante estas circunstancias, los que pueden parar son sólo las minorías privilegiadas; millones de hombres y mujeres no tienen más remedio que salir, que moverse para procurarse los bienes básicos. Pero eso representa sólo una prueba más de que la prisa está en la base de nuestros sistemas. La invitación a la lentitud no debe ser tomada sólo como individual; es el sistema entero el que está organizado en torno a la velocidad. Los que no tienen prisa –los vagabundos, los desocupados– transitan en los márgenes del mundo. Y, en fin, un sistema que se nutre de la prisa no puede más que producir, por un lado, seres humanos ansiosos, infelices y frenéticos que sólo saben vivir ocupando los roles de consumidores o de turistas o, por otro lado, a seres humanos que no tengan más remedio que correr para vivir… y que terminen o excluidos o rotos –burnout se le llama a la enfermedad que padecen estos últimos–.  

 

Queda entonces, como puesto en bandeja, el reto de reflexionar en torno a cómo ir permeando de lentitud nuestra vida personal y comunitaria –nuestra economía, nuestra arquitectura. Michel Houellebecq ofrece una buena pista: “basta con hacer una pausa; apagar la radio, desenchufar el televisor; no comprar nada, no desear comprar. Basta con dejar de participar, dejar de saber; suspender temporalmente cualquier actividad mental. Basta, literalmente, con quedarse inmóvil unos segundos”. 

 

Ética y lentitud 

El poeta y ensayista argentino Hugo Mujica escribió, a propósito de las crisis: “desde una perspectiva algo se rompe, se pierde. Desde otra perspectiva algo pugna, busca espacio, nace.” Es una excelente manera de describir a la crisis como ocasión para rehacer: una crisis que no se niega, sino que se habita.  

 

Las palabras ética, moral y economía tienen un sorprendente hilo etimológico que las une: ethos, como vocablo griego, es anterior a moris, palabra latina. Aunque ethos suele traducirse como “hábito” en el sentido de “manera de hacer” el uso primigenio que se le dio a esa voz –y que se encuentra en la literatura arcaica griega– es “resguardo”, “guarida” o “refugio”. Ethos era el lugar en el que los animales se protegían. Por su parte, la palabra latina moris, aunque suela traducirse como “carácter”, significó también, en su origen, “morada”, “casa”. Oikonomía, por último, que heredamos también del griego, significa el cuidado de la casa 

 

A la similitud de esos tres vocablos, habría que sumar una reflexión –pendiente para otro texto– sobre el guiño que hacen a la arquitectura: a la noción de habitar. Parece que esas grandes categorías, sobre las cuales hemos construido tan juiciosas teorías a lo largo de siglos, se refieren al difícil acto de saber habitar el mundo y cuidarlo. En este escrito quise tantear un posible primer paso para la búsqueda de esa verdad que verdaderamente oriente. El primer paso propuesto es la demora, como gesto moral: saber habitar el tiempo. Y tal vez el segundo sea aprender de las personas que mejor han sabido habitar: voltear a ver a quienes hemos históricamente negado: a esa gente pegada y conciliada con la tierra 

 

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 Lee más artículos de la serie REFLEXIONES ÉTICAS EN UNA PANDEMIA:
1. La vida que nos sostiene, de Salvador Ramírez Peña, SJ
2. El llamado de la ética: la importancia de las instituciones, de Rubén Ignacio Corona, SJ
3. 
Afectividad y circunstancia, de Ana Sofía Torres

 

Otras Notas

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