Escribir sobre la Navidad sin perderse en la explicación de toda la simbología de estrellas, esferas, velas, pinos de navidad, pesebres, cena, pavo y regalos, sin mencionar al mentado Santa Claus, implica un reto para no distraerse del verdadero sentido que tiene. Navidad

Hablar de la Navidad desde el centro de su mensaje es reconocer el plan de Dios, que desde su creación nos va revelando su presencia en la historia de muchos modos y maneras, como dice la carta a los hebreos:

Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio de su hijo, a quien  instituyó  heredero de todo y por quien también hizo el universo. Él es el resplandor de la gloria de Dios e impronta de su sustancia y el que lo sostiene todo con su palabra poderosa”. (Hb. 1-3).

Las fiestas en la experiencia cristiana tienen como objetivo celebrar el misterio de Cristo en toda su profundidad, porque se sigue haciendo en nuestra historia esa presencia salvadora. No son representaciones teatrales, sino que la salvación sigue actualizándose en el tiempo presente. Por consiguiente, la Navidad una vez más hace referencia a esa plenitud de los tiempos que narra San Pablo en Gálatas:

Y al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a su hijo nacido de mujer, nacido bajo el régimen de la ley, para rescatar a los que se hallaban sometidos a ella y para que recibiéramos la condición de hijos”. (Gal. 4, 4-5).

La Navidad es vivir en este tiempo presente de lo que es capaz Dios.

Él puede hacerse realmente otro, un hombre, sin dejar de ser Dios”, como dice el Evangelio de Juan:

“El verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como unigénito lleno de gracia y de verdad”. (Jn. 1, 14).  

Este devenir a ser humano de Dios, este hacerse, tiene dos extremos fundantes que se hacen  síntesis en el misterio de la encarnación. Un extremo es Dios como misterio, como trascendencia, como lo inmutable, y el otro es la carne, lo mudable, lo caduco, lo histórico, y esto se le atribuye al Verbo, que estaba junto con Dios y que era Dios: Jesucristo.

Y lo admirable de este hacerse Dios hombre es una paradoja, una transgresión –como veremos más adelante– que mantiene en la radicalidad los dos extremos, pero en una unidad inseparable. Es decir, por un lado un Dios que por puro amor nos crea y nos acompaña en la historia sin perder nada de su plenitud divina, y por otro lado un Dios que en la humanidad de su hijo Jesucristo decide radicar toda su plenitud divina.

Este es el centro de la Navidad, una invitación a vivir en esa sobreabundancia del amor de Dios a los humanos. Dios quiso comunicarse de una manera completa y adecuada al ser humano, siendo humano como nosotros.

Dice el teólogo Leonardo Boff en un artículo sobre la Navidad:

“Al humanizarse, Dios no mutiló al hombre. El proyecto de Dios no destruye, antes bien sublimiza el proyecto humano. El querer ser-hombre de Dios establece el querer ser de Dios del hombre. Divinizándose, el hombre es más hombre. Humanizándose, Dios es más Dios (para nosotros)… Dios no quiso aparecer como Dios sino como hombre… pero esto solo es posible a condición de que el hombre adopte la lógica de Dios, el olvido de sí mismo, la humildad, el anonadamiento, el retraimiento, para que no sea él, el hombre, sino Dios, el que se manifieste”.

Todo lo anterior, el Evangelio lo narra con una sencillez impresionante en un anuncio a los pastores:

“No temáis, pues les anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David,  un salvador, que es Cristo Señor. Esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc. 2, 10-12). 

Ese “os ha nacido hoy” del anuncio de los ángeles es el hoy de nosotros, es el ahora.

Esta humanización de Dios se puede interpretar como una irrupción, una transgresión a nuestra realidad. El verbo (Jesucristo) irrumpe, trasgrede,  infringe. La Navidad nos revela  “un Dios transgresor”.

“El significado más literal del verbo «transgredir» (del latín transgredior) es cruzar, infringir, quebrantar, vulnerar una orden o una ley de cualquier clase que sea… en ese sentido, el Dios que anuncia el Evangelio aparece como profundamente transgresor, al igual que quien es uno con Él.  Jesús, «el hombre que venía de Dios» (J. Moingt) es transgresor precisamente porque, en cuanto Hijo de Dios, ha cruzado la frontera entre el cielo y la tierra, ha infringido la ley de separación entre lo divino y lo humano. (Jn. 1, 14; Flp. 2, 6-8).


Jesús es transgresor porque ha violado la ley judía, que imponía una separación inmisericorde entre sanos y enfermos, ricos y pobres, justos y pecadores. Y, lo que es más grave, lo ha hecho en nombre de su padre Dios, el primer y gran transgresor. (Mc. 3,1-6; Mt. 5, 48).

 O como asegura el jesuita José Antonio García en su libro La identidad cristiana en un mundo de identidades múltiples:


Jesús es transgresor porque no solo ha descendido del cielo a la tierra (violación del primer umbral), sino de rico a pobre (segundo umbral), y de Señor a siervo crucificado (tercer umbral). Y todo ello movido exclusivamente por amor a la humanidad, por la edificación del Reino de Dios, una tierra y un cielo nuevos regidos por la única ley de la filiación y la fraternidad”.

Por su parte, Regina Ammicht Quinn, en Ética de la integración, dice:

El cristianismo, con su concepción central de un Dios transgresor que se hace humano, debería estar bien preparado para entender, aceptar y festejar el cruce de fronteras, la transgresión y la trascendencia; y bien preparado para desconfiar de las fronteras que se crean para asegurar la identidad y la pureza”.

Dos consecuencias de nuestra identidad cristiana ante este Dios:

1)      Creer en un Dios como nos lo revelan las escrituras es hacer que nuestra identidad cristiana esté siempre orientada a esa armonía, a esa unidad de realidades que componen toda nuestra experiencia humana sin reduccionismos: pecado y gracia;  trascendencia–inmanencia; el más allá (cielo) y el más acá (tierra); espíritu y cuerpo, individuo y sociedad; tiempo y eternidad e inspiración y estructura, por nombrar algunas. Lograr esta vocación por vivir la unidad, que nada se pierda en este dinamismo de unificación y plenitud humana, nos haría tener mucha esperanza y mucha creatividad para poner medios nuevos en este proceso de unificación. Trabajar  para que Dios sea todo en todos.

2)     Lograr una identidad ante un Dios transgresor nos podría reorientar nuestra capacidad como mexicanos en el arte de transgredir las leyes –o, como decimos popularmente, “saltarnos las trancas”– para arriesgar y quebrantar las barreras que nos impiden ser solidarios, cruzar nuestras zonas de confort que nos impiden darnos y compartirnos y lograr vulnerar esas estructuras de poder que solo benefician a unos cuantos, conseguir quebrantar esa masificación que nos hace perder nuestra identidad humana.

Si la Navidad es para esto, celebremos con toda la simbología navideña y comamos y bebamos para brindar por ese Dios maravilloso, Dios Emanuel, Dios con nosotros.