ITESO. UNIVERSIDAD JESUITA DE GUADALAJARA

La Circunnavegación de Magallanes-Elcano y el Hombre en la Luna: el poder de las palabras

Mar 2, 2020 | ASTRONOMÍA |

En 1519 se circunnavegó la Tierra y en 1969 un hombre pisó la Luna. Aparentemente lejanos en tiempo y forma, estos viajes de exploración guardaron mucho en común: experiencia, gestión de recursos, información confiable, deseo de dominio y una retórica convincente. ¿Te suena familiar? POR JAVIER ZAPATA ROMANO

Algunas palabras pueden ser seductoras y llegar a impulsar grandes hazañas; o pueden herir, y por despecho, motivar enormes esfuerzos, mover personas y sus creencias y con ellas arrastrar a las naciones. Un grupo de hombres, motivados por estas palabras, se enfrentaron a sus circunstancias y cruzaron las fronteras del mundo conocido, transformando la realidad.

Existieron 2 viajes de exploración que consolidaron un imperio y un modelo socio-político y económico. En 1969 el hombre pisó la Luna y en 1519 circunnavegó la Tierra. Aparentemente lejanos en tiempo y forma, estos viajes de exploración guardaron mucho en común.

Hablar de la Carrera Espacial – en especial el viaje del hombre a la Luna – es también hablar de la Guerra Fría; de un enfrentamiento entre 2 modelos políticos y económicos, antagónicos entre sí, liderados por la URSS y los Estados Unidos de América, en busca de la hegemonía geopolítica del planeta. Pero esa historia no fue nueva. 500 años atrás, España y Portugal, 2 nacientes imperios, compitieron, en circunstancias muy parecidas, por el control de las rutas comerciales a Oriente. Su rivalidad los llevó a Circunnavegar la Tierra, a ocupar un puñado de islas y a dominar el mundo conocido.

El viaje de Circunnavegación de Magallanes-Elcano

“Usted es libre de ir a donde le plazca” fueron las palabras del rey de Portugal, Manuel I el Afortunado, que hicieron a España y a Carlos I circunnavegar por primera vez la Tierra. Estas palabras – y la muerte de un caballo – motivaron el viaje más largo e importante realizado hasta el momento; y fueron el inicio de un imperio en cuyos dominios no se puso el Sol.

Era septiembre de 1517, en Lisboa. Fernando de Magallanes se presentaba por cuarta vez ante el rey Manuel I el Afortunado. Esperaba recibir alguna recompensa por participar en las expediciones de Francisco de Almeida, a las costas de África Oriental y la India; y de Diogo Lopes de Sequeira, a Malaca y las islas de las especias. Magallanes pidió al rey un aumento a su pensión, aquella otorgada por quedar lisiado de su pierna durante la expedición punitiva de Don Jaime I duque de Braganza (Castillo de Vila Vicosa, Portugal, c1479 – 1532) contra la ciudad de Azamor en Marruecos. Pero Don Manuel I el Afortunado (Alcochete, Portugal, 1469 – 1521), lo rechazó como en las últimas 3 ocasiones.

Magallanes, obstinado le solicitó estar al mando de una expedición que, navegando al oeste, llegara a las Molucas o islas de las especias del Lejano Oriente; pero esto le fue definitivamente negado. Su caballo fue la gota que derramó el vaso. Éste había muerto a las afueras de Azamor, el mismo día que quedó lisiado. Como indemnización sólo había recibió 3,705 reis de los 13mil que valía el animal. Arremetió contra el monarca  y le exigió por lo menos el pago del animal. Pero nada le fue otorgado.

Exasperado, con todo perdido, Magallanes pidió a Don Manuel I permiso para ir a otra corte, a una donde valoraran mejor sus servicios. “Usted es libre de ir a donde le plazca” le contestó el rey portugués. Y retirando su mano antes que Magallanes se despidiera, dio por terminada la entrevista[1].

 

Fernando de Magallanes nació en 1480, probablemente en el puerto de Oporto, en Portugal, de familia con cierta nobleza, en una época donde las rutas marítimas a Oriente eran descubiertas por los exploradores portugueses. A sus 18 años Fernando de Magallanes supo que Diego Cao (Vila Real, Portugal, 1440 – 1486) había bordeado las costas del Congo en 1482; de Bartolomé Díaz y su paso por el Cabo de Buena Esperanza en 1488; y de Vasco da Gama y la circunnavegación del litoral africano hasta la India de 1498.

Fernando de Magallanes nació en 1480, probablemente en el puerto de Oporto, en Portugal, de familia con cierta nobleza, en una época donde las rutas marítimas a Oriente eran descubiertas por los exploradores portugueses. A sus 18 años Fernando de Magallanes supo que Diego Cao (Vila Real, Portugal, 1440 – 1486) había bordeado las costas del Congo en 1482; de Bartolomé Díaz y su paso por el Cabo de Buena Esperanza en 1488; y de Vasco da Gama y la circunnavegación del litoral africano hasta la India de 1498.

Estas historias le hicieron enrolarse como sobresaliente (soldado encargado de la defensa de un navío o de operaciones en tierra) en la flota del virrey Francisco de Almeida o Francisco el Grande (Lisboa, Portugal, c1450 – 1510). La expedición, con 22 barcos de guerra, enviada por el rey de Portugal, zarpó en 1505 para afianzar su dominio en la India e instaurar el futuro virreinato. Durante el viaje, Fernando de Magallanes se enfrentó al sultán de Egipto  y sus hombres, a venecianos y musulmanes, y al señor feudal o zamorín de Calicut, la Ciudad de las Especias. En los distintos casos Magallanes siempre se distinguió por su valentía.

Ya en la India, en 1509, fue capitán de uno de los 5 barcos en la expedición de Diogo Lopes de Sequeira (Alandroal, Portugal, 1465 – 1530), para llegar al puerto de Malaca y explorar las islas de las especias. Ahí, además de ganar conocimientos y experiencia sobre las islas, alertó a la expedición de una emboscada preparada por el sultán de Malaca.

En esa época, el principal motivo de las expediciones era llegar a las islas Molucas y ganar el control de las especias. El clavo, pimienta, nuez moscada, canela, azafrán, cardamomo, etc. eran fundamentales en Europa para conservar y darle sabor a los alimentos. Desde la antigüedad, las especias, las sedas, las perlas y otros artículos habían llegado al continente vía terrestre, por rutas que conectaban el Lejano Oriente con los puertos en la costa este del Mediterráneo y del Mar Negro. Ahí se embarcaban junto al incienso, la mirra y las maderas preciosas provenientes de la India, Egipto y Arabia Saudita a la mayor parte de Europa.

Alrededor del año mil el islam, los turcos y los árabes tomaron el control de las rutas terrestres; Génova y Venecia de las rutas marítimas del Mediterráneo. Marco Polo (Venecia, Italia, 1254 – 1324) en “El Libro de las Maravillas (c1299)” narró los viajes que realizó junto a su padre Nicolás y su tío Mateo. Estos relatos, y muchos otros, despertaron entre las personas y las naciones el deseo de viajar y la ambición por descubrir y poseer las riquezas de oriente.

Los reinos de España y Portugal no quedaron exentos y en el siglo XV compitieron con 2 estrategias diferentes por el control marítimo de las rutas a las Molucas o Islas de las Especies.

En Portugal, el infante Enrique El Navegante (Oporto, Portugal, 1394 – 1460), propuso en 1415 una ruta marítima alrededor del litoral africano para encontrar un paso que conectara el Atlántico con el Índico. Así, navegando al este, se llegaría a la India y las Islas de las Especias en Indonesia. La ruta se construyó en etapas. Conquistaron el puerto de Ceuta, en el estrecho de Gibraltar; descubrieron las islas de Madeira[2] y las Azores; y navegaron alrededor de África, más al sur del Cabo Bojador. Cuando Enrique el Navegante murió, Portugal había llegado hasta Sierra Leona.

Bartolomé Díaz (Algarve, Portugal, c1450 – 1500), en el reinado de Juan II de Portugal o Juan II de Avís, (Lisboa, Portugal, 1455 – 1495) alcanzó y dobló – en 1488 – el Cabo de Buena Esperanza. 10 años después, Vasco da Gama (Sines, Portugal, c1460 – 1524) con Don Manuel I El Afortunado como rey de Portugal, hizo la ruta de Bartolomé Díaz y alcanzó el Océano Índico hasta la India.

Por su parte, desde 1403 España financió expediciones en el Atlántico. Lo más relevante que consiguieron, antes de 1492, fue la conquista de las Islas Canarias[3], frente a las costas africanas. En realidad, España consolidó su imperio y su poder naval gracias a los proyectos rechazados por Portugal. El Viaje de Descubrimiento de América y la Circunnavegación de la Tierra, los proyectos de exploración y colonización que hicieron de España el imperio más importante de su tiempo, se deben a un genovés y un portugués. Cristóbal Colón y su idea de alcanzar el Extremo Oriente navegando al oeste – rechazados en 1484 por Juan II de Portugal – dieron América a Fernando II de Aragón (Sos, España, 1452 – 1516) e Isabel de Castilla (Madrigal de las Altas Torres, España, 1451 – 1504). Cuando Don Manuel I el Afortunado expulsó a Magallanes y su plan de alcanzar las Islas de las Especias a través de un paso entre el Atlántico y el Mar del Sur, cedió el Pacífico a Carlos I.

Las 2 lógicas expansionistas generaron disputas entre los reinos de España y Portugal. En parte se zanjaron por el Tratado de Tordesillas [4]  de 1494 que trazó una línea o meridiano del polo norte al polo sur, a 370 leguas al oeste de las Islas de Cabo Verde, dividiendo al mundo en dos. Portugal ejercería su dominio al este de la línea y España al oeste.

Con 35 años de edad, Fernando de Magallanes, poco valorado, sin reconocimiento, desilusionado frente a mundo lleno de riquezas por descubrir y expulsado de la corte portuguesa, se dirigió a la corte española. Pero antes hizo una escala en el archivo real de Lisboa, y se hizo con cartas de navegación, mapas y un invaluable globo terráqueo de Martin Behaim o Martín de Bohemia (Núremberg, Alemania, 1459 – 1507) donde se describía un supuesto paso, en la costa sur de América, que conectaba el océano Atlántico con el recién descubierto Mar del Sur[5]. Antes de su viaje a España, contactó con otros disidentes del rey portugués, la mayoría marinos, y un destacado astrónomo portugués, Rui Faleiro o Falero (Covilha, Portugal, finales del siglo XV – medidos del siglo XVI).

Éste, como Magallanes, fue menospreciado y relegado de la corte en Lisboa. Su carácter apasionado y difícil, le cerró la posición de Astrónomo Real y le ganó muchos problemas. Los cortesanos, quienes lo consideraban un arrogante y un orgulloso majadero, le acusaron ante la Inquisición de usar podres sobrenaturales para realizar sus trabajos.

El astrónomo y el marinero pronto se entendieron y concretaron para España una propuesta de exploración. Navegarían el Atlántico hacia el oeste, hasta la costa americana; después hacia el sur, al hipotético paso que conectaba el Atlántico con el Mar del Sur; lo cruzarían y tomarían al noroeste para llegar a las islas de las especias.

En realidad, su propuesta no tenía novedad. Por lo menos 12 años atrás existían evidencias suficientes para creer que las tierras descubiertas en 1492 eran un nuevo continente. El mismo Cristóbal Colón, en su tercer viaje (1498), expresó sus dudas al contemplar la desembocadura del Orinoco. En 1505 Fernando el Católico propuso explorar las costas americanas para encontrar un paso entre el océano Atlántico y el Índico[6]. Su plan se concretó en 1507 con la expedición de Vicente Yáñez Pinzón (Palos de la Frontera, España, c1492 – 1514) y Juan Díaz de Solís (Sevilla, España, c1470 – 1516). Éstos navegaron desde España hasta Venezuela, bordearon la costa con dirección norte y recorrieron el litoral colombiano y toda América Central, en busca del paso.

Gracias a sus contactos y amistades en la corte española, Fernando de Magallanes y Rui Faleiro, presentaron su proyecto a Carlos I (Gante, Bélgica, 1500 – 1558) a finales de 1517, quien quedó convencido gracias a 3 elementos decisivos.

El primero fue el amplio conocimiento que Fernando de Magallanes mostró sobre las islas de las especias. Ante la corte, hizo gala de innumerables detalles y precisiones, que apuntaló con la correspondencia sostenida con Francisco Serrano (Portugal, c finales sXV – 1521), uno de sus más cercanos amigos quien vivía en Ternate, una isla Moluca.

El segundo elemento fue la absoluta seguridad con la que Rui Faleiro y Magallanes afirmaron la existencia de un paso entre los océanos; y ello no fueron sólo palabras. Magallanes llevó a la corte la más reciente y confiable información que en el mundo entero existía hasta el momento: el globo terráqueo y cartas de navegación de Martín de Bohemia y un mapamundi de Pedro Reinel (Portugal, c1462 – 1542), todo obtenido del archivo real en Lisboa. Fray Bartolomé de las Casas (Sevilla, España, 1474 – 1566), estuvo presente en la exposición y contó que todos, incluidos él y su majestad, quedaron sorprendidos ante tales objetos. Narró que Magallanes, para evitar que otros se le adelantaran a su empresa, cubrió en el globo el lugar donde se encontraría el supuesto paso que conectaba los océanos. Fray Bartolomé le preguntó sobre el rumbo a tomar y Magallanes respondió que navegaría hasta el Cabo de Santa María (actualmente la desembocadura del Rio de la Plata)[7]; de no encontrar ahí el paso, iría al este, hasta las costas africanas y tomaría la ruta portuguesa hasta las islas de las especias.

El tercer elemento fue el mismo Carlos I. Los reyes católicos habían pasado a la historia como los grandes descubridores de un nuevo mundo. Carlos I fue seducido, pero sobre todo obligado, a realizar una hazaña que lo pusiera a la par, a la altura de sus abuelos, aun a costa de un conflicto con el reino de Portugal.

Convencido del proyecto, el monarca otorgó 5 navíos – La Trinidad, La San Antonio, La Concepción, La Santa María de la Victoria o simplemente La Victoria, y la Santiago – totalmente equipados y con sus tripulaciones. Al mando de la flota estarían Fernando de Magallanes y Rui Faleiro. Pronto el Astrónomo mostró que lo suyo eran los cielos y no los mares, y meses antes de partir fue sustituido por el capitán Juan de Cartagena (Castilla, España, siglo XV – 1520).

Los problemas de la expedición empezaron mucho antes de partir. 1 de cada 5 tripulantes era luso, lo que despertó temor, envidia y desconfianza entre los marineros españoles. La corte restringió a Fernando de Magallanes la cantidad de portugueses a contratar, incluidos capitanes, pilotos y oficiales. Las tripulaciones se completaron con genoveses, napolitanos, flamencos, sicilianos, un inglés, griegos, moros, franceses, alemanes, neerlandeses y esclavos de África, Malasia y América.

Antonio de Pigafetta (Vicenza, Italia, c1480 – c1534), un diplomático de la corte del papa León X, registró los pormenores del viaje; detalló los lugares descubiertos, la vida en el mar, las costumbres de los marineros, los eventos sociales y religiosos, las vicisitudes, los enfrentamientos e intrigas entre los tripulantes, etc. Sin embargo, en su “Relación del primer viaje alrededor del mundo (1524)” no mencionó las decisiones prepotentes, unilaterales y arbitrarias que en ocasiones tomó Magallanes. Pigafetta – o Antonio el Lombardo – omitió la arrogancia, la soberbia y el desprecio que Magallanes mostró a los capitanes españoles. Prueba de ello fue la enorme cantidad de altercados entre los mandos de la expedición. Mucho antes de descubrir el estrecho los insultos, arrestos, motines, deserciones, encarcelamientos, ejecuciones, suicidios, abandonos y hambrunas ya se habían presentado. Esos detalles se conocieron años después gracias a Juan Sebastián Elcano y otros sobrevivientes de la expedición.

La escuadra salió de Sevilla el 10 de agosto de 1519 y recorrió el Guadalquivir hasta el puerto de Sanlúcar de Barrameda. Estuvieron 6 semanas abasteciéndose y por fin, el 20 de septiembre de 1519, la flota se hizo a la mar. Navegó el norte del litoral africano y se adentró en el Atlántico con rumbo al este. Llegó a las costas de Brasil y tomó al sur. Después de algunas paradas para reabastecerse de alimentos, llegó a finales de 1519 a la desembocadura del Río de la Plata o Cabo de Santa María. La enorme desembocadura se exploró por 2 semanas hasta que Magallanes se convenció que era un río. Esto mermó hondo en la moral de la flota y del mismo Magallanes. La realidad se presentó de frente: la información del globo terráqueo, de sus mapas y las especulaciones de Rui Faleiro, eran falsas.

Ante los hechos Fernando de Magallanes tomó una decisión que generó descontento, amotinamiento, hambre, muerte, el naufragio y la deserción; pero ésta fue el punto de inflexión de toda la expedición y llevó su nombre a la Historia. Con un férreo control sobre sus hombres y las provisiones, los hizo navegar hacia el sur, hasta que el crudo invierno austral los obligó a acampar sobre la costa. En su camino observaron hombres de pies y estatura enormes, que llamaron Patagones. La Santiago naufragó en agosto al ser arrojada por una tormenta contra los arrecifes de la costa.

El 21 de octubre de 1520, cuando el clima mejoró, las 4 naves entraron en un enorme canal con acantilados a sus lados, que llamaron Cabo de las 11mil Vírgenes. Mientras exploraban el litoral del Cabo, una tormenta obligó a la San Antonio y a la Concepción a entrar en él y se perdieron de vista. Todo apuntaba a una desgracia. Pero 3 días después las naves aparecieron disparando salvas de cañón. Los vientos y las corrientes las habían llevado por una serie de bahías y estrechos que renovaban la esperanza de una conexión con el Mar del Sur.

Inmediatamente Magallanes ordenó avanzar por el estrecho. Las naves pasaron más de un mes explorando los innumerables ramales y bifurcaciones del mar en aquellas tierras. Por las noches la tripulación observaba, sobre los picos de las montañas a su alrededor, infinidad de luces que prendían y apagaban, posiblemente fogatas hechas por los habitantes. Por ello la región se llamó Tierra del Fuego. Hubo un motín en la San Antonio y los sediciosos, cansados de tanto buscar, tomaron el control y regresaron a España.

La tarde del 28 de noviembre de 1520 le mostró a la Concepción, a la Victoria y a la Trinidad la salida al Mar del Sur. Fernando de Magallanes lloró como un niño al verla. Lloró por los años llenos de sueños y el sabor de las glorias hechas realidad; lloró junto al Sol, que se ponía calmo y lleno de color, en un océano azul, inmenso y suave, bautizado ahí, en ese momento, El Pacífico. El estrecho fue nombrado por la tripulación “de los Patagones”; Magallanes le puso “El Estrecho de Todos los Santos”. El Tiempo y la Historia le pusieron el Estrecho de Magallanes.

Pasado el estrecho la expedición se creyó a 3 o 4 días de las Islas de las Especias. En realidad les tomó 3 meses y medio ver tierra de nuevo. Fernando de Magallanes no llegó a las Islas de las Especias. Murió en las Filipinas, sobre las arenas de la isla Mactán, en una misión que resultó ser todo un desastre. Fue traicionado por los nativos y por su propia soberbia y su falta de estrategia militar. Al arribar a la isla de Cebú, Magallanes y su tripulación, consiguieron el apoyo Humabón y de Zula, unos reyes locales que mantenían un conflicto con su vecino Cilapulapu, rey de la isla de Mactán. Para mostrar su poderío, Magallanes decidió intervenir a favor de sus nuevos aliados. Las advertencias y consejos de su tripulación y de los mismos reyes locales no las escuchó. Creyó que 60 hombres en 3 botes serían suficientes para someter – a lo que pensaba – sería un puñado de salvajes.

Fue el amanecer del 27 de abril de 1521. Los botes se acercaron a la playa pero la marea baja les impidió llegar a la orilla. Los tripulantes caminaron cerca de 100 metros en el agua, con sus pesadas armaduras y sus armas arriba – evitando mojar la pólvora – hasta la playa. Ahí fueron recibidos por una lluvia de flechas y lanzas – con sus puntas envenenadas – arrojadas por más de 1500 nativos escondidos entre la vegetación. Los soldados abrieron fuego y dispararon sus ballestas. Pero los nativos estaban tan lejos que los disparos – si los alcanzaban – rebotaban contra sus escudos. Para distraerlos, Fernando de Magallanes dividió sus tropas y mandó un grupo al poblado nativo a prenderle fuego; lo que encolerizó aún más a los isleños que se arrojaron contra los invasores haciéndolos retroceder de nuevo al mar. Ante la derrota, Magallanes ordenó retirarse a los botes mientras él y otros intentaban contener el avance enemigo. La huida fue un desorden. El veneno de las puntas hizo su efecto, inmovilizando y perdiendo el sentido a los heridos. Entre ellos Fernando de Magallanes, inmóvil, en su pierna izquierda recibió un tajo de cimitarra y cayó al agua bocabajo. Los nativos le rodearon e incesantemente le clavaron cuanta arma tenían descuartizándolo. Junto a él otros 6 tripulantes murieron; y de los que escaparon muchos quedaron heridos.

La expedición continuó. La nave Concepción fue abandonada y quemada debido a sus malas condiciones. El 8 de noviembre de 1521 la Trinidad y la Victoria por fin llegaron a Tidoro en las Molucas o Islas de las Especias. Las naves llenaron sus bodegas con clavo y decidieron separase para regresar por diferentes rutas. La Trinidad regresó por el camino andado, pero no llegó muy lejos debido al clima y a la poca pericia de su capitán. La nave fue capturada por los portugueses, quienes habían puesto precio a la cabeza de Magallanes y su tripulación.

Por otro lado, la Victoria mantuvo su rumbo al oeste. Su tripulación aún tendría muchas peripecias y aventuras por delante. En los 10 meses de viaje restantes fueron comerciantes, piratas y fugitivos; se perdieron vidas y el mando de la flota pasó por varias manos. Juan Sebastián Elcano (Guetaria, España, c1476 – 1526), piloto de La Victoria, fue el último capitán de la expedición y el único en llevar su nave de regreso al puerto de Sanlúcar. El 6 de septiembre de 1522, de los 239 tripulantes que formaron la expedición, sólo un puñado regresaba a España. Sobre el número de sobrevivientes hay discrepancias, algunas fuentes dicen 21, otros 18.

La circunnavegación de Magallanes-Elcano – como el viaje de Descubrimiento de Cristóbal Colón – fue inesperado. La vuelta a la Tierra fue un accidente. El plan original era encontrar una ruta que permitiera a España ir y venir a las Islas de las Especias evitando los dominios portugueses. Si Fernando de Magallanes hubiera sobrevivido, paradójicamente hubiera regresado por el camino andado sin realizar la circunnavegación.

El viaje fue de los primeros eslabones en una larga cadena de exploraciones oceanográficas. Su hazaña, casi de manera inmediata, inspiró las exploraciones de fray García Jofré de Loaisa (Ciudad Real, España, 1490 – 1526) y Álvaro de Saavedra Cerón (España, finales sXV – 1529); Ruy López de Villalobos (Málaga, España, 1500 – 1546); Miguel López de Legazpi (c1503 – 1572) y Fray Andrés de Urdaneta y Ceráin (Villafranca, España, c1508 – 1568), entre otras. Este logro detonó el comercio transcontinental a una escala jamás vista y la exploración marítima, en especial la del Océano Pacífico, con fines científicos. La ambición y el deseo de otras naciones, como Inglaterra, Holanda y Francia, se despertó. Éstas, 100 años después, tenían a Francis Drake (Tavistock, Inglaterra, 1540 – 1596), Thomas Cavendish (Ipswich, Suffolk, Inglaterra, 1560 – 1592), Simon de Cordes (Países Bajos, sXVI – 1598) y Olivier van Noort (Utrecht, Países Bajos, c1558 – 1627), entre otros, saqueando las posesiones españolas y portuguesas pos mares del mundo entero.

El hombre en la Luna

“Yo creo que esta nación debería proponerse la meta, antes de que termine la década, de llevar un hombre a la Luna y regresarlo a salvo a la Tierra. Ningún proyecto espacial en este periodo será más impresionante para la humanidad o más importante para la exploración espacial a largo plazo; y ninguno tan difícil o costoso de realizar”; estas palabras fueron la obertura que consolidaron un proyecto científico, económico y político, de toda una nación. El 25 de mayo de 1961 John F. Kennedy dirigió al Congreso, uno de sus más famosos e inspiradores discursos. En él mostraba el estado crítico que guardaba la carrera espacial estadounidense.

Los soviéticos y su programa espacial liderado por Sergei Koroliov (Zhytómyr, Volinia, Rusia, 1907 – 1966) encabezaban los mayores éxitos en la carrera aeroespacial: el primer satélite y el primer ser vivo enviado al espacio, el primer hombre en órbita alrededor de la Tierra, la primera nave en llegar a la Luna y la primera mujer cosmonauta.

Kennedy, que en un principio había sido muy crítico del programa aeroespacial en los Estados Unidos, reconoció la importancia, pero sobre todo el peligro, de dejar en manos soviéticas el Espacio. Fue consiente que los logros aeroespaciales eran un reflejo de la capacidad militar de la URSS. El lanzamiento del Sputnik 1, el 4 de octubre de 1957; y el Sputnik 2 con la perrita Laika en él, el 3 de noviembre, habían sido un divertimento, una concesión que los militares soviéticos y Nikita Kruschev (Óblast de Kursk, Rusia, 1894 – 1971) habían dado a Sergei Koroliov por el éxito obtenido desarrollando misiles. Consiente del potencial propagandístico, Nikita Kruschev presionó para que la tecnología, en un principio desarrollada con fines militares, estuviera ahora al servicio de la carrera espacial y con ello alinear más naciones al bloque comunista. Por ejemplo, Yuri Gagarin (Klúshino, Rusia, 1934 – 1968) se convirtió en una celebridad mundial cuando el 12 de abril de 1961 un misil intercontinental modificado lo puso en órbita haciéndolo el primer humano en el espacio.

John F Kennedy en Cabo Cañaveral, sep 11, 1962, foto NASA

John F. Kennedy en Cabo Cañaveral, el 11 de septiembre de 1962. [Foto: NASA]

Era imperativo para John F. Kennedy proponer y realizar un proyecto, no sólo del nivel alcanzado por los soviéticos, sino uno tan espectacular que opacara sus logros conseguidos. Parafraseando sus palabras ante el congreso, era necesario dejar de estar 2 pasos atrás y arrebatarles a los soviéticos el liderazgo de la carrera aeroespacial. Esto sería decisivo en papel que los Estados Unidos tendrían frente al mundo. Poner un hombre a la Luna, en menos de una década y regresarlo sano y salvo sería el proyecto más grande, más importante, más complicado, más peligroso y más costoso que la humanidad había realizado en toda su existencia.

Los fondos para una empresa de esa envergadura no sólo financiarían un viaje de ida y vuelta a la Luna. Se trataba de todo un proyecto nacional, donde varios sectores productivos, especialmente los relacionados a la defensa, experimentarían avances muy significativos. Kennedy explícitamente dijo ante el congreso que poner un hombre en la Luna implicaría desarrollar nuevos combustibles, mayores y más potentes motores y el posible uso de la energía nuclear en ellos; sería continuar la exploración no tripulada del espacio; construir y fomentar el uso de una red de satélites de comunicaciones y monitoreo del clima a nivel mundial. Esto último era una cuestión estratégica. Muchas de las misiones militares durante la Segunda Guerra Mundial – por ejemplo el desembarco en Normandía o Día D – estuvieron determinadas por el clima y la fase lunar[8].

Poco más de un año después, el 12 de septiembre de 1962, John F. Kennedy pronunció en la universidad Rice en Texas una obra maestra de la retórica: “…. nosotros decidimos ir a la Luna en esta década y hacer otras cosas, no porque sean sencillas, sino porque son difíciles, porque esa meta nos servirá para organizar y medir lo mejor de nuestras fuerzas y capacidades; porque es un reto que deseamos aceptar, uno que no queremos posponer y el cual nosotros intentamos ganar, como también los otros”.

En síntesis, su mensaje era: si pretendemos liderar al mundo no podemos quedarnos atrás en la carrera espacial. Sin embargo, la estrategia de promoción había cambiado. Ahora Kennedy condenaba el uso militar del espacio y promovía el viaje a la Luna haciendo hincapié en los fines científicos y pacíficos del proyecto.

Presumió los logros alcanzados: los científicos en el país crecían 3 veces más rápido que la población; la potencia desarrollada por los nuevos motores era 8 veces superior que los utilizados hasta el momento en los cohetes Saturno; 40 de los cerca de 45 satélites circunvolado la Tierra eran estadounidenses y habían generado más conocimientos y descubrimientos que los soviéticos; la precisión y complejidad del satélite Mariner, utilizado en el estudio de Venus, era inigualable; decenas de miles de trabajos generados – muchos de ellos de altísima especialización –,  numerosas compañías e industrias creadas y una cantidad enorme de recursos invertidos en aras de la investigación y el desarrollo aeroespacial.

A la par, Kennedy también enlistó algunos de los muchísimos pasos aún por dar: generar los sistemas de control y comunicación necesarios para lanzar un cohete de 100 metros de alto a 386mil km de distancia; producir aleaciones capaces de soportar esfuerzos y temperaturas semejantes a las existentes en la superficie solar; o instalar a bordo de una nave espacial los elementos de supervivencia necesarios para llevar a un hombre de ida y vuelta a la Luna.

Hasta ese momento el desarrollo aeroespacial había obedecido razones militares. Cuando el Sputnik 1 fue lanzado en 1957, el presidente estadounidense en turno, Dwight David Eisenhower (Denison, Texas, Estados Unidos, 1890 – 1969) ni se inmutó[9]. Para él era solo un instrumento científico sin ningún valor militar. Al año siguiente, ya con los Sputnik 2 y 3 en órbita, la postura de Dwight Eisenhower, de la cúpula política y de los medios de comunicación era muy diferente. Los éxitos soviéticos eran una amenaza directa a la seguridad y al liderazgo estadounidense. Como consecuencia el presupuesto de Defensa se elevó, el Programa Explorer[10] se restableció y se creó la National Aeronautics and Space Administration (NASA).

La NASA nació como una institución civil que a finales de 1958 absorbió al Jet Propulsion Laboratory (JPL). Pero la lógica del desarrollo aeroespacial estadounidense formalmente cambió hasta el proyecto del viaje a la Luna. La tecnología para conseguirlo no se generaría en el ámbito militar y luego emigraría al ámbito civil o científico, como había ocurrido. Ahora la industria aeroespacial se desarrollaría en instituciones civiles y sus frutos nutrirían la industria militar. Lo mismo ocurrió con las personas involucradas en los proyectos aeroespaciales. Enamoradas de la astronomía, seducidas por la idea de vuelos espaciales, viajes a la Luna y la posibilidad de llegar y habitar otros planetas, la mayoría de ellas terminaron en la industria militar buscando realizar sus sueños.

Por ejemplo, Konstantin Tsiolkovsky (Izhévskoye, Rusia, 1857 – 1935), fundador de la cosmonáutica en Rusia y la Unión Soviética, creía que la colonización del espacio podría hacer a la raza humana perfecta e inmortal y darle una existencia sin preocupaciones. Al igual que Hermann Julius Oberth (alemán, nacido en Sibiu, Rumania, 1894 – 1989), pionero de la cohetería alemana y Wernher von Braun (Wirsitz, Imperio alemán, actualmente Polonia, 1912 – 1977), el genio que llevó al hombre a la Luna, se inspiró por obras como “De la Tierra a la Luna (1865)” de Julio Verne (Nantes, Francia, 1828 – 1905). Hermann Julius Oberth incluso memorizó esta obra y su secuela, “Alrededor de la Luna (1869)”, del mismo autor. Konstantin Tsiolkovsky y Hermann Julius Oberth creían fervientemente en la vida extraterrestre.

Otro ejemplo fue Robert Goddard (Worcester, Massachusetts, 1882 – 1945), de los primeros estadounidenses en fabricar cohetes y el primer hombre en hacer uno de combustible líquido. Asiduo lector – como Wernher von Braun – de Herbert George Wells (Bromley, Londres, Inglaterra, 1866 – 1946), “La Guerra de los Mundos (1898)” le dio suficientes motivos para interesarse en los viajes espaciales. Incluso Robert Goddard, en su juventud mantuvo correspondencia con H. G. Wells.

Desde niño, al jefe del programa espacial soviético y responsable del Sputnik 1, Serguéi Koroliov (Zhytómyr, Volinia, Imperio Ruso, 1907 – 1966), le atrajo la aviación. Como Hermann Julius Oberth y Wernher von Braun, Serguéi Koroliov entró al ejército de la Unión Soviética intentando realizar sus proyectos. Ahí se mantuvo a pesar las pugnas estalinistas, que le costaron meses en un gulag de Siberia, años trabajando como esclavo para el gobierno y graves consecuencias para su salud.

John F. Kennedy, como Fernando de Magallanes, murió antes de ver su proyecto concluido. El alunizaje del 20 de julio de 1969, lo cosechó Richard Nixon (Yorba Linda, Californa, Estados Unidos, 1913 – 1994). Fue lo más grande y notorio realizado por la humanidad hasta el momento. El éxito estadounidense obligó a los soviéticos, acostumbrados a ser los primeros, a abandonar su programa lunar; un segundo lugar les sabría muy insípido. Al Apolo 11 le siguieron otras 6 misiones, pero ninguna tan mediática, como la primera. La segunda, el Apolo 12, sólo 4 meses después, demostró que el logro no era una casualidad.

La Guerra Fría y las batallas tecnológicas siguieron su curso. Cada superpotencia se especializó en diferentes áreas: estaciones espaciales, transbordadores, misiones de exploración planetaria, telescopios espaciales, etc.; y la tecnología desarrollada siguió nutriendo directa o indirectamente la industria militar. La Propuesta de Defensa Estratégica estadounidense, conocida como Star Wars, en 1983 es uno de tantos ejemplos[11].

Los múltiples éxitos alcanzados en la exploración espacial no evitaron que la capacidad de asombro de la gente se erosionara o se perdiera. Desgraciadamente muchos descubrimientos y avances ni siquiera han sido percibidos por el común denominador de la población.

Dos capítulos de la misma historia

Hace 50 años Estados Unidos y la URSS compitieron por mandar el primer hombre a la Luna. 500 años atrás, España y Portugal compartieron escena tratando de alcanzar las Islas de las Especias. Ambas disputas fueron los más ambiciosos proyectos de exploración jamás realizados, cuyas razones de fondo fueron el avance tecnológico, el poderío económico-militar y la exploración de nuevos mundos. Los personajes y el escenario cambiaron de una época a otra; pero las circunstancias centrales y su argumento son un mismo y recurrente tema en la humanidad.

Las 2 aventuras fueron dirigidas técnicamente por inmigrantes quienes, por diferentes motivos, salieron de sus sociedades y fueron aceptados en naciones consideradas enemigas en sus países de origen. John F. Kennedy y Carlos I de España enfrentaron las circunstancias inspirados en logros pasados y lideraron hazañas que posicionaron a sus naciones a la vanguardia de su tiempo.

El 12 de septiembre de 1962 John F. Kennedy cerró su discurso diciendo: “Muchos años atrás a un gran explorador británico, George Mallory, quien murió en el Monte Everest, se le preguntó por qué lo quería escalar. Él contestó, porque está ahí. Pues el espacio está ahí y nosotros lo vamos a escalar; y la Luna y los planetas están ahí, y nuevas esperanzas de conocimiento y de paz están ahí. Y entonces, al empezar a navegar, le pedimos a Dios su bendición en la más riesgosa y peligrosa y grandiosa aventura en la que el hombre jamás se ha embarcado”.

Las palabras son capaces de trazar rutas e iniciar viajes, de construir o de tirar imperios. A veces las palabras son el grano de mostaza que se convierte en el árbol donde las aves del cielo hacen su nido[12]; o pueden esconder el nombre del dios en la piel del jaguar, esperando hacer todopoderoso aquel hombre que llegue a descubrirlas[13].

 

Bibliografía y lecturas recomendadas

Astronómica. Una introducción a la Astronomía,

Editorial Diana. México. 2006

Edward Brooke–Hitching, El Atlas Fantasma. Grandes mitos, mentiras y errores de los mapas, Editorial: Blume. Barcelona. 2017.

Jerry Brotton, A History of the World in 12 Maps”,

Editorial: Viking. New York. 2012.

 

Robin Hanbury–Tenison, Los setenta grandes viajes de la historia,

Editorial: Blume. Barcelona. 2009.

 

Mario Hernández Sánchez–Barba, “En busca de nuevos espacios oceánicos” en Magallanes y Elcano, El océano sin fin.

Editorial: Planeta-Agostini. España. 1992.

 

Mario Guillermo Huacuja, El viaje más largo,

Editorial: Fondo de Cultura Económica. México. 1996.

 

Harry Kelsey, El viajero accidental, los primeros circunnavegadores en la era de los descubrimientos.

Editorial: Pasado & Presente. Barcelona, 2017.

 

Roger D. Launius, Historia de la exploración espacial. Del mundo antiguo al futuro extraterrestre, Editorial: Grijalbo. España. 2019.

 

[1] Según se cuenta, Fernando de Magallanes se acercó para besar la mano del rey, según dictaba el protocolo; y a punto estaba de hacerlo, cuando el monarca la retiro para evitarlo.

[2] Existen registros romanos del 72 a. C. que hablan de estas islas. También existen evidencias de haber sido visitadas por los vikingos y por ingleses entre los siglos X y XIV. En realidad, las islas fueron redescubiertas por los portugueses en el siglo XV.

[3] La conquista de las Islas Canarias se llevó a cabo entre 1478 y 1496.

[4] Anteriormente los Reinos Españoles y Portugal ya habían recurrido al arbitraje papal. Tal fue el caso de las Bulas Alejandrinas de 1493 en donde los Reyes Católicos, gracias a sus relaciones con el papa Alejandro VI (Rodrigo Borgia) obtuvieron la autorización para conquistar América.

[5] Descubierto el 25 de septiembre de 1513 por Vasco Núñez de Balboa (Jerez de los Caballeros, España, c1475 – 1519), actualmente conocido como Océano Pacífico.

[6] En 1505 aún no se había descubierto el Mar del Sur, que posteriormente sería llamado Océano Pacífico; por ello se creía que el paso, de existir, conectaría los océanos Atlántico e Índico.

[7] En tiempos de Magallanes se creía que esa podría ser la entrada al paso que conectaría al Atlántico con el Mar del Sur.

[8] Originalmente el inicio de la Operación Overlord estaba planeado para el 5 de junio de 1945, pero las condiciones meteorológicas y marítimas obligaron a los Aliados a posponerlo hasta el día 6 de junio.

[9] Dwight “Ike” Eisenhower fue el comandante supremo de las Fuerzas Aliadas en la Segunda Guerra Mundial.

[10] El Explorer 1, el primer satélite estadounidense, se diseñó y construyó en el Jet Propulsion Laboratory (JPL) un laboratorio que pertenecía al ejército.

[11] La Strategic Defense Initiative o SDI del presidente Ronald Reagan proponía un sistema capaz derribar misiles intercontinentales en pleno vuelo utilizando rayos laser u objetos a muy altas velocidades.

[12] Lucas 13, 18-19.

[13] “La escritura del dios”, El Aleph, de Jorge Luis Borges.

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