Durante la Semana del Cerebro la neuropsicóloga Alejandra Olivares propuso observar aquellas condiciones del entorno que comprometen el desarrollo cognitivo. Por ejemplo, la deprivación cultural provocada por el confinamiento del covid-19
El acceso limitado a estímulos psicológicos adecuados durante la infancia compromete el desarrollo de las personas. Tan evidente como este principio debería ser la consideración de la deprivación cultural en el diagnóstico del autismo, el déficit de atención y los trastornos del lenguaje. ¿Cómo afirmar que alguien tiene dificultades cognitivas para desenvolver sus habilidades sociales, comunicativas o de autorregulación si no ha tenido la oportunidad de hacerlo?
Estas fueron las ideas que Alejandra Olivares Dueñas, neuropsicóloga clínica con maestría por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, propuso a los asistentes de la Semana del Cerebro 2026 en el ITESO. Además de su labor docente, la experta se dedica a la evaluación diagnóstica y acompañamiento de población infantil neurodivergente.
El juego es una de sus principales herramientas de intervención en casos clínicos, como el que presentó durante la conferencia “Influencia de la cultura en el diagnóstico diferencial: un caso falso positivo de autismo”, el miércoles 18 de marzo en la universidad.
Dicho caso se trató de un niño de dos años y cuatro meses que presentaba síntomas que, a primera vista, indicaban un diagnóstico de autismo: tenía dificultad para socializar con sus pares, marchaba de puntillas, su lenguaje era escaso y era “temeroso” de las texturas. Incluso, en un screening de rasgos autistas, aplicado por la psicóloga al inicio del acompañamiento, el resultado era un índice de autismo probable.
Sin embargo, Olivares Dueñas no dejó pasar que, entre sus antecedentes de desarrollo, el niño había vivido un aislamiento casi absoluto por la crisis sanitaria de covid-19, que se desató pocos meses luego de su nacimiento.
Este indicio resultó clave para la experta, quien apoya su trabajo en la premisa de que la psique y la interacción social son interdependientes; un principio fundamental de la psicología del desarrollo propuesto por el teórico soviético Lev Vigotsky.
“La psique se desarrolla en la actividad siempre. A ciertas edades hay actividades que rigen el desarrollo. Es decir, en el contexto de esa actividad rectora se van a desarrollar todas las funciones psíquicas que le tocan al niño», explicó la conferencista. En la primera edad la actividad es la comunicación afectivo-emocional con sus padres. Luego, en la primera fase preescolar, el juego objetal y simbólico; hasta llegar al juego de roles en la segunda fase preescolar.
Bajo la hipótesis de que las dificultades cognitivas que experimentaba su paciente se debían a una deprivación cultural causada por la pandemia de coronavirus, y no por la presencia de un trastorno, Olivares propuso a su familia una intervención a través del juego. Su objetivo era impulsarlo desarrollar su lenguaje expresivo, regulación y control voluntario; además de trabajar en la integración sensorial de la percepción táctil.
Las sesiones de terapia integraron juegos objetales colaborativos, aquellos donde los niños aprenden el uso cultural de los objetos y forman imágenes mentales —cinestésicas, auditivas, semánticas y motoras— mediante una exploración guiada por adultos. También se propusieron juegos simbólicos y de roles, que consisten en representar objetos y personas que los niños ya han caracterizado. “La capacidad de utilizar algo para representar otra cosa es el semillero de la función simbólica. Que el niño pueda entender que las cosas pueden existir, aunque estén ausentes, es la base para comprender ideas más complejas como la justicia”, dijo la neuropsicóloga.
El resultado de la intervención fue contundente. Antes del tratamiento, el niño solo utilizaba siete palabras y onomatopeyas espontáneas para comunicarse. Luego, logró un uso mucho más amplio de palabras, expresar sus deseos, conjugar verbos y pronunciar adecuadamente la mayoría de los fonemas correspondientes a su edad. En la regulación conductual, consiguió responder a indicaciones aún sin la presencia de su madre; y en la dimensión social, comenzó a participar en juegos de grupo con sus compañeros.
Con ese avance y con una segunda prueba, el diagnóstico de autismo se descartó. Alejandra Olivares concluyó que aquellos síntomas que causaron sospecha sobre la presencia del trastorno estaban provocados por la falta de acceso a los medios necesarios para su desarrollo. También habló de otras situaciones, además de la pandemia, en las que hay riesgo de deprivación cultural. Entre ellas, la sobreprotección, negligencia, el uso excesivo de pantallas individuales y la falta de convivencia con otros niños.
“Lo más importante y con lo que me gustaría que se quedaran de esta charla es que cuando hacemos la anamnesis (entrevista clínica inicial para conocer los antecedentes médicos), no es un protocolo, es un medio para saber por dónde puede ir el asunto. Hay que saber preguntar y considerar la deprivación cultural en el diagnóstico diferencial de los trastornos del neurodesarrollo”, dijo la experta.
Con ese cierre continuaron las actividades de la Semana del Cerebro en el ITESO, una celebración global impulsada por la Fundación Dana —organización filantrópica privada enfocada en la neurociencia—, para poner en común los avances y aportes de la investigación neurocientífica. Este año el Departamento de Psicología, Educación y Salud de la universidad se sumó a la propuesta a través de conferencias, espacios de diálogo y actividades abiertas a todo público entre el 17 y 20 de marzo.
FOTO: Zyan André
