Adelina Ruiz siempre tuvo la certeza de que se convertiría en maestra. “Será la docencia un punto importante en mi vida”, se decía a sí misma cuando era pequeña. Lo único que no tenía claro era qué iba a enseñar. Resolvió su duda en secundaria, cuando empezó a dar clases de inglés a su hermano y a sus amigos. “Inclusive me acuerdo de que fue la primera vez que hice materiales para que ellos practicaran vocabulario y que pensé ‘esto es lo que me hace sentir bien’”, dice. Así dio los primeros pasos de su trayectoria profesional.
Estudió Psicología Social en la Universidad de Occidente, en Los Mochis, Sinaloa, y desde su segundo año de carrera comenzó a dar clases de inglés en un instituto particular. “Tenía como 20 años […] mis primeros grupos fueron de niños pequeños”, recuerda. Aquella primera incursión en el aula se sintió cercana, familiar. “Fue como llegar a casa”.
Tras concluir la licenciatura, se mudó a Guadalajara. Conoció el ITESO al asistir a un concierto. “Dije, ‘Ay, qué bonito, estaría padre tener un pretexto para regresar’”, recuerda. Ese pretexto llegó después de concluir la Maestría en Enseñanza de Inglés en la Universidad de Nottingham, Reino Unido, cuando una invitación la llevó a integrarse al programa de inglés de la universidad.
Para ella, enseñar va mucho más allá de transmitir contenidos: implica ayudar a que las personas encuentren sentido a lo que aprenden, se apropien del conocimiento y se reconozcan en el proceso. “No das clases solo para que alguien aprenda el presente perfecto, das clases para ayudarle a la persona a encontrarse”, señala.
Esa búsqueda constante por motivar y despertar el interés dice, ha sido uno de los desafíos más estimulantes de su trayectoria, tanto con niños, adolescentes y más adelante, profesores. “Disfruto mucho ese momento en el que ya me puedo quitar de enfrente y toca que los estudiantes trabajen. Caminar por el salón y escucharlos interactuar […] me llena de mucha energía y me parece la cúspide más alta a la que yo puedo aspirar”, comparte.
Trabajar con profesores le permitió dimensionar el impacto de la enseñanza. “Cuando trabajas con docentes, lo que logras se magnifica […] El reto de ayudarle a la persona a ver su labor desde otra perspectiva es muy bonito”. Desde esta labor ha colaborado en proyectos institucionales y programas de formación enfocados en el desarrollo de la autonomía en el aprendizaje, convencida de que la docencia no se reduce a compartir contenidos, sino que implica actitudes, miradas y la postura que se toma cuando se está junto al pizarrón.
Comparte que una de las mayores recompensas de su vocación es reencontrarse con sus estudiantes, verlos crecer, convertidos en adultos que aún recuerdan y agradecen aquellas clases que compartieron años atrás. “Hay una frase que dice ‘it takes a village to raise a child’. Creo que he sido parte de esa aldea que ha ayudado a criar a muchos”, dice. Para ella, la distinción funciona como un impulso para seguir acompañando. “Yo no me veo retirándome. No me imagino no haciendo esto, no teniendo un espacio donde compartir con un grupo de estudiantes”.
FOTO: Zyan André
