Mónica López Franco, coordinadora de la Maestría en Ciudad y Espacio Público Sustentable, asegura que la manera en que se planean y se construyen las urbes incide directamente en la salud, el bienestar y la inclusión de sus habitantes 

Hay ciudades que enferman. Uno de los ejemplos más conocidos es el de las epidemias de cólera que azotaron Londres en el siglo XIX. La ciudad había crecido de forma descontrolada y la industria se expandió tan rápido que los desechos de ambos terminaron saturando un sistema de drenaje obsoleto. Esa infraestructura colapsada permitió que el agua potable se contaminara, detonando brotes que dejaron miles de muertos: solo la epidemia de 1849 causó más de 14 mil. Esta crisis obligó a replantear la distribución y la gestión del alcantarillado.

Este no es el único caso en el que la infraestructura ha sido decisiva para evitar enfermedades. A mediados del mismo siglo Georges-Eugène Haussmann (prefecto del Sena), rediseñó París. Sus obras incluyeron la demolición de barrios medievales y la apertura de avenidas amplias para “llevar aire y luz al centro de la ciudad”. Estas intervenciones buscaban transformar la ciudad considerada oscura, peligrosa y propensa a epidemias.

“Se debería de ver a la ciudad como parte del sistema de salud», menciona Mónica López Franco coordinadora de la Maestría en Ciudad y Espacio Público Sustentable. Asegura que mientras mejor y más incluyente sea el funcionamiento de las urbes, la salud física y mental de sus habitantes se verá menos comprometida.

Ciudades para unos cuantos

Estos casos son tan sólo un ejemplo del impacto que tiene la estructura de las ciudades en la vida de las personas. Desde lo más íntimo (el cuerpo y la salud), hasta lo colectivo, como los traslados y la movilidad diaria. “Las acciones que vamos a hacer en la ciudad van a impactar a los demás”, recuerda López Franco.

Si bien los episodios de Londres y París ocurrieron hace más de un siglo, las problemáticas que exponen siguen vigentes. En el Área Metropolitana de Guadalajara (AMG), las consecuencias de una planeación incompleta se manifiestan en drenajes defectuosos, islas de calor, infraestructura incongruente, inundaciones recurrentes, servicios insuficientes y altos niveles de contaminación. López Franco piensa inmediatamente en las colonias que se inundan cada año: “Pienso en todas las comunidades que quedaron bajo el agua días y que estuvieron expuestas a bacterias, a virus, etcétera”.

Un punto clave que señala la académica es que estas ausencias no están distribuidas de manera uniforme. “Tenemos municipios donde ciertas zonas reciben mucha atención mientras otras no reciben nada. La recolección de residuos, el mantenimiento, el drenaje […] ahí es donde vemos claramente la discriminación territorial”. Este fenómeno forma parte de lo que denomina discriminación urbana: “un problema multifactorial” en el que confluyen el abandono institucional, modelos de movilidad centrados en el automóvil y servicios pensados sin considerar la diversidad de realidades presentes en la ciudad.

Personas con discapacidad, niñas y niños, adultos mayores, mujeres cuidadoras y comunidades históricamente rezagadas son las principales afectadas. Las colonias con mejor infraestructura, transporte y mantenimiento coexisten con otras que funcionan con servicios mínimos, equipamiento insuficiente y una exposición mayor a riesgos ambientales, e incluso llegan a convertirse en áreas de sacrificio: zonas donde se concentran la contaminación, los residuos o los impactos de la actividad metropolitana, sin recibir beneficios equivalentes.

Esta discriminación también aparece en condiciones que podrían parecer menores, pero que definen la vida cotidiana: la falta de sombra en vialidades que agrava las islas de calor, banquetas deterioradas que impiden caminar con seguridad, ausencia de arbolado, mobiliario urbano escaso o inexistente, y espacios públicos que no permiten la convivencia. Para López Franco, atender estas brechas implica entender cómo la infraestructura influye en la autonomía de las personas. Por eso insiste en que, para mejorar, se debe fortalecer el mantenimiento del espacio público, incrementar el arbolado urbano, garantizar la accesibilidad universal y diseñar entornos que reduzcan la vulnerabilidad de quienes se mueven por la ciudad.

Un modelo individualista

López Franco, señala que buena parte de esta problemática proviene de un modelo urbano que Guadalajara ha replicado durante décadas: la lógica suburbana estadounidense, que promovió desarrollos aislados, “seguros” y autosuficientes. Este paradigma configuró una ciudad que se expande hacia afuera y se fragmenta hacia adentro. Una idea de separación que terminó por individualizar la vida urbana y debilitar los vínculos comunitarios: “Se hizo una especie de individualización de la experiencia de la vivienda… donde no me interesa lo que necesita nadie más. Y eso ha debilitado mucho a la sociedad».

El resultado ha sido una metrópoli compuesta por fraccionamientos cerrados, largas distancias entre vivienda, trabajo y servicios, usos de suelo estrictamente separados y desarrollos que no dialogan con su entorno inmediato. Para quienes no tienen automóvil, ni los recursos para asumir traslados largos o costosos, esta estructura se traduce en una forma cotidiana de vulnerabilidad: trayectos inseguros, movilidad limitada y menos acceso a oportunidades.

Frente a ello, López propone una ruta distinta: recuperar la mezcla de usos, fortalecer las redes barriales, garantizar servicios básicos accesibles y diseñar infraestructura que reduzca la vulnerabilidad territorial. Esa transición exige reconocer que “La ciudad no es homogénea; es un compuesto de realidades muy diversas. Y hay zonas que requieren atención urgente”.

FOTO: Luis Ponciano