ENTREVISTA / RELIGIÓN

“Yo quiero ser compañero de Jesús”

En unos ejercicios espirituales, Luis Orlando Pérez, SJ,  se dio cuenta que tenía que dedicarse al acompañamiento con Jesús
POR RAÚL FUENTES

Después de una vida de viajes, fiestas y reflexiones, Jesús se volvió el referente de modelo a seguir para Luis Orlando Pérez, SJ, (Celaya, Guanajuato, 10 de diciembre de 1982) que este sábado 2 de junio será uno de los cinco jesuitas que serán ordenados en el ITESO. 

Aunque estudió toda su vida en escuelas católicas en su ciudad natal, no fue sino hasta que ingresó a la Universidad Iberoamericana, Campus León, que Luis Orlando sintió el llamado a ser parte de la Compañía de Jesús. Sin embargo, esa invitación se dio de manera gradual.

Por ejemplo, en la Secundaria asistió a muchos retiros espirituales en los que dice, empezó a crecer, ya que en esos espacios se podía expresar de una manera muy distinta y segura sin sufrir la crueldad de algún compañero. Con el tiempo, Luis Orlando dejó la religión de lado y se hizo muy fiestero. Las reuniones se hacían generalmente en su departamento e incluso ganó un premio otorgado por sus compañeros de la carrera de Derecho por su manera de festejar.

Motivado por una difusa idea de libertad, Orlando viajó de mochilazo durante tres meses a Toronto en el 2002 con unos amigos. Trabajó de mesero, carpintero y albañil pues era despedido rápidamente porque no estaba calificado. Ahí descubrió este deseo de autonomía y de cómo estos viajes lo obligaban a hacerse cargo de su vida ya que, en México, dice, se sentía muy cuidado. Al volver al país, decidió irse de intercambio a la Universidad de Salamanca. 

En Salamanca sucedieron dos aspectos fundamentales: el poder conocer a gente de todo el mundo y darse cuenta que a pesar de las diferentes culturas, no existía para él una especie de pluralidad: “me parecía horrible que no hubiera pluralidad. A todos nos gustaban los mismos programas, la misma música. La vida no es así, el mundo tiene otras posibilidades”.  

Con el fin de comprobar esta hipótesis, Luis Orlando realizó varios viajes más de mochilazo, ya fuera al Mediterráneo o a África, inclusive.  

Los primeros ejercicios espirituales

“Me encanta viajar, conocer lugares nuevos y cuando hago mis primeros ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola yo caigo en cuenta que busco mi lugar en el mundo”. Había en él una búsqueda profunda de preguntarse qué hacía en el mundo y por qué existía. Antes de los ejercicios espirituales, Luis Orlando confiesa que estas preguntas no se las había formulado de una manera tan clara.  

Ya trabajaba en algunos despachos de abogados, aunque le faltaba año y medio para egresar de la carrera de Derecho. Ahí se da cuenta que hay mucha corrupción y que, en ese ambiente, había más una relación de amiguismo que de justicia. “Yo sí era muy idealista y me decepcionó el ambiente, no me sentía cómodo”.

Todo cambió con una clase que llamada “Ciencia, filosofía y religión” impartida por el jesuita Alfonso González de Quevedo, SJ. Luis Orlando cuenta que este profesor tenía una gran habilidad para contestar todos los cuestionamientos sobre ateísmo que le hacían y que una de sus grandes virtudes como educador era tomar cualquier tema y explicarlo desde las tres perspectivas que le daban título a la materia. “Eso me pareció fascinante. Yo me hice muy amigo de él”. Al asistir a una de sus misas, Orlando tuvo una especie de revelación sobre el sentido de la vida que no haría sino prender una flama que iría paulatinamente creciendo y no se extinguiría más.

El enamoramiento

En un nuevo viaje a Toronto, Luis Orlando conoce a una joven monja argentina que vivía una vida muy austera y que atendía jóvenes en situación de adicción, los defendía de la policía y les daba refugio. Orlando admiró su compromiso y su preocupación por la realidad social. Conocer a esta mujer y la necesidad de encontrar la espiritualidad, lo llevaron a tomar sus segundos ejercicios espirituales en el año. Para él, los ejercicios espirituales de San Ignacio te obligan a meterte en tu propia historia y a sanar momentos que han pasado inadvertidos. Es tal vez en esta segunda reflexión donde cosechó un fruto significativo: saber que se iba a morir.

“A mis 21 años me dije: mira, esta vida se acaba. ¿Qué sigue después de esto? Me nació un deseo muy profundo de querer hacer algo que valiera la pena con mi existencia. Mi deseo de tener un Mercedes y vestir con Armani de pies a cabeza se me cayó. ¿Eso en qué le aporta al mundo?”, dijo. Él estaba en un ambiente de migrantes y veía cómo ellos añoraban su país. Fue en estos ejercicios espirituales que Luis Orlando le dijo a Dios que quiere cambiar de estilo de vida hacia algo que aporte el mundo.  

Al volver a México, Orlando regresó muy reflexivo y Alfonso González de Quevedo, SJ, le aconseja hacer nuevamente los ejercicios espirituales pues lo notó deprimido a su llegada. Le pidió pulir esa idea que traía sobre aportarle al mundo. Además de hacer ejercicios espirituales por tercera vez en el año, comenzó a ayudar a los campesinos mexicanos.

En estos terceros ejercicios, Luis Orlando se alimentó de una manera más profunda en la espiritualidad y fue entonces que se dio cuenta que tenía que dedicarse al acompañamiento con Jesús. Al titularse, se acercó a la iglesia y se involucró en esa vida. Leyó la historia de los jesuitas y se dio cuenta de que quería hacer lo mismo que ellos: “es como un enamoramiento”, dice. “Eso mismo que sientes cuando te enamoras: estás más sensible, más perceptivo, más cariñoso, más tolerante, más amable. Uno nota al enamorado, todos esos síntomas los empecé a tener otra vez como si fuera una promesa del futuro”.

El Dios de los pobres

En Jesús, Luis Orlando encontró el modelo de vida que él quería. Sintió un deseo de austeridad muy profundo y unas ganas de estar en un espacio de mucha entrega.  “La experiencia que a mí me va a marcar es cuando me mandan a documentar a migrantes centroamericanos en la frontera. Tener un grupo de migrantes asustados y golpeados en esa vida tan indigna me movió todo. Fue como decir: ‘la vida no puede ser así, esto no puede existir’. Y yo creo que entendí esta frase de ‘tú eres el Dios de los pobres’. Ya estando ahí, el Dios el que yo sigo es el que está aquí, el que me invita a servir”.

Con esta convicción Luis Orlando está tranquilo, pues dice que si le sucede algo peligroso por defender los derechos humanos de los migrantes, al menos será por hacer algo en lo que cree. “Mi estar en la compañía es estar desde los derechos humanos”, confiesa. “Yo creo que el espíritu te empuja a ciertos lugares. El espíritu de Dios seduce, enamora, te llena de pasión, y descubrí que mi creatividad se despliega”.

Es en estos espacios que Luis Orlando experimentó la compasión, la misericordia, la solidaridad real y descubrió que son muchos los que sueñan con una realidad distinta. Son estos sueños los que lo han configurado como jesuita.

Finalmente, comparte unas reflexiones sobre su próxima ordenación: “Dios es un grupo, para mí ordenarme ahora significa sumarme a este grupo de arquitectos, médicos, campesinos, artesanos, no a diferenciarme de ellos. Ordenarme es hacerme uno con ellos”.

 

Luis Orlando Pérez, SJ, escribe en la Revista Magis temas de espiritualidad.   

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