ENTREVISTA / RELIGIÓN

“¿Qué hago por los demás con mi vida?”

Fernando Tiscareño estudió gastronomía y un encuentro con la vida de Óscar Romero y de los mártires de la UCA lo llevó a replantear su existencia 
POR JUDITH MORÁN 

Un terremoto interior sintió Fernando Tiscareño (Lagos de Moreno, Jalisco, 21 de diciembre de 1983) cuando en 2005 visitó San Salvador con motivo del 25 aniversario del martirio de Monseñor Óscar Romero y cambió la dirección que llevaba su vida como estudiante de gastronomía al punto que este sábado 2 junio es uno de los cinco jesuitas que se ordenarán en el Auditorio Pedro Arrupe, SJ, del ITESO. 

La vida del arzobispo de San Salvador –asesinado por defender a las víctimas de la represión militar en 1980– y de los jesuitas Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín Baró, Segundo Montes, Joaquín López y López, Armando López, Juan Ramón Moreno, SJ, así como de las laicas Elba y Celina Ramos en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), cuenta, fueron significativos en el trayecto que lo llevó a la Compañía de Jesús. 

La invitación al foro internacional que organizó la arquidiócesis de San Salvador llegó cuando él estudiaba gastronomía en León y, al mismo tiempo, trabajaba en un colegio con las religiosas de la Compañía de Santa Teresa de Jesús con quienes estudió en su ciudad natal, desde la primaria hasta la preparatoria. 

“Me hago una pregunta que desestructura todo lo que venía haciendo y lo que vendría después: ¿yo que estoy haciendo por los demás con mi vida?, estoy cocinando ¿eso de qué le sirve al otro?, con una visión de la gastronomía con enfoque capitalista; entonces la vida de Ignacio Ellacuría y sus compañeros sacude mi proceso interior”. 

Tras el viaje, Fernando dejó la carrera de gastronomía e inició el proceso para estudiar pedagogía, pero mientras estaba en la fila para inscribirse recordó a los jesuitas y desistió de ingresar a la Universidad de la Salle. 

Lo siguiente fue una búsqueda de la Compañía de Jesús en internet y encontró que había jesuitas en León en la Universidad Iberoamericana y en el Instituto Lux. Entonces entró en contacto con Gerardo Anaya, SJ, director del Centro de Formación Ignaciana, con quien conversa lo que le estaba pasando, sin intención de ser jesuita. 

Gerardo Anaya, SJ, cuenta el novicio Fernando, le pide comprar un cuaderno en el que durante 15 día debería responder a dos preguntas antes de volver a verlo: ¿en qué momento de tu día encontraste más fuertemente la presencia de Dios? Y ¿en qué momento no? 

“Descubrí que el contacto con las personas me hacía sentirme, en términos neoliberalistas y capitalistas, más productivo, sacaba lo mejor de mí cuando compartía la vida con personas, con los niños del colegio o los jóvenes del movimiento apostólico; eso lo llevo a la segunda entrevista con el padre Anaya, SJ, y él me lanza la pregunta ‘¿nunca te has preguntado el ser jesuita, así como Ellacuría?’”. 

Trece años después, el egresado de la Licenciatura en Filosofía por el ITESO hace un recuento de lo que ha vivido dentro de la Compañía de Jesús y afirma: “descubrí que Dios tenía como el camino marcado (para mí), pero era importante que yo viviera experiencias de una manera más libre, que aprendiera cosas, que buscara, que me topara con paredes, pero el camino estaba muy claro”. 

Un viaje hacia la periferia 

En Torreón, Coahuila; Ciudad Guzmán, Jalisco; Mexicali, Baja California; Altamirano, Chiapas y Belo Horizonte, Brasil, son parte de la ruta que Fernando ha recorrido desde que inició su vida dentro de la Compañía con experiencias como el acompañamiento a jóvenes, a campesinos, y a trabajar en una maquiladora y en un hospital. 

“Todo el proceso que se vive en el noviciado está orientado para que el sujeto se acabe enamorando de la compañía, del modo de seguir a Jesús al modo de San Ignacio de Loyola”. 

¿Qué descubriste en este proceso? 

Todas mis búsquedas y mis preguntas tuvieron mucho sentido cuando me puse a prueba, al límite, esta es la vida que yo quiero, de aquí brota la mejor versión de mí; si eso yo lo hubiera encontrado con las cazuelas, con los hornos y los panes, pues ahí me habria quedado. 

Vivencias como el trabajo en una maquiladora ¿te dieron certezas más que dudas sobre tu vocación? 

Claro, lo que más hay son certezas. Por supuesto que dudas por cuestiones de seguridad, porque estás fuera de toda comodidad, por ejemplo, regresé de la maquiladora con un grado de anemia fuerte, porque mal comíamos y mal dormíamos. 

La experiencia, narra Fernando, se vive así: el maestro de los novicios les entrega dinero para llegar, en este caso, a Mexicali y por unos 5 o 6 días es posible quedarse en un albergue para migrantes, pero es obligatorio encontrar trabajo y un lugar para dormir. 

“Te pone al límite, pero eso que dices es muy cierto en vez de que te llene el corazón de dudas yo lo iba llenando de certezas; es decir, sí sufres, le batallas, lloras; pero dices esto es lo que yo quiero. Ignacianamente hablando diríamos para esto fui creado”. 

Fernando Tiscareño recuerda que, en este periodo en el que guardó en secreto su identidad, entabló amistad con el jefe del almacén quien era usual que doblara turnos durante seis días a la semana. 

“Compartiendo la experiencia del dolor, de cómo se es explotado laboralmente, te tratan como un objeto y no como una persona, sin garantías de trabajo, en ese panorama de muerte e injusticia, él se mantiene de pie porque piensa en su familia, yo le pregunto ‘¿de dónde sacas la fuerza, energía y voluntad para estar de pie tres días a la semana?’ y me responde ‘de ver el rostro de felicidad de mis hijos que tienen qué comer y de Dios’; para mí eso fue muy impresionante”, relata. 

Otra experiencia de este periodo que lo marcó fue en el Hospital San Carlos en Altamirano, Chiapas, donde trabajó limpiando el piso, lavando sábanas, visitando enfermos; ahí tuvo la oportunidad de atestiguar el nacimiento de un bebé que estaba en riesgo de morir, igual que su madre y verlos salir tras una intervención quirúrgica. 

“Lo que hizo el cirujano es dar vida, lo que yo hago desde la trinchera en donde estoy también es dar vida” comenta Tiscareño quien un día antes de la entrevista llegó de Tatahuicapan, Veracruz, a donde fue asignado, a 59 kilómetros de Coatzacoalcos.  

Se trata de una parroquia con 63 comunidades –a Fernando le corresponden 21 poblados–, donde “30% de nuestros feligreses son mestizos, el otro 30% son indígenas popolucas y el otro 40 % son indígenas nahuas”, y su labor, dice, es acompañar su amor por la tierra y encender velas de esperanza. 

“(Las comunidades) están en una franja donde hay bastante interés por parte de empresas y del gobierno por la extracción del agua”, detalla. 

A Tatahuicapan de Juárez llegó hace tres meses, después de estudiar Teología en la Facultad Jesuita de Filosofía y Teología, Belo Horizonte, en Brasil. Arribó para “aprender las formas en las que los popolucas –quienes se llaman a sí mismos hijos de Homshuk, el dios del maíz– y los nahuas se relacionan con la tierra, “me estoy inculturando en un mundo que no es el mío, me voy empapando del cuidado de la tierra, de cómo se debe sembrar, de las cuestiones naturales y biológicas que hay que respetar”. 

Además de la amenaza que hay sobre el agua, el novicio Fernando manifiesta preocupación por la disminución del uso del maíz mexicano que está siendo sustituido por criollo. 

“Estoy haciendo un trabajo muy fuerte con los niños, tienen un mito del maíz que se llama Homshuk, dios del maíz, de cómo nació el maíz blanco, el maíz amarillo, el maíz negro y cómo decidió quedarse entre ellos para darles de comer y convertirse en tortilla. Hacer énfasis en los niños de la importancia del maíz, y que además sea maíz mexicano y no mejorado, hace que surja una semillita, inclusive a pesar de las dificultades y del contexto en el que estamos está esa semillita. Si se apaga la velita nos lleva la tostada. Me toca encender velas”. 

En tu paso por la Compañía de Jesús has vivido en la periferia, ¿cómo llevas eso en el día a día? 

La gente que vive en las orillas me ha enseñado a vivir con lo necesario y con eso uno puede ser completamente feliz. Cuando me toca visitar mis comunidades con casitas de palo y lámina, en la mesa habrá tortilla, frijoles, y al convivir con la gente mientras comes, no les ves angustiados porque el banco los está persiguiendo, porque no tienen televisión para ver el juego de México contra Gales, o porque no tienen saldo sus teléfonos, yo sí me angustio por todo eso por la dinámica de la ciudad. 

Los que están lejos o han sido obligados a vivir lejos, son mucho más felices que nosotros, tienen lo que necesitan para vivir bien no en términos capitalistas, en términos de paz interior y de su relación con su tierra, su relación con Dios, su relación entre ellos como hermanos, es de una calidad que no he visto en otros lados, o sea, la profundidad, el ardor que hay en relacionarse con su maíz, pedirle a Dios que bendiga la tierra para que su maíz crezca. 

 – ¿Con qué sueñas? 

Desde que entré a la Compañía me doy cuenta que el entorno en el que me desenvuelvo puede ser un poco mejor, es decir, la luz, la esperanza, la semilla de lo que yo puedo ser, al momento de compartirlo veo que las personas avanzan en su vida, y pueden ser mejores personas, pueden disfrutar la vida de mejor manera, se pueden encontrar con Dios Creo que ese es el aporte que hago. 

Mi sueño no está allá, dice mientras señala al horizonte, hoy estoy viviendo mi sueño, llevo 13 años viviéndolo. 

Tras la ordenación Fernando Tiscareño pasará unas semanas en Creighton University, en Omaha Nebraska, donde iniciará un Master en espiritualidad cristiana. “Después del verano regreso a Veracruz, estoy destinado a Veracruz, allá es mi casa, es mi comunidad”. 

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