El pasado 18 de diciembre, José Francisco Magaña, SJ, provincial de la Compañía de Jesús en México, envió una carta en la que invitaba a prepararse para la próxima visita del Papa Francisco (12-17 de febrero). Junto a ella incluyó una reflexión de Luis García Orso, SJ, de la cual reproducimos un fragmento:
POR LUIS GARCÍA ORSO, SJ
Cada miércoles, a las siete de la mañana, la calle Gregorio VII se empieza a llenar de peregrinos italianos que se dirigen a la plaza de San Pedro para la audiencia del Papa, que inicia a las 9:30 horas. Grupos parroquiales, representantes de asociaciones, niños de colegios, familias, gente de todas las edades, están ahí. Los italianos aman a Francisco, pero también los miles de turistas que llegan siempre a Roma. Tanto en las audiencias como en el Angelus del domingo, la plaza se llena y la gente escucha en silencio, con todas las miradas dirigidas al Papa. Previo a eso Francisco recorre sonriendo la plaza en el papamóvil y se detiene a abrazar y besar a bebés, ancianos y enfermos. Francisco habla de cercanía y ternura con todos sus gestos. Es “la revolución de la ternura”.
En Francisco se repiten los gestos de Jesús que anuncian el evangelio del Reino del Padre: tocar a leprosos e impuros, abrazar niños, tener misericordia con la pecadora, dar de comer a los necesitados, incluir a los pecadores en la mesa, salir al encuentro de toda persona, llamar al seguimiento a todos o poner al ser humano como hijo de Dios en el centro de la atención.
A Francisco hay que seguirlo por lo que habla con sus gestos: al lavar los pies a los presos, al sentarse a comer con mendigos, al orar con judíos y musulmanes, al entrar en una vecindad de migrantes, al mojarse bajo la lluvia. Signos de que el reinado de Dios está cerca, muy cerca, de todo hombre y mujer sin exclusiones, y especialmente de los pobres y marginados.
Y Francisco no acepta que la gente pase hambre, no encuentre trabajo, no tenga casa, tenga que migrar para buscar mejor vida, muera por la violencia y las guerras o que haya millones de descartados y empobrecidos por una estructura social injusta e inhumana.
“No a la globalización de la indiferencia”, ha dicho en muchas ocasiones. Francisco se sitúa en la composición ignaciana de la Encarnación (Ejercicios Espirituales, 103): mira la grande capacidad y redondez del mundo, en la que están tantas y tan diversas personas.
Y su mirada —amplia y personal— no pierde la referencia fundamental: el amor de Dios para la humanidad, la buena noticia liberadora que trae Jesús, el Hijo de Dios, la acción del Espíritu que siempre sorprende y nos guía hacia la plenitud de la vida. En cada situación, Francisco, el sucesor de Pedro, se reconoce un pobre servidor, elegido por la misericordia de Dios («Miserando atque eligendo», de su lema episcopal).
Francisco pide una Iglesia no centrada en sí misma, egocéntrica, mundanizada, elitista, ambiciosa de poder y de riquezas, sino una Iglesia vivificada por el amor y el Espíritu de Jesús, que se vuelque a los demás para servir y ayudar, que se haga cargo y cure heridas, que vaya a las periferias y los márgenes, que se viva en misión, una Iglesia samaritana que se hace prójimo de todo hombre y mujer puede ayudar a hacer nuestro mundo más humano. En su radiomensaje del 11 de septiembre de 1962, un mes antes de comenzar el Concilio, Juan XXIII decía: “La Iglesia se presenta como es y como quiere ser: como Iglesia de todos, en particular como la Iglesia de los pobres”.
Esta verdad, casi olvidada, vuelve a proclamarse por Francisco al iniciar su pontificado, al hablar ante representantes de medios de comunicación el 16 de marzo de 2013: “¡Cómo quisiera una Iglesia pobre y para los pobres!”. Y Francisco lo va intentando con su testimonio de vida, sus gestos, sus palabras, sus pronunciamientos mundiales, aun contando con la rémora de algunos obispos y cardenales. A todos los católicos nos queda mucho por aprender y vivir.
En su próximo viaje a México, Francisco seguramente defenderá la vida de los migrantes, como hizo en Lampedusa; animará a los jóvenes a unir corazón, mente y voluntad en favor de los demás, como en Filipinas; se pronunciará contra un sistema social fincado en la desigualdad y la globalización de la indiferencia; dirá que la corrupción apesta, como afirmó en Nápoles y repetirá que es necesario cambiar un sistema económico que beneficia a unos cuantos por encima de la dignidad humana de las mayorías.
Hay que estar muy atentos a los momentos –muy frecuentes– en los que el Papa improvisa y, sobre todo, a todos sus gestos y detalles, que hablan mucho de su corazón.