Aunque la vuelta a la normalidad prepandémica se vislumbra cada vez más cercana, aún hay aspectos de la vivencia cotidiana que nos generan desesperación y hartazgo. Por ello, el autor nos invita a ver, de la misma manera en que tras la agonía de la Crucifixión llega la alegría de la Resurrección, nosotros también podemos reconectar con la esperanza.

El hartazgodel confinamiento llegó a su punto más álgido este semestre al escuchar la noticia que no volveríamos a las clases hasta el próximo mes de febrero en el mejor de los casos.

Mi hijo universitario arrojó interjecciones de fastidio:

¡Ya estoy harto papá! ¡Quiero ver a mis amigos aunque sea de la clase de laboratorio! ¡Es estar en la universidad sin vida universitaria! ¡Hasta cuándo Señor! ¡Hasta cuándo!

Mientras tanto, yo bajé la mirada al suelo, no supe qué decirle y suspiré profundamente buscando un aliciente que nos devolviera la esperanza.

La experiencia de reclamo y cúmulo de amarguras de Job por su trágico destino quejándose vehemente en la amargura de su alma, se hicieron vívidos nuevamente:

“El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio, sus días son los de un jornalero; como el esclavo, suspira por la sombra, como el jornalero, aguarda el salario. Mi herencia son meses baldíos, me asignan noches de fatiga; al acostarme pienso:

¿Cuándo me levantaré? Se alarga la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba. Mis días corren más que la lanzadera, y se consumen sin esperanza. Acuérdate de que mi vida es un soplo, y que mis ojos no volverán a ver más la dicha… Pasaron los días, se desvanecieron mis proyectos, los deseos de mi corazón.” Job (7,1-4.6-7; 17, 11)

Me visualicé entonces inmerso en la experiencia de Job. “El Job-nalero” anhelante y ansioso de que todo termine: ¡Hasta cuándo Señor! ¡Hasta cuándo! pero todavía preso de la decepción y el desencanto, día a día expuesto a los crueles rayos de la rutina, en la que el tedio y el aburrimiento se empeñan en aniquilar la esperanza.

Discursos de ánimo desgastados, ir y venir de “los mensajes de esperanza” en redes sociales marcados por la espiritualidad centrada en el individualismo, noticias de la vacuna vislumbrando una luz al final del túnel, refuerzos de vacunas en busca de protección, estrategias para reactivar la economía…

¡Hasta cuándo Señor! ¡Hasta cuándo!

Seguí aletargado sin saber qué decirle a mi hijo, asintiendo con un suspiro profundo.

Pasaron los días, el semestre continúa su curso, seguimos en línea tomando clases, estudiando, trabajando, haciendo tareas, tratando de escapar de la nada, de la depresión, del cansancio; ueriendo despertar de un sueño largo y cansado, que amanezca y se desvanezca la pesadilla.

Sin embargo, en mi corazón seguían retumbando las palabras:

¡Hasta cuándo Señor! ¡Hasta cuándo!

Ya que se acerca la semana Santa, fue entonces que mi desolación me condujo al momento de la Pascua. Contemplando aquel momento de los primeros cristianos, los más cercanos a Jesús. ¿Qué les quedó ese viernes? Miedo, desolación y ausencia; sin sentido, dolor, olor a muerte; conciencia de estar vivos, pero sin tener vida. En palabras de González Faus:

“Y la tierra fue dejando de ser casa, y la vida fue dejando de ser vida. Pero todo esto era también obra del hombre…”

Creo que ellos por fin lo aceptaron, ¡no hay nada más que hacer! Se lo llevaron, sepultaron la Vida.

Inmersos en la reflexión de cómo están experimentando las clases este semestre los alumnos, platiqué con mi amigo, también profesor, para escuchar su sentir, su pesadez, su vivencia. Parecíamos aquellos peregrinos de Emaús platicando en el camino, tratando de reencontrar la resignificación de la vida. Me decía:

«Me siento como en el mito de Sísifo, rodando la roca cada día para llevarla a la cumbre y cada día empezar de nuevo. La rutina vivida como un Confrontar la contradicción del absurdo, pero tratando de escapar de él, diría Albert Camus respecto a los existencialistas; o mejor aún, aceptar esta rutina como condición humana, abrazarla y vivir con ella».

Me resisto, le dije, no quiero seguir viviendo como “el Job-nalero”, ni tampoco como Sísifo.

Los primeros cristianos también se resistieron, pero fue la Resurrección cuando el Señor se les adelantó, se les emparejó en el camino, la resignificación de la vida se dio en el encuentro, donde “volver al amor primero”, diría San Ignacio, reconectó con el Maestro, lo reconocieron.

Y al final Job dijo: “Te conocía de oídas, ahora te han visto mis ojos”.