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El cambio viene desde adentro

El cambio viene desde adentro

El autor nos comparte cómo ha vivido sus primeros semestres de estudiante en plena pandemia y la manera en que afrontó el ser universitario desde la computadora. Cuarta entrega de la serie #AprendizajesDePandemia

Por Toby Glick

Albert Einstein dijo una vez: “El mundo tal como lo hemos creado es un proceso de nuestro pensamiento. No se puede cambiar sin cambiar nuestra forma de pensar”. Considero que esta frase es invaluable para la discusión del cambio, nuestras propias experiencias ante éste y los que hemos vivido como comunidad ITESO durante el último año. Obviamente, la pandemia sucedió, independientemente de cómo lo afrontamos de manera individual al respecto y nuestra flexibilidad o resistencia al cambio que ésta supuso. Por lo tanto, la forma en que nosotros como estudiantes, maestros, padres y personas decidimos navegar por esta realidad sigue dependiendo, en buena medida, de nuestra propia decisión. 

Hace dos años me mudé de Estados Unidos a México. Me gradué de la preparatoria durante la pandemia, la cual no me detuvo para perseguir el sueño de estudiar psicología en cuanto tuve oportunidad, pues siempre ha sido una profesión que me llama la atención y me parece fascinante. La pandemia tampoco me impidió completar mi primer año como estudiante en el ITESO, y aunque todavía no he tenido una clase presencial sí he enfrentado innumerables retos y aprendizajes como “universitario en línea”. Durante el segundo semestre, en la asignatura de Seminario de Métodos de Investigación se nos asignó la tarea de llevar a cabo una investigación que implicaba integrar técnicas tanto cualitativas como cuantitativas. Este proyecto fue la primera vez en la que tuve que involucrarme en la recopilación de datos, en lugar de simplemente usar fuentes preestablecidas y, sinceramente, parecía bastante abrumador. Sentí que mi capacidad lingüística no era lo suficientemente buena como para entrevistar a los participantes del estudio y mi actitud hacia la escuela en línea posiblemente no era la más conveniente.

Durante los primeros meses de la pandemia, pensando que el confinamiento pasaría pronto y volveríamos a clases presenciales, mi estilo de vida giraba en torno a mis actividades extracurriculares y pasatiempos, haciendo que mis obligaciones escolares pasaran a segundo plano y se sintieran como una carga. Pero como dicen, en las buenas y en las malas el espectáculo debe continuar, y así fue.  

Después de algunos embates por encontrar un objeto de estudio que nos pareciera atractivo a todos, el equipo de investigación del que yo era parte decidió investigar los cambios en el pensamiento y los promedios de calificaciones de estudiantes del ITESO en tres momentos diferentes: antes de que la pandemia nos arrebatara la posibilidad de aprender presencialmente, durante la migración a la modalidad en línea y en el presente, que para entonces significaba un modelo enteramente virtual. Descubrimos que este tema era increíblemente relevante para nosotros, ya que éramos parte de la misma situación que pretendíamos entender.

A lo largo de la investigación nos dimos cuenta de que los mismos cambios que estábamos estudiando también los vivíamos como estudiantes. Luchamos por encontrar tiempo para reunirnos y discutir nuestro progreso, pero a pesar de los esfuerzos, nuestros avances eran lentos y, para el último mes del semestre, me sentí culpable, impotente y resignado por no estar a la altura de mis propias expectativas. Me sentía resentido y culpé a la modalidad. Pensé que mis profesores eran imprecisos y poco claros y confiaba que los maestros terminarían el semestre dándonos a todos una nota alta.  

Mirando hacia atrás, considero que no estaba preparado para hacerme cargo de mis propias deficiencias, que, en buena medida, provenían de una mala actitud delante del desafío que implicaba aprender en línea. Estaba insatisfecho con la calidad del trabajo que había producido, pero no estaba dispuesto a ver que ciertos resultados dependían de mi forma de pensar y enfrentar la situación que estaba viviendo como estudiante. A través de las entrevistas con estudiantes de ITESO me di cuenta de que otros estudiantes también reconocían que su actitud había sido, de algún modo, semejante a la mía y sus experiencias eran poco más que un reflejo retorcido de los problemas de actitud que yo mismo había estado experimentando desde el inicio del semestre.

Cuando fui capaz de reconocer que yo era responsable de cambiar mi perspectiva sobre mi propio proceso como universitario, sentí que nuevamente se encendía un fuego en mi estómago. Anhelaba cambiar, hacer mejor las cosas a pesar de la modalidad de aprendizaje en línea y no permitir que mis actitudes derrotistas obstaculizaran no sólo nuestro proyecto de investigación sino mi futuro académico.  

Al final del último mes habíamos reelaborado por completo nuestra investigación, fuimos capaces de organizar nuestro tiempo y de trabajar juntos para crear algo mejor. Nuestros hallazgos nos sorprendieron a todos. Descubrimos que no hubo cambios significativos en los promedios antes y después de la pandemia, y que después de un año de ajustes, los estudiantes habían sabido adaptarse a la situación y, al hacerlo, la mayoría había desarrollado sentimientos positivos ante el aprendizaje en línea. Entendimos, que el meollo del asunto no eran los promedios, que se mantuvieron o inclusive mejoraron durante las clases virtuales, sino la actitud con la que habíamos decidido enfrentar lo inevitable, ser universitarios desde la computadora.  

Cuando fui capaz de reconocer que yo era responsable de cambiar mi perspectiva sobre mi propio proceso como universitario, sentí que nuevamente se encendía un fuego en mi estómago. Anhelaba cambiar, hacer mejor las cosas a pesar de la modalidad de aprendizaje en línea y no permitir que mis actitudes derrotistas obstaculizaran no sólo nuestro proyecto de investigación sino mi futuro académico. 

Creo que esta experiencia dice mucho con respecto a nuestra cita del principio sobre el cambio. Como seres sensibles, somos capaces de interpretar nuestro entorno, amplificando o disminuyendo la influencia de ciertos aspectos de nuestra vida en nuestro estado mental y, por lo tanto, influenciando el cómo actuamos en el mundo. Nuestras perspectivas y valores únicos son la base de nuestras acciones y de cómo encaramos lo que hacemos. Por ejemplo, antes de cambiar mi perspectiva sobre el semestre de primavera de 2021, veía mis clases y responsabilidades académicas como una carga, algo que estaba obligado a hacer y que me impedía dedicar más tiempo a mis pasatiempos. Al adoptar una nueva perspectiva, traté de animarme y comprometerme más con mis clases. Traté de concentrarme en el contenido de las lecturas y tareas, tomando más notas y esforzándome más en mi trabajo. A medida que comencé a cambiar todo cambió y la experiencia de estudiar se volvió gratificante. Este cambio no modificó la carga de trabajo, pero hizo que fuera mucho más llevadera y, sobre todo, que tuviera sentido.  

Encuentro que esta investigación y mi experiencia vivida son un valioso ejemplo de cómo nuestro pensamiento cambia nuestro mundo. Al aceptar el cambio, los miembros de mi equipo, así como los participantes de la investigación, pudieron seguir creciendo y aprendiendo a pesar de la situación única en la que nos encontramos debido a la pandemia.

Dicho esto, si bien nuestra mentalidad puede influir en la manera en que percibimos y enfrentamos la realidad, eso no significa que todo sea sol y arcoíris, y ciertamente, hay una serie de cosas que desearía que tanto algunos de los profesores como yo hubiéramos hecho diferente. Como estudiante, hubiera deseado tener más iniciativa para plantear mis inquietudes, por ejemplo, desearía haber sido más directo con mis profesores al respecto de mis necesidades y expectativas para el semestre, hubiera querido hacerles más preguntas sobre las cosas que no entendía o no tenía claras o sobre todo aquello que era nuevo para mí, como trabajar en Canvas. También me hubiera gustado haber sido más proactivo y reconocer que tanto maestros como alumnos compartíamos el mismo objetivo: sacar adelante las clases a pesar de la modalidad virtual. Indistintamente, tanto profesores como estudiantes, estábamos ahí para aprender de una nueva experiencia, adaptarnos y buscar formas participativas para seguir. Si hubiera adoptado esta actitud, no habría sentido que a mis profesores no les importaban mis avances en clase, ni me habría sentido tan decepcionado de mi desempeño. 

Creo que se trata de hacernos responsables y entender que la tarea de aprender es algo que debemos de hacer juntos. A pesar de ello, también me di cuenta de que no todos los profesores estaban dispuestos a poner de sí y ser flexibles para incorporar nuevas herramientas y formas de comunicación. Por otro lado, también vi que la mayoría de mis maestros crecieron y mejoraron sus estrategias, y eso me daba gusto y me hacía sentir agradecido con ellos. Por ejemplo, en el primer semestre, la mayoría de los profesores usaban principalmente presentaciones de powerpoint para enseñar, pero después se diversificaron, e integraron charlas y otras actividades que nos obligaban a interactuar de otras maneras. 

Finalmente, a pesar de los diversos cambios que ha experimentado nuestra comunidad, he visto cuán capaces somos todos al permitirnos ser flexibles y adaptarnos adecuadamente a nuestras circunstancias. Frente a la adversidad, es nuestra decisión seguir adelante o no y cómo. No sé lo que deparará el futuro, o si las cosas van a “volver a la normalidad”, de hecho, no creo que haya habido nunca una normalidad. Sin embargo, de lo que estoy seguro es de que será tan atractivo y rico como nos lo permitamos, y el primer paso para que las cosas mejoren es tomar conciencia de lo que ya es bueno y de todo aquello que hemos aprendido a hacer mejor. 

Como seres sensibles, somos capaces de interpretar nuestro entorno, amplificando o disminuyendo la influencia de ciertos aspectos de nuestra vida en nuestro estado mental y, por lo tanto, influenciando el cómo actuamos en el mundo. Nuestras perspectivas y valores únicos son la base de nuestras acciones y de cómo encaramos lo que hacemos. 

Toby Glick es estudiante de Psicología en el ITESO y vive en México desde hace dos años, y anhela ver cómo se desarrollará su proceso educativo a medida que pasa el tiempo. Agradece a la profesora Gabriela Sánchez López de Seminario de Métodos de Investigación II por animarlo a escribir estas reflexiones y a Liliana García Ruvalcaba por abrir el espacio para difundirlas.

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