Para la paz, hace falta el conflicto, así lo ha constatado la doctora Kathy Bickmore durante su trayectoria académica. El conflicto no siempre es sinónimo de violencia y destrucción, sino que puede utilizarse como una oportunidad de aprendizaje. “Los conflictos que se abordan no violentamente son positivos en el sentido de que permiten el desarrollo y el cambio hacia una paz justa y duradera”, asegura la profesora del Instituto de Estudios en Educación de Ontario, de la Universidad de Toronto.
La educación por sí sola no puede resolver los grandes conflictos del mundo causados por la escasez de recursos y la concentración del poder, pero si tiene el potencial de ampliar los horizontes de los estudiantes, romper el ciclo de la violencia y detener las inequidades enraizadas en el conflicto destructivo.
Para reconocer los caminos posibles hacia ese escenario, Bickmore ha dedicado su trayectoria académica a la educación comparada para la paz y la ciudadanía democrática en sociedades atravesadas por tensiones sociales como México. Este 28 de abril visitó el ITESO durante el Segundo Encuentro de la Maestría en Educación y Convivencia y compartió parte de sus hallazgos en la conferencia magistral “Construcción de paz justa”.
De la contención a paz duradera
La especialista comenzó por explicar que, en ciertos episodios de conflicto hay que comenzar por la contención por motivos de seguridad. Es decir, hay que impulsar procesos de diálogo, negociación y mediación entre pares a través de metodologías como los círculos de paz restaurativa.
Este tipo de diálogos organizados se guían con preguntas sobre los pensamientos y necesidades de las partes afectadas, así como sus sugerencias para reparar la situación. En el proceso, la escucha es fundamental para que cada involucrado sienta que se honra su valor intrínseco como persona.
“Cada participante tiene la responsabilidad de contribuir sus perspectivas e ideas para crear una solución. Se utiliza la estructura para crear posibilidades de libertad, libertad para decir nuestra verdad”, dijo Bickmore.
No obstante, para alcanzar la “paz justa duradera” hay que ir un paso más allá, pues esta surge solo cuando los ciudadanos poseen las herramientas para negociar por sí mismos, con cada vez menos mediadores o autoridades legítimas que tomen decisiones unilaterales.
En los centros escolares, la tarea docente consiste en construir experiencias que conduzcan a esa autonomía. Esto puede lograrse mediante el currículo implícito —dentro de las actividades y roles cotidianos— o en momentos especialmente dedicados a la escucha y el diálogo.
En este caso, lo ideal es empezar con la discusión de conflictos históricos o contemporáneos que no involucren a los estudiantes, pues “cuando empezamos a aplicar los programas después de episodios de violencia y daño, no tenemos la confianza ni la capacidad (para trabajar). Solo podemos afrontar los problemas cuando nadie tiene temor”, aseguró la experta. Aunque esa consideración no excluye las situaciones que son significativas o conocidas para la clase, pues a través de ellas es posible captar el interés y la participación activa.
La pedagogía constructiva está en todas partes
En realidad, la formación académica como la conocemos no es tan distante a la educación ciudadana para la paz, pues todas las asignaturas curriculares presentan oportunidades para poner en práctica la “pedagogía constructiva del conflicto proactiva”.
La doctora Bickmore dio cuenta de ello a través de la presentación de algunos casos de estudio. Uno de ellos se trataba de una clase de historia sobre la Revolución Mexicana, en la que, luego de revisar la participación de personajes históricos como Porfirio Díaz y Francisco Villa, se abordó el rol de otros personajes excluidos del relato general. Entre ellos, mujeres como Leona Camila Vicario y Dolores Jiménez y Muro. “La idea era ampliar el conflicto y abrir un espacio para discernir quienes no están incluidos” explicó la conferencista.
Entre los retos a los que se enfrentan estas metodologías está el manejo de conflictos en esferas sociodigitales y la normalización de la violencia. Para hacer a los estudiantes consientes de ella, la ponente sugiere involucrarlos en investigaciones que aborden la violencia como un objeto de estudio integral, en lugar de limitarse a intentar contenerla.
La idea es que, de una manera u otra, la construcción de paz y la convivencia democrática se vuelvan el corazón de las actividades cotidianas de las aulas y las escuelas para que los estudiantes adquieran habilidades para la transformación democrática de conflictos. Como lo mencionó Liliana García Ruvalcaba, coordinadora de la Maestría en Educación y Convivencia: “no hay educación al margen de las relaciones que las sostiene. ni convivencia posible sin aprendizaje que la oriente”.
FOTO: Zyan André
