Carlos Maximiliano Fernández Rojas, SJ, y Jesús Manuel Roa Sánchez, SJ, fueron ordenados como sacerdotes jesuitas. Ambos estudiaron en el ITESO

Carlos Maximiliano Fernández Rojas, SJ, 

llegó a la Ibero Ciudad de México para estudiar Derecho con una beca de excelencia humana. Ahí conoció la espiritualidad ignaciana y con ella una manera de encontrar a Dios en todas las cosas. Jesús Manuel Roa Sánchez, SJ, inició su camino espiritual con la idea era ser sacerdote diocesano, pero una vez que conoció a la Compañía de Jesús y la incidencia de su labor social, supo por cuál senda quería vivir su trayectoria vocacional. Conoce el camino que recorrieron hasta llegar a su ordenación sacerdotal el pasado 11 de julio.

“Me siento sostenido e invitado a sostener”: Maximiliano Fernández 

Cuando Maximiliano Fernández, SJ, estudiaba la prepa era, como se dice, ajonjolí de todos los moles: en paralelo estudió la carrera técnica en urgencias médicas; formaba parte de la plantilla de la sociedad de alumnos en el colegio La Salle donde estudiaba, participaba en el grupo ecológico. “La maestra Lolita, que era extraordinaria, me mandó hablar y me dijo había una beca que podía ser para mí”, cuenta Fernández. Se trataba de la beca de excelencia humana de la Ibero Ciudad de México, que el muchacho obtuvo para estudiar Derecho. Sin saberlo, la maestra Lolita le abrió una puerta que jamás se imaginó: ahí Maximiliano conoció a los jesuitas y comenzó una trayectoria de vida que lo convirtió en sacerdote. 

Maximiliano Fernández Rojas (San Juan del Río, 1995) cuenta que desde el kínder y hasta la secundaria estudió en el colegio La Salle, por lo que siempre estuvo familiarizado con la formación religiosa y el trabajo pastoral. “Me encantaban las misas, las visitas a los asilos y las experiencias religiosas que teníamos”, recuerda, así como recuerda que, al terminar la secundaria, le dijo a su mamá que lo dejara ir al seminario con los Hermanos de La Salle. “Muy sabiamente me dijo que no era el momento y decidió que no”. 

Luego de esta negativa, continuó sus estudios en un bachillerato de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ). Ahí vivió la que describe como “una ruptura de mi fe infantil. Es normal que todos tengamos una fe infantil y luego empecemos con una fe más adulta, más consciente, más crítica”. Aunque siguió participando de un grupo juvenil, el tema vocacional ya no estaba tan encendido y decidió estudiar derecho. Y entonces la maestra Lolita le habló de la beca: de manera paralela hizo trámites en la UAQ y en la Ibero, donde gracias a su trayectoria de impacto social fue seleccionado para obtener la beca de excelencia humana y se mudó a Ciudad de México. “Fue la primera vez que salí de San Juan del Río para vivir en casa de una tía. Nos acomodamos como pudimos y fue una experiencia muy bonita”, comparte. 

Fernández Rojas describe su llegada la Ibero como encontrarse con “un mundo de oportunidades” en el que lo que más le impactó fue el Centro Universitario Ignaciano (CUI). “Vi que había un letrerito de confirmaciones y como yo no estaba confirmado, se me hizo un buen momento. Me acerqué al CUI y me empezó a acompañar Rodrigo Rosales, SJ, que en ese entonces yo no sabía que era jesuita porque lo veía demasiado normal”, dice Maximiliano mientras sonríe. Lo de demasiado normal se explica porque hasta entonces su contacto previo con los religiosos había sido en un contexto en el que “los curas son muy… se nota que son curas: van vestidos como curas, actúan como curas, y acá era un compa demasiado normal, no en el sentido negativo, sino un tipo bastante común y me sentía muy cercano con él” 

Apenas iba avanzando su primer semestre de la carrera y la inquietud de la vida religiosa y sacerdotal se había reavivado en Maximiliano. Entonces Rodrigo Rosales lo pone en contacto con Eugenio Páramo, SJ, a quien recuerda como “una institución en la Provincia [Mexicana de la Compañía de Jesús]”. Él le dijo que todavía era muy joven para ser jesuita, que siguiera estudiando y aprovechando su beca. Pero hacia a finales del ciclo escolar le dio la tarjeta de Hernán Quezada, SJ, quien era el encargado de vocaciones. “‘Escríbele’, me dijo”. Así lo hizo y un día, un 12 de diciembre para ser exacto, Quezada le pidió que lo acompañara a celebrar una misa. Fernández llegó a la comunidad Enrico Martínez y se encontró con un grupo de señores que, dice, bien podían haber sido sus tíos. “Me encontré con una familiaridad que me hizo sentir en casa, me sentí muy bienvenido, muy acogido, con mucha familiaridad”. Después de comer se fue con Quezada a la misa, que celebraron en un motel de La Merced, en plena zona roja de Ciudad de México. “Yo dije: ‘Esta es la iglesia del Jesús con el que me siento identificado, que está en lugares donde otros no quieren o no pueden estar’”. Lo demás, pasó como pasan las cosas que no pueden detenerse: se fue a misiones, hizo Ejercicios Espirituales, renunció a la beca, dejó la carrera de Derecho y entró al Prenoviciado de la Compañía de Jesús. “Fue muy rápido”, comparte Maximiliano. 

Estuvo seis meses en la parroquia de San José y Nuestra Señora de los Remedios, en Plátano y Cacao, Tabasco, “donde conocí a un Dios que me enseñó a llorar las tristezas de la gente, pero también a bailar sus alegrías”. Después, hizo el Noviciado en Ciudad Guzmán y estudió Filosofía y Ciencias Sociales en el ITESO. “Mi paso por el ITESO fue una cosa espectacular. Me gustaban más las ciencias sociales, el tema económico con Ignacio Román, las conferencias con Rossana Reguillo”. A la par de los estudios, realizó el servicio pastoral en Los Cajetes, donde, cuenta, “aprendí a trabajar en una parroquia que era diocesana, donde pude construir, reconocer y saber que el proyecto de Jesús es para toda la humanidad, es algo universal”. También trabajó en la Iniciativa Kino para la Frontera y en San Francisco Bojay, Hidalgo, experiencias que le permitieron tener contacto con las personas en situación de movilidad humana. Su camino formativo también lo llevo al Servicio Jesuita al Migrante, donde era el responsable del programa de búsqueda de personas migrantes desaparecidas, y también formó parte del equipo que abrió las oficinas en Ciudad Juárez junto con el Servicio Jesuita a Refugiados. Luego, el camino lo llevó a frontera Comalapa, en el sureste. “Esos dos años Dios fue trabajando mi sensibilidad a partir del contacto y de hacerme amigo de migrantes, familiares de los desaparecidos, pero no solamente como funcionario”. Finalmente, en los años previos a su ordenación, fue enviado al Servicio Jesuita a Refugiados, en Colombia, desde donde también pudo trabajar en Venezuela. Desde ahora y después de la ordenación trabaja junto con Magali Olivo en el área de Formación Ignaciana del Instituto de Ciencias.  

De cara a la ordenación sacerdotal, Maximiliano Fernández dice sentirse “sostenido por los amigos, por la familia y sostenido y acompañado por el Señor, que ha sido quien me ha invitado a participar de este proyecto”. En ese sentido, añade, todas las experiencias que ha vivido han sido “una invitación de Dios para ser cura. Me gusta mucho el término cura para referirse al sacerdote. En un mundo lleno de enfermedades, me siento invitado a ser cura, porque cura también es cuidado, es el que cuida, el que acompaña. Y así como yo me siento sostenido, también me siento invitado a sostener” 

Para concluir la charla, Maximiliano Fernández toma su teléfono y busca un poema de Antonio Calle, SJ, que, dice, lo ha impactado recientemente. Lee: “‘Yo no tengo más oficio/ que remendar corazones/ cerrar la sangrienta herida/ que está emanando dolor/ aunque la mía entre tanto, / mientras curo las ajenas/ se vaya abriendo a jirones/ como el botón de la flor’. Todo el poema es bellísimo, pero la primera frase… siento que esa es la invitación que me hace el Señor”, concluye. 

“Jesús se muestra a través de rostros concretos”: Manuel Roa Sánchez 

Hay un dicho popular según el cual la palabra convence, pero el ejemplo arrastra. Manuel Roa, SJ, es un vivo ejemplo de ello. Cuando hace el ejercicio de buscar el origen de su vocación por el sacerdocio, no lo duda: “Yo creo que el testimonio de las personas ha sido algo muy importante para mí”. Y entre esas personas que ha conocido a lo largo de su camino vocacional, destaca una presencia: “Un testimonio importante es mi abuelita. Su casa está cerca de la frontera con Estados Unidos y desde niño yo veía cómo llegaban personas migrantes y ella por iniciativa propia les ofrecía de comer, les ofrecía agua, les invitaba a pasar a su casa. Cuando vuelvo a esa escena veo que ya me estaba preparando, que mi abuela me estaba mostrando la generosidad para con la gente más necesitada”. El camino que comenzó en la casa de su abuelita está a punto de llegar a una nueva estación: el 11 julio será ordenado sacerdote. 

“Estoy, primero, agradecido por todo lo que he estado viviendo, por la cercanía de tantas personas y de Dios. Estoy muy contento por lo que se viene, muy emocionado y con ganas de compartir con otra gente todo lo que he estado aprendiendo”, dice Manuel Roa Sánchez (Mexicali, 1990), quien recuerda que “para nosotros los jesuitas la ordenación sacerdotal no es la etapa final, sino una parte de un camino. Entonces, también me siento emocionado de que seguiré aprendiendo muchas cosas. La gente es la que me va a ir enseñando a ser sacerdote”. A Manuel le gusta la metáfora del camino para describir la forma en que ha vivido su formación como religioso. “Me gusta la imagen del camino porque me ayuda a ser consciente de que Dios me ha ido conduciendo, me ha ideo acompañando en esta historia y en diversos momentos y etapas de mi vida” 

Roa Sánchez reconoce que, si bien creció en una familia religiosa, durante su juventud temprana no era practicante. “Yo era creyente, pero no era cercano a la iglesia, no me atraía mucho ni era de ir a misa y eso”. En realidad, cuenta, él tenía inquietud por estudiar medicina. Pero, se sabe, los caminos del Señor son misteriosos: quien era su novia en ese entonces sí era entusiasta de los grupos juveniles de la parroquia y, además, tenía un hermano que era seminarista diocesano. Mientras se preparaba para comenzar la universidad, fue invitado a unas brigadas de salud en la periferia de Mexicali. “Esa experiencia es clave en mi vida vocacional, porque sin conocer el discernimiento todavía, fui consciente de muchas cosas que experimenté: sentí asombro al ver las condiciones en que vivían muchas personas; sentí tristeza, al conocer a personas que habían perdido familiares; también sentí alegría, pues me sentía útil, sentía que estaba aportando algo a cada familia que visitaba. Yo regresaba a casa muy movido, muy cansado y muy contento”. 

Esta experiencia se convirtió en terreno fértil para la semilla que llegó en forma del testimonio del hermano seminarista de su entonces novia. “Por primera vez empiezo a preguntarme qué habría motivado a su hermano a optar por una vida así, totalmente distinta a lo que la cultura propone, y empiezo a preguntarme si estaría dispuesto hacer lo mismo”, comparte Manuel Roa, quien fue más allá de la curiosidad y convenció a sus padres de entrar al seminario diocesano con el pretexto de cursar la licenciatura en filosofía. “Entré, probé y poco a poco me fui dando cuenta de que no me sentía llamado a la vida diocesana, pero seguía sintiendo una inquietud, algo que no sabía qué era”. 

Entonces el internet hizo su magia: al no haber presencia jesuita en Mexicali, pero con un gran legado histórico de la Compañía de Jesús en Baja California, comenzó a indagar sobre los jesuitas desde su computadora. “Me gustaba mucho la imagen del misionero y empecé a tener inquietud por el aporte social de los jesuitas en México. Vibraba con el servicio a los refugiados, a los migrantes, a los indígenas. Fue entonces que me puse en contacto con un jesuita [Salvador Ramírez, SJ] que me supo iluminar, me supo ayudar a ser sincero conmigo mismo y reconocer que no me sentía llamado a la vida diocesana”. Así, terminó los estudios en filosofía y luego hizo los Ejercicios Espirituales, donde pudo descubrir “a un Jesús muy cercano en mi vida, que vibra con el mundo de los pobres, que también es pobre, que se solidariza y que es esperanza”. Y así fue como llegó a la Compañía de Jesús. 

Una vez adentro, siguiendo con su interés por la misión de los jesuitas en Baja California, tuvo interés por trabajar con las comunidades de los pueblos originarios. “Estaba seguro de que me iban a enviar a la sierra Tarahumara”, dice Manuel, quien también tenía deseo de ir al sureste, a Chiapas. Pero lo cierto es que le estaba esperando otro camino. “Me mandaron al Instituto Cultural Tampico”, relata. Ahí recibió tres regalos: la vida comunitaria y con ella la experiencia de vivir en fraternidad; la capacidad de escuchar a los jóvenes del colegio y ganarse su confianza; y el trabajo en un centro de reintegración social para adolescentes. “Estaba con mi corazón en dos mundos: en el colegio y en el centro de reintegración. Se me hizo muy bonita la imagen de alguien que puede estar en dos mundos al mismo tiempo y compartir un poquito de esperanza”. 

Como ya tenía la licenciatura en filosofía, cuando hubo de cursar esa etapa en el ITESO obtuvo una licencia para, en lugar de eso, hacer la Maestría en Filosofía y Ciencias Sociales. Al mismo tiempo, estuvo trabajando en El Refugio, una obra que trabaja con personas en situación de movilidad humana en el cerro del Cuatro. “Era una manera de poner en práctica el testimonio de mi abuelita. Lo que ella hacía de manera tan espontánea, lo estaba yo haciendo de forma más sistematizada, con otros hermanos. Aquí me di cuenta de que para mí es muy importante el encuentro con la gente, porque ellos para mí han sido como una manera en la que Dios me habla, Jesús se muestra a través de rostros concretos”. 

Manuel Roa seguía con la Tarahumara en mente, pero el camino apuntaba hacia otro lado: fue destinado a la misión de Bachajón, primero, y luego La Arena, en Santísima Trinidad, ambas comunidades en Chiapas. La de Bachajón, dice, “fue mi primer encuentro formal con el mundo indígena”. La experiencia de compartir casa con tatik Pablo le permitió conocer una vivencia de la fe y de la religión que no había conocido en la ciudad. “Me pareció increíble la manera de vincular el texto bíblico con los desafíos diarios de la vida en el campo. Eso fue Evangelio puro para mí”. Con ese antecedente, cuando llegó a La Arena reafirmó lo que había aprendido en Bachajón: que en estas comunidades vulnerables hay, al mismo tiempo, una iglesia viva, fuerte y con esperanza. “Hay una presencia misteriosa y oculta de Dios, que sostiene la vida cotidiana y da esperanza”. 

El camino le tenía deparado otro destino: Roma. Luego de experimentar la realidad de la selva Lacandona, se encontró de pronto en el epicentro del catolicismo para hacer los estudios de Teología. “No me imagino haber llegado a Roma sin la experiencia interna de ver cómo el Evangelio es capaz de encarnarse y hacerse presente en la diversidad de otras culturas”, cuenta Manuel, que pudo ver cómo el carisma de la Compañía de Jesús, la espiritualidad ignaciana, “se encarna y se hace presente en diferentes partes del mundo”. 

Ya de regreso a México, Manuel Roa estaba seguro de que, una vez ordenado, sería enviado por fin a la sierra Tarahumara. Pero no: ya sabe que después de la ordenación regresará a La Arena. “Estoy muy contento. Voy a regresar con la gente con la que estuve viviendo dos años, pero ahora como sacerdote”. Para el jesuita, este escenario, el de regresar a Chiapas, no es más que la constatación de que, dice, “Jesús me llama y se me muestra de frente, en rostros concretos, y me emociona saber que se me seguirá presentando en la gente de Chiapas, donde seguiré aprendiendo y me seguirá mostrando caminos inesperados”.