La crisis inmobiliaria en la ciudad se refleja en un paisaje urbano fragmentado. Viviendas deshabitadas y desarrollos cada vez más alejados de los centros de trabajo, así como en proyectos que priorizan la rentabilidad inmediata por encima de la habitabilidad. En este escenario los gobiernos deben corregir los estragos de un modelo urbano que se pensó sin una visión a largo plazo, mientras que los desarrolladores enfrentan el desafío de dejar atrás fórmulas de negocio agotadas y asumir una mayor responsabilidad sobre el impacto territorial y social de sus proyectos.
“Si le preguntáramos a las personas qué las motivó a irse de su vivienda, no te van a decir que fue por el espacio. Lo más probable es que te digan que se alejaron de su trabajo y que ya no les ajusta: o comen, o pagan la casa, o se transportan”, dijo José Alberto Alcántara, coordinador nacional de Reingeniería y Estrategias de Negocio del Infonavit Jalisco, durante el foro Lecciones y estrategias en el desarrollo inmobiliario ante la adversidad: innovación, retos y resiliencia, realizado en el marco del 3er Foro Inmobiliario DIS ITESO. La actividad fue moderada por Rubens Pérez Vázquez, profesor del Departamento del Hábitat y Desarrollo Urbano (DHDU) del ITESO, y contó también con la participación de María Fernanda Orozco, consultora de negocios especializada en desarrollo inmobiliario, y Belém Serrano Ángulo, profesor del DHDU.
Entre las ideas centrales que se expusieron para enfrentar esta crisis destaca la necesidad de replantear los proyectos. “Hay que cambiar nuestro paradigma, es decir, estamos haciendo las cosas de una manera que ya no funciona […] Que esta crisis sirva para plantearnos las cosas de una manera distinta”, apuntó Alcántara. Para los ponentes, muchos de los problemas actuales surgen en etapas tempranas, cuando se toman decisiones sin estudios de mercado profundos ni una lectura clara del entorno urbano. Así como avanzar hacia modelos de densificación, verticalización, aprovechar la infraestructura existente y acercar la vivienda a los centros de empleo. “Algo también ayuda a la prevención de crisis es integrar los equipos correctos multidisciplinarios […] El desarrollo inmobiliario es como una orquesta, […] y los mejores (colaboradores) no son los más caros, son aquellos que tienen la experiencia en proyectos como el mío”, señaló Orozco.
Otro de los cuestionamientos fue el uso de amenidades como supuesto valor agregado. Albercas, parques temáticos o largas listas de espacios comunes no garantizan calidad de vida ni sostenibilidad. Por el contrario, pueden convertirse en cargas económicas y sociales a mediano plazo. “Escuché hace tiempo que cinco era la clave y ahorita hay hasta veinticinco amenidades”, apuntó Serrano.
Subrayaron que no es posible transformar este modelo sin una colaboración estrecha entre desarrolladores y autoridades. Si bien reconocieron esfuerzos gubernamentales como los programas de vivienda social, advirtieron que estas medidas son insuficientes si no se acompañan de una planeación integral y de una participación ciudadana más activa. Además, señalaron la urgencia de fortalecer el marco normativo del régimen condominal y de asumir responsabilidades compartidas en el mantenimiento y la gestión de los espacios habitados.
Concluyeron que los proyectos inmobiliarios deben pensarse para sostenerse en el tiempo. Esto implica escuchar a las personas que los habitarán, comprender sus necesidades y promover entornos que favorezcan la vida comunitaria. “Yo quisiera que los nuevos desarrolladores tuvieran en mente que, más que estar haciendo una casa, están creando una comunidad, están haciendo una ciudad. Están generando un vínculo social que va a permitir que la gente busque o aprecie dónde compró su casa. Si ustedes rompen o el esquema se rompe en esa parte del convivio […] tengan por seguro que el proyecto […] después va a ser un fracaso”, mencionó Alcántara.
FOTO: Zyan André
