Aunque algunas personas llegaron por casualidad, por curiosidad o en busca de sentido, hay un punto en el que las experiencias convergen: el paso por la maestría representó un antes y un después en su trayectoria. “Me cambió la vida”, comparte Javier de la Torre, egresado y presidente de la Asociación de Egresados del programa.
El encuentro con el Desarrollo Humano
José Gómez del Campo cursaba el último año de Psicología en la Universidad Iberoamericana, campus Santa Fe, cuando su profesor Juan Lafarga regresó de Chicago transformado. No sólo su enfoque teórico era distinto al volver, también su forma de estar frente al grupo. Desde la primera clase los sentó en círculo y les pidió que le hablaran de “tú”. “Eso nunca había sucedido en otras clases […] Era otra manera totalmente diferente de relacionarnos, con interés, de parte del profesor, en lo que pensábamos nosotros”.
En Estados Unidos, Lafarga había entrado en contacto con la psicología humanista, particularmente con la obra de Carl Rogers y Abraham Maslow, autores que proponían una perspectiva más “esperanzadora” sobre la naturaleza humana. Se trataba de una visión que ponía en el centro el potencial, el crecimiento y la experiencia subjetiva de las personas.
“Rogers fue un psicoanalista que se dio cuenta de que lo que verdaderamente sana en el proceso terapéutico es la relación que establezco yo con el consultante, […] y que esto se puede llevar a los ambientes de trabajo, a la vida cotidiana. Se puede llevar al mundo”. En aquellos años, la formación en psicología estaba marcada por un enfoque clínico. “Era una formación con un enfoque desde la patología. A todo mundo le veíamos cara de pacientes, incluso a nosotros mismos”, recuerda Gómez. El descubrimiento del humanismo transformó su manera de comprender la psicología y lo impulsó a generar espacios de formación alternativos. Sin saberlo, ese camino lo llevaría a convertirse en uno de los fundadores de la Maestría en Desarrollo Humano, el primer posgrado del iteso. Llegó a la institución en 1970. “Se suponía que iba prestado de la Ibero para algunos talleres y terminé quedándome 14 años”, dice sonriente.
Antes de que existiera formalmente la maestría, los cursos de orientación y acompañamiento ya despertaban un interés relevante. “Ofrecían la oportunidad de darles a las personas que ya acompañaban procesos de crecimiento, más elementos para poder hacerlo y con mejores herramientas”, explica. Con el apoyo de Juan Lafarga, Alberto Segrera (pioneros de la psicología humanista en México) y Xavier Scheifler, sj, entonces rector del iteso, se estructuró el plan de estudios. En abril de 1976 comenzó oficialmente la maestría.
Desde su origen, Gómez asumió un papel que él mismo describe como el de “persona de enlace”. Su tarea no se limitó a la docencia, sino a articular redes, invitar a profesores, conectar experiencias y dar visibilidad al enfoque humanista de la psicología. Uno de los rasgos más innovadores de la maestría fue su carácter interdisciplinario. No sólo estaba abierta a profesionales de distintas áreas, en un inicio, ni siquiera se requería contar con una licenciatura. Gómez asegura que “fue el primer programa interdisciplinario que existió en México”. Tenían la convicción de que el desarrollo humano debía estar al alcance de todas las personas que acompañan a otras en su vida cotidiana.
La buena escucha
A sus aulas llegaron docentes, religiosas, maestros, médicos, padres y madres de familia, profesionistas de distintos campos que buscaban herramientas para acompañar sin imponer. Para algunos de los asistentes, la titulación no era lo más importante: lo central era la disposición a trabajar en el propio proceso y comprender mejor a los demás. “Empatía, aceptación incondicional y congruencia son la base de una buena escucha”, añade María Arredondo, quien cursó la maestría entre 1984 y 1986. Actualmente se dedica al desarrollo humano sistémico.
La respuesta fue tal que los egresados comenzaron a replicar talleres y programas en ciudades como Tijuana, Chihuahua, Mazatlán, Puebla y Ciudad de México. El enlace también fue internacional. Gómez recuerda su papel en la invitación de Rogers a México en 1983 y la realización de encuentros en los que participaron académicos y estudiantes de distintas instituciones. “Fue una experiencia de vivir una comunidad con el enfoque centrado en la persona”, dice.
En sus primeros años, la maestría funcionó como un espacio seguro para compartir experiencias, sanar heridas y comprenderse a sí mismos. Fue construida, en buena medida, por su propia comunidad, porque entendían que para acompañar a otros era necesario mirarse primero. Con el paso del tiempo, el trabajo personal comenzó a traducirse en iniciativas de mayor impacto social, hasta consolidarse como uno de sus principales enfoques.
Los talleres y los intensivos
El aprendizaje no ocurría únicamente en el aula ni se quedaba en la reflexión individual. El encuentro era parte fundamental del proceso formativo. Por ello, muchas de las experiencias más significativas del programa se gestaron fuera del salón de clases, en espacios compartidos y en dinámicas grupales. El trabajo personal cobraba sentido cuando podía ponerse en relación, contrastarse, compartirse. De esta convergencia surgirían algunas de las prácticas más distintivas del programa.
Los “intensivos” eran encuentros que marcaron a generaciones enteras. Durante los fines de semana, los estudiantes se alejaban de la rutina universitaria para acercarse a espacios que concentraban largas jornadas de trabajo personal, escucha, diálogo teórico y convivencia. Había momentos de celebración y esparcimiento, pero también otros de confrontación, escucha y reflexión. “Claro que había fiesta”, rememora Martha Leticia Carretero, quien cursó la maestría a finales de la década de los ochenta, “pero también había muchísimo trabajo personal importante”, dice Marlé, quien hoy se desempeña como profesora del Departamento de Psicología Educación y Salud del iteso (dpes).
A la par, se generaron proyectos de incidencia que buscaban responder a necesidades de la realidad social de aquel entonces. Uno de los más emblemáticos fue el Programa de Formación en Ciencias Humanas dirigido a todas las mujeres dentro y fuera de la comunidad universitaria. Esta iniciativa logró abrir posibilidades para muchas participantes, como retomar estudios, replantear su vida profesional y reconocer su propia voz. “Lo más importante era cuando una mujer descubría algo de sí misma. Muchas tenían dificultades en sus hogares”, dice Ann Lovering, quien impartía los talleres y egresó en 1983. El programa es uno de los primeros antecedentes de lo que más tarde serían los estudios de género en el iteso. Fue fundado por Ana Elda Goldman, egresada de la primera generación de la maestría, e impulsado por Rosa Larios, académica y figura clave en la consolidación de la maestría.
Por otro lado, Arredondo recuerda el Proyecto Unidad, una iniciativa surgida desde la comunidad de egresados que buscaba generar espacios de encuentro y acompañamiento en distintos contextos de la ciudad. En años más recientes, ese mismo impulso se expresó en Caminando Juntos, una experiencia fundamental de acompañamiento durante la pandemia y que sigue vigente. “Además, ahora atendemos a alrededor de 120 profesoras de preescolar del dif con círculos de escucha para atender su burnout”, añade Laura García, la coordinadora actual de la maestría.
En la maestría también se llevan a cabo procesos de apoyo emocional dirigidos a familiares de personas desaparecidas, que retoman un principio fundamental del desarrollo humano: quienes cuidan y acompañan también necesitan ser acompañados.
La maestría narrada por sus egresados
“La maestría en desarrollo humano te invita a ser mejor persona con todo lo que esto conlleva”, dice Arredondo.
Para Elvira Orozco, coordinadora de la Licenciatura en Psicología y egresada reciente de la maestría, el desarrollo humano tiene que ver con “aprender a mirarte para poder mirar a los otros”. Desde su experiencia, se trata de modificar la forma en que una persona se relaciona consigo misma y con quienes la rodean.
Para Javier de la Torre implica reconocer que toda interacción está atravesada por una historia, una intención y una posibilidad de transformación. Ese enfoque le permitió comprender mejor, no sólo a sus estudiantes y clientes, sino también su propia historia familiar. Su padre, integrante de las primeras generaciones de la maestría, marcó su forma de acompañar desde la confianza: “Nos dio la libertad de explorar la vida como quisiéramos. Y entonces, por otro lado, totalmente distinto y ajeno, llegué al desarrollo humano” comparte.
Desde otra generación, Ann Lovering señala que su paso por la maestría reforzó su confianza en sus conocimientos y capacidades. También comprendió el valor de la empatía y la alegría en los procesos formativos. Los describe como años atravesados por el entusiasmo en los que construyó la certeza de que “podía hacer cosas”. Incluso hoy ese aprendizaje la ha acompañado para transitar una nueva etapa, la jubilación.
El egresado David Sainz, quien se desempeña en recursos humanos desde hace 20 años, lo describe como un espejo donde es posible verse con mayor claridad, sin idealizaciones, asumir la propia historia y reconocer los límites desde los que se acompaña. Un proceso que obliga a detenerse y a comprender que no hay acompañamiento posible sin un trabajo individual previo.
Desde la coordinación actual del programa, Laura García retoma muchas de estas ideas y las articula con el presente. Señala que la maestría enseña a formular buenas preguntas, a sostener la incertidumbre y a comprender la complejidad de las personas y de los contextos en los que viven. “Me sentía en un lugar tan seguro, tan cuidado, tan respetuoso”, una experiencia que, a su juicio, continúa siendo el núcleo del programa.
Comprender las relaciones y desarrollar la empatía no son cosas sencillas. Quienes ingresan a la maestría tienen una formación rigurosa que articula saberes de las ciencias sociales, la psicología, la filosofía e incluso la espiritualidad, y que exige una revisión profunda de la propia manera de estar en el mundo.
Desde el ámbito organizacional, David Sainz pone sobre la mesa esa complejidad. Para él, el desarrollo humano no simplifica la realidad, sino que la vuelve más nítida. En las organizaciones conviven historias personales, estructuras jerárquicas, intereses económicos y presiones constantes. No hay nada más humano que eso. El enfoque, lejos de eliminar el conflicto, obliga a mirarlo de frente y a reconocerlo en toda su densidad.
En su experiencia, el desarrollo humano no ofrece respuestas rápidas ni fórmulas cerradas. Implica reconocer límites, emociones (que a veces pueden ser incómodas) y contradicciones propias y ajenas. El reto está en aprender a habitar la realidad con conciencia y responsabilidad.
Una comunidad que se reencuentra
Una de las características de la maestría es el vínculo que mantiene con sus egresadas y egresados. Muchos de quienes pasaron por sus aulas continúan ligados al iteso como docentes, facilitadores o académicos.
Javier de la Torre se dio cuenta de ello cuando aún era estudiante. Durante los intensivos (antes de que fueran eliminados del plan de estudios) se integraban personas que habían egresado muchos años atrás. Para él, verlas regresar con entusiasmo e incluso con cierta añoranza le permitió dimensionar la singularidad de esos espacios. También le hizo pensar que, en algún momento, esos encuentros podrían desaparecer y lo impulsó a buscar formas de darles continuidad desde la Asociación de Egresados, de la cual hoy es presidente.
Los talleres que actualmente se organizan desde ahí abordan temas diversos: reconocimiento de las emociones, vínculos, relaciones, vida digital, trabajo y crianza, entre otros. Las temáticas son pensadas desde la idea de que “el desarrollo humano te acompaña en todos los momentos de tu vida, no sólo cuando algo va mal”, explica De la Torre.
Uno de los proyectos que surgieron en ese contexto es Canoa, un espacio de reflexión sobre masculinidades que inició en 2020 y que se ha sostenido a través de círculos mensuales, talleres y retiros. “Era evidente la soledad en la que muchos hombres vivimos […] no hablamos tanto, no compartimos, nos aguantamos muchas cosas”. En este contexto, Canoa se convirtió en un lugar donde es posible nombrar la vulnerabilidad y acompañarla de manera colectiva.
El futuro del desarrollo humano
Estos 50 años son una pausa para reflexionar acerca de la urgencia de seguir impulsando lo humano frente a un contexto en el que las sociedades se fragmentan y los discursos de violencia son pronunciados por aquellos que gobiernan. Laura García imagina qué será de la maestría en las siguientes décadas. Piensa que habrá personas “comprometidas consigo mismas y con los demás”, capaces de responder de manera creativa y sensible a las necesidades de sus contextos. También “centros de desarrollo humano, asociaciones fuertes”, articuladas desde una mirada interdisciplinaria y con vocación de servicio.
