DERECHOS HUMANOS / SOCIEDAD

“A ustedes no les importa si soy un asesino o un ladrón, siempre me dieron pan y agua… Cuánto les agradezco”

Las Patronas es un grupo de mujeres que lleva 18 años alimentando a los miles de migrantes que pasan en el tren por su poblado veracruzano, La Patrona. Norma Romero, una de las fundadoras, dialogó en el ITESO con alumnos y académicos sobre esta loable (y peligrosa) labor.

La Patrona, un poblado de Amatlán de los Reyes, al sur de Veracruz, es un punto perdido entre los 8 mil kilómetros que recorre el tren llamado “La bestia”, que atraviesa el país entero, surgiendo desde las selvas centroamericanas hasta llegar a las desérticas tierras que forman el paisaje fronterizo entre México y Estados Unidos.

Norma Romero

Norma Romero, integrante de Las Patronas, dialogó con los universitarios que abarrotaron el Auditorio A del ITESO

Pero un punto en el mapa para unos, es una mano extendida para otros. Miles de migrantes centroamericanos que han pasado por ahí, han recibido de la mano de Las Patronas bolsas con comida y agua. A veces, el tren pasa tan rápido que tienen que aventarlas, pero hay días en que pasa tan lento que ellas alcanzan a mirarlos a los ojos y escuchar cuando les agradecen.

Norma Romero, miembro de este grupo de mujeres que en noviembre de 2013 recibió el Premio Nacional de Derechos Humanos, estuvo en el ITESO para charlar con estudiantes y académicos, la mañana del miércoles 22 de enero en el Auditorio A del ITESO, el cual registró un lleno absoluto.

Con varios universitarios haciendo fila para entrar, el acto inició con la proyección del cortometraje El tren de las moscas, un conmovedor y desgarrador relato que contextualizó a los presentes en torno a la titánica labor humanitaria que llevan a cabo Norma y sus compañeras desde hace 18 años.

“Me di cuenta que era tarea de Dios. Dios había elegido a ese pueblo y a esas mujeres”, dijo Norma.

De 26 mujeres que comenzaron, ahora solo quedan 14, porque sus familias desaprobaban lo que hacían; habitantes de poblados aledaños las acusaban de recibir dinero del gobierno o de ser “coyotas” (traficantes de migrantes).

Jamás las amedrentaron estas acusaciones; continuaron pasándoles alimento y bebida a esas hordas de centroamericanos que anhelan una mejor vida en Estados Unidos y en el camino son golpeados, extorsionados, secuestrados, mutilados o asesinados.

Y los migrantes reconocen la labor de Las Patronas, como lo demuestra el fragmento de una carta que uno de ellos les envió, el cual Norma lee, emocionada, en el cortometraje:

“A ustedes no les importa si soy un hipócrita, un asesino o un ladrón, siempre me dieron pan y agua, y no se imaginan cuánto les agradezco a Dios y a ustedes que estuvieran ahí en ese momento, porque solo Dios sabe toda el hambre que tenía…”

httpv://www.youtube.com/watch?v=qQLFJGp9AMo

Ninguna mano, ningún apoyo sobra

El dinero que les llega a Las Patronas es poco, tanto para su faena como para vivir, pues el café que producen se compra a tres pesos el kilo, y la venta de caña ha caído. Políticos se toman la foto y no entregan víveres, y las donaciones en especie que reciben son difíciles de transportar. Y para colmo, muchos de los que llegan a su albergue son migrantes falsos, maras salvatruchas o halcones con intenciones de intimidarlas. O algo peor.

Ellas siguen en lo suyo. Cada día, las 14 mujeres —y dos hombres que apenas se animaron a participar— cocinan arroz, pasta, frijoles, verduras… Lo que hayan conseguido de donaciones o de sus bolsillos. Lavan botes de plástico que encuentran tirados o que guardan durante semanas y los llenan de agua. Luego, se colocan junto a las vías del tren y esperan. Cuando se aproxima, se acomodan en fila y, entre silbidos y bendiciones, pasan los paquetes (un promedio de 200 diarios) a los migrantes con el tren en movimiento.

“Hemos tenido que enamorar al maquinista con un lonchecito para que baje la velocidad”, apuntó Romero, provocando la risa de los asistentes.

La atención mediática que han recibido les ha traído desde pequeños depósitos bancarios, hasta manos voluntarias que trabajan por temporadas, además de vender salsas o playeras (lo hicieron en el ITESO) para recaudar fondos e intentar ser autosuficientes.

“Tengo fe en que las cosas pueden cambiar, porque Dios es grande, pero también tengo confianza en los jóvenes”, afirmó Norma. “Que digan ‘yo propongo’, ‘yo hago’; esa es la esperanza de toda la gente campesina e indígena”. Para más información sobre cómo apoyar su causa, síguelas en Twitter como @LasPatronas_dh o escríbeles a lapatrona.laesperanza@gmail.com.

El ITESO, universidad jesuita, también colabora en la campaña que lanzó el Servicio Jesuita a Migrantes, “que busca disminuir la vulnerabilidad de los migrantes”, la cual puedes conocer a detalle en su sitio de Facebook.  Texto Adriana López-Acosta Fotos Luis Ponciano/Archivo

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