La Unión Internacional de Química Pura y Aplicada reconoció las contribuciones en enseñanza de Jorge Ibáñez Cornejo, egresado del ITESO e investigador emérito de la Ibero Ciudad de México
“La química ha sido mi vida. Me siento agradecido, bendecido y creo que este reconocimiento no es nada más para mí, sino para todos los que me han promovido en este trabajo, empezando por el ITESO”, dice Ibáñez, que se convirtió en el primer mexicano en recibir este premio durante la 28a. Conferencia Internacional de Educación Química en Erzurum, Turquía.
La fascinación por la ciencia
En los 80, luego de sus estudios de doctorado y postdoctorado en la Universidades de Houston y la Universidad de Texas en Austin, Jorge Ibáñez se integró a la Ibero Ciudad de México hasta su jubilación en 2023. Ahí fue profesor titular, coordinador de investigación, director del Departamento de Ingeniería Química, Industrial y de Alimentos y se convirtió en el primer Investigador Nacional Emérito del Sistema Universitario Jesuita (SUJ).
Pero su amor por la ciencia surgió muchos años atrás, con el azul brillante y cristalino del sulfato de cobre que contenía el Juego de Química Mi Alegría que sus papás le regalaron a los 10 años. Luego, la curiosidad de los primeros experimentos se transformó en método, observación y una mentalidad analítica que dirigió su camino profesional.
Transmitir su pasión le era sencillo y lo hacía desde el cariño. “En el aula, yo no veo frente a mí una serie de computadoras a las que hay que alimentar de conocimiento, veo personas con las que hay que caminar en su formación”, asegura. Ese acompañamiento está guiado por los valores jesuitas que él mismo recibió desde que estuvo en el Instituto de Ciencias, en el prenoviciado jesuita y luego en la universidad.
Producción académica para la educación
En palabras de Marietjie Potgieter, exDirectora del Comité de Enseñanza de la Química de la IUPAC, Ibáñez fue reconocido por sus “contribuciones excepcionales y sostenidas a la enseñanza de la química, no solo en México y América Latina, sino en la comunidad internacional en general, a través de su trabajo pionero en la enseñanza de la química en microescala, electroquímica ambiental, y en química verde”.
Estas áreas de especialidad surgieron de la preocupación del académico por cuidar el medio ambiente. Al examinar su campo laboral, concluyó que lo mejor que podía hacer era desarrollar métodos para experimentar en pequeña escala. El impacto es evidente en los laboratorios escolares, pues ahí el aprendizaje es igual de valioso si los estudiantes producen medio kilo o cinco miligramos de sustancias que consumen recursos del planeta y, al terminar las prácticas de laboratorio, se vuelven desechos contaminantes.
Su misión formativa lo llevó a fundar el Centro Mexicano de Química Verde y Microescala en la Ibero, que desde 1990 ha servido como plataforma de difusión para impartir talleres y seminarios en más de dos mil instituciones de 52 países del mundo. Con la misma intención, Ibañez coescribió el libro Environmental Electrochemistry. Fundamentals and Applications in Pollution Abatement, donde propone técnicas electroquímicas para el tratamiento de contaminantes; y Experiencia, Tacto y Contacto. Química Experimental para Personas con Discapacidad Visual, un volumen en braille dirigido a personas con discapacidad visual.
“Tocamos la realidad de personas en situaciones vulnerables y pudimos llevarles talleres al utilizar dispositivos y sustancias de fácil acceso. […] Estas comunidades también tiene derecho y necesidad de acceder a la ciencia, así que hay que pensar en ellos”, asegura Ibáñez.
No es gratuito que su producción académica este íntimamente ligada con el trabajo en los salones de clases, pues tiene muy claro que “la investigación tiene que retroalimentar a la docencia”.
El especialista asegura que, si pudiera dirigir la visibilidad que le ha dado el premio de la IUPAC a un tema, este sería la formación de profesores. Insiste en que su rol es fundamental en la educación, pero en México hay un atraso académico y de motivación provocado por los bajos salarios y los incentivos de investigación escasos.
Desde que Jorge Ibáñez terminó su temporada como profesor titular en la Ibero ha dedicado más tiempo a compartir reflexiones sobre el diálogo entre la ciencia y la fe. A él, el complemento de ambos temas le ha ayudado a entender mejor el pensamiento de Dios en la ciencia. “En mi vida, he llegado a la conclusión de que, para entender algo, necesitas verlo desde muchas perspectivas. Si yo quiero entender el fenómeno humano, no puedo usar nada más la química”, dice. En ese terreno, su compromiso con la formación continua y hace evidente el motivo por el que la IUPAC le concedió su mayor reconocimiento.
FOTOS: Cortesía de Jorge Ibáñez
