OPINIÓN

Cristóbal Colón y su viaje de descubrimiento: mitos, historia e imágenes

Generalmente, al descubridor de América se le pinta de dos maneras: como un marino audaz o como un mentiroso e ignorante que llegó por suerte a tierras desconocidas por el Viejo Mundo. ¿Cuál de las dos es correcta?
Por Javier Zapata Romano
 Profesor del Departamento de Matemáticas y Física ITESO

Las figuras construidas por literatos e historiadores – y por el mismo Colón – a través del tiempo hacen que el personaje tenga muchas aristas y que la valoración de sus hechos y sus logros se torne muy controversial y subjetiva.

De manera muy general se pueden trazar dos imágenes u opiniones – con todos los matices posibles – respecto a Cristóbal Colón. Por un lado se le ha pintado como un marino audaz, que defendió sus ideales y sus creencias frente a las más poderosas instituciones europeas, logrando al final demostrar que su teoría era cierta.  Por el otro lado se tiene la opinión que Cristóbal Colón era un marino que no sabía de lo que hablaba, que mintió validando su proyecto, simplemente por un deseo pueril y visceral de llevar a cabo un ideal sin pies ni cabeza, y lo más importante de todo, que llegó a América por accidente.

 

Obra: “Cristóbal Colón (1519)” de Sebastiano del Piombo (Venecia, Italia 1485 – 1547)

Sobre la primera imagen, su autoría pertenece en muy buena medida a Washington Irving (Nueva York, Estados Unidos 1783 – 1859).

El 30 de enero de 1826 Washington Irvin, que en ese entonces residía en París, recibió una carta del embajador estadounidense en España, Alexander Hill Everett (Boston, Estados Unidos 1792 – 1847), invitándole a Madrid para trabajar en la traducción de los textos de Martín Fernández de Navarrete (La Rioja, España 1765 – 1844) sobre el descubrimiento de América.  Washington Irving, que en esos momentos analizaba la realización de algunos trabajos sobre Miguel de Cervantes (Alcalá de Henares, España 1547 – 1616) o Lord Byron (Londres, Inglaterra 1788 – 1824), inmediatamente se trasladó a Madrid y empezó a traducir los textos de Navarrete. Como estos eran de un carácter científico, decidió abandonar el proyecto original de la traducción y realizar una narración novelada de los hechos históricos. El resultado: A History of the Life and Voyages of Christopher Columbus (La Historia de la Vida y Viajes de Cristóbal Colón). Esta obra literaria mostró la gran capacidad narrativa e imaginación del autor y donde mezcló los hechos históricos con la fantasía y la novela. Desde su primera edición la obra tuvo un gran éxito tal que desde 1828, año de su primera publicación, hasta 1900 tuvo 109 reediciones en inglés y 86 traducciones. Una de las grandes virtudes del trabajo de Washington Irving fue su estilo literario y el lenguaje utilizado. Ello permitió a la obra ser leída tanto por el público en general como por especialistas en el tema.

La Historia de la Vida y Viajes de Cristóbal Colón fue la llave que abrió a Washington Irving varias academias nacionales de historia, como la española donde su presidente Diego Clemencín y Viñas (Murcia, España 1765 – 1834), pidió se le recibiera en calidad de miembro destacado. Lo anterior y la rápida divulgación de la obra en Europa y América – el libro se usó, por sus características, como texto para la enseñanza del inglés – hizo que las ideas planteadas se tomaran como la historia verdadera, enraizándose en el pensamiento popular. Esto generó una idea errónea de los objetivos y de los planteamientos originales que Cristóbal Colón propuso sobre su viaje.

Obra: “Washington Irving and his Literary Friends at Sunnyside (1864)” de Christian Schussele (Alsacia, Francia 1824 – 1879)

 

Uno de los puntos clave de la obra y que es parte de la ficción creada por Washington Irving es la idea de que Cristóbal Colón defendió ante las cortes y los eruditos europeos el modelo de una Tierra esférica en contra de las supuestas creencias generalizadas de que la Tierra era plana. Que él, Cristóbal Colón, era un marino valeroso capaz de demostrar mediante su viaje la redondez de la Tierra y la inexistencia de precipicios, abismos, monstruos en el océano y cosas por el estilo.

La segunda opinión (la que propone que el marino genovés no tenía ni idea de lo que hacía y que su descubrimiento fue obra de la casualidad) bajo los hechos y algunas evidencias históricas no se sostiene. Es cierto que fue rechazado en tres ocasiones por órganos colegiados de expertos en el tema, pero de una forma u otra también logró convencer – y tuvo que tener razones creíbles y de mucho peso – a personajes clave como los confesores y camareros reales, astrónomos y navegantes ¿ Cómo explicar entonces que fue rechazado por grupos de expertos pero pudo convencer a las autoridades – contadores, tesoreros y a los mismos reyes – personajes en los puestos y con el poder adecuado ? Una posible explicación, un punto medio entre estas dos posturas anteriormente expuestas, puede ser que Cristóbal Colón definitivamente contaba con información privilegiada, tal vez de fuentes poco confiables, que no podía ser compartida o defendida en colegios de expertos, pero si entre y con ciertas cabezas, gente de poder e influyente.

Para poder sustentar esta tesis o hipótesis se vuelve necesario reconstruir las piezas y reencontrarse con las historias, las imágenes y los mitos existentes, los mismos con los que Cristóbal Colón se topó en los días previos a su viaje de descubrimiento; pero sobretodo se tendrá que darle la perspectiva y la dimensión adecuada a los hechos – fortuitos o premeditados – que culminaron en el descubrimiento de América por parte del almirante genovés.

Un primer punto de partida, será aclarar que nunca estuvo a discusión la esfericidad de la Tierra. Pitágoras (Samos, Grecia 569 – 475 a. C.), alrededor del siglo VI a. C. planteó que la Tierra debería de ser curva. Llegó a esta conclusión después de observar la sombra proyectada por la Tierra sobre la Luna durante un eclipse lunar. En el siglo IV a. C. Aristóteles (Estagira, Grecia 384 – 322) llegó a la misma conclusión a través de otro razonamiento: la materia, al caer hasta el centro del universo y acumularse, inevitablemente formaría un cuerpo esférico. En el siglo III a. C., Aristarco de Samos (Samos, Grecia c 310 – 230 a. C.), gracias a otro eclipse lunar, comparó las circunferencias de la Luna y la Tierra obteniendo una aproximación de los tamaños relativos entre una y otra; además, utilizando trigonometría logró calcular la distancia al Sol.

Obra: “Tractaus de Sphaera (1230)” de Johannes de Sacrobosco (Holywood, Yorkshire, Inglaterra c 1195 – 1256)

 

Casi al mismo tiempo, Eratóstenes (Cirene, Libia 276 – 194 a. C.), que estaba a cargo de la biblioteca de Alejandría inmerso entre cientos de miles de pergaminos, encontró uno que describía como, en la ciudad de Siena – actualmente Asuán, al sur de Alejandría – en los días de verano el Sol pasaba justo por el zenit (por encima de la cabeza, de tal forma que los objetos puestos en vertical no proyectaban sombra) y su disco se podía observar dentro de los pozos.

Eratóstenes verificó este hecho en Alejandría y observó que durante los mismos días los objetos siempre proyectaban una sobra de 7 ° respecto a la vertical. Para Eratóstenes el fenómeno no sólo probaba de nuevo la esfericidad de la Tierra. Con ayuda de las matemáticas, la trigonometría y la distancia entre Alejandría y Siena, logró calcular la circunferencia terrestre con un error de menos del 1 % del valor actual.

Estos, como otros descubrimientos y razonamientos, permearon a las civilizaciones posteriores incluyendo el Mundo Árabe y la Europa Medieval y Renacentista, de tal forma que, varios siglos antes de Cristo, cualquier persona medianamente educada no dudaba o ponía en entre dicho la redondez de la Tierra. Por lo tanto es muy importante subrayar que este tema – la redondez de la Tierra – jamás fue objeto de discusión entre Colón y los diferentes órganos colegiados y autoridades porque nunca estuvo en duda.

El segundo punto de partida, fundamental para este desarrollo, será aceptar que la idea de navegar el Atlántico, para alcanzar la Isla de Cipango (actualmente Japón) y los dominios del Gran Kan conocidos como Catay y Mangui (China, Mongolia, etc.), fue tomando forma y sentido en la vida de Cristóbal Colón a lo largo de muchos años. Esta apuesta, este proyecto de búsqueda y trazo de una nueva vía de navegación hacia las Indias, a través del Mare Tenebrarum o Mare Tenebrosum (Mar de las Tinieblas o Mar Tenebroso, como se conocía al Atlántico) requirió, no sólo de cierto perfil e interés por parte del almirante Genovés sino de una serie de coincidencias o golpes de suerte.

Obra: detalle de “Historia Animalium (1551)” de Konrad von Gesner (Zurich, Suiza 1516 – 1565)

La propuesta, más allá de los mitos y fantasías que rodeaban adentrarse en el océano Atlántico, representó una serie de retos técnicos que no eran en absoluto despreciables o sencillos de vencer. Ya desde el siglo XIII había referencias de algunos historiadores y geógrafos árabes como Ibn Muhammad Ibn Khaldun (Túnez, República de Tunecina 1332 – 1406), conocido como Ibn Jaldún o Abenjaldún, donde se mencionaba la imposibilidad de alejarse mucho de las costas africanas debido a que los vientos podrían arrastrar las naves mar adentro y perderlas entre las brumas y las tinieblas. Uno de los primeros intentos exitosos se dio hasta 1434 cuando el navegante portugués Gil Eanes (Lagos, Portugal 1395 – ¿?) navegó mar adentro por un día completo, más allá del Cabo Bojador o Cabo del Miedo, logrando regresar sin problema. Este logro podría parecer menor pero baste mencionar que Enrique el Navegante había perdido entre 1424 y 1433 quince expediciones tratando de pasar dicho cabo. El problema una vez más radicó en que los vientos que soplaban a la altura del Cabo Bojador provienen del noreste lo que impulsaba a las naves hacia el sureste negándoles la posibilidad de regresar. Además a 5 km de las costas africanas, a estas latitudes, la profundidad sigue siendo muy poca, de tan solo 2 metros.

El proyecto de navegar el Atlántico, las circunstancias y los deseos se tejieron en la vida de Cristóbal Colón desde Génova, durante su niñez. Desde entonces mostró interés por las lecturas, aprendió a escribir con una excelente caligrafía y mostró mucha agilidad en el dibujo. Él mismo llegó a contar que a los 14 años dejó el oficio familiar – tejedor de paños de lana – para entrar a la marina mercante; cosa que históricamente ocurrió hasta 1470, a sus 19 años de edad, cuando su familia se trasladó a Savona, Italia, donde su padre Doménico Colombo dejó el oficio de tejedor para instalarse como tabernero vendiendo quesos y vinos. Probablemente fue ahí, mientras ayudaba en la taberna familiar, que Cristóbal Colón tuvo los primeros contactos con marinos y comerciantes que viajaban por las rutas del Mediterráneo y del Atlántico conocido. Desde entonces Cristóbal Colón se la pasó viviendo aventuras como grumete o marinero, participando en expediciones de exploración, enfrentándose y naufragando ante corsarios, enrolado en la marina al servicio de algún reino o como marinero mercante en alguna flota comercial.

Fue precisamente gracias en una de estas aventuras que Cristóbal Colón llegó a Portugal. El 13 de agosto de 1476, a la altura del cabo de San Vicente, el vicealmirante y pirata francés al servicio de Luis XI, Guillaume de Casenove – conocido también como Colombo el Viejo – atacó la flota comercial genovesa de la cual Cristóbal Colón formaba parte. Desesperado por salvar su vida, Colón se tiró al mar y después de nadar 2 leguas logró tocar tierras portuguesas. Desde finales del siglo XIV, bajo el reinado de Enrique el Navegante (Oporto, Portugal 1394 – 1460), Portugal contaba con una tradición de comercio y exploración ultramarinos, sobre todo alrededor de la costa occidental de África. Fue ahí que Cristóbal Colón escuchó por primera vez los relatos y los cuentos sobre la existencia de tierras fantásticas como las Islas de San Brandan o islas Afortunadas – que eran las puertas del Paraíso Terrenal -, la isla de Brasil con su arena de oro, la isla Antilla o de las Siete Ciudades, el continente de la Atlántida – de Platón – etc.

Obra: “Enrique el Navegante” gravado siglo XVII

El mismo Cristóbal Colón en una de las cartas dirigidas a los Reyes Católicos comentó que él había navegado 100 leguas más allá de la isla de Tule – que en aquél entonces, según lo contado por el explorador griego Piteas (Marsella, Italia c300 a. C), era considerada la parte más al norte conocida. Esta isla de Tule, Thula o Tile, se cree pudo haber sido algún punto de Escandinavia, las costas noruegas, las islas Shetland, las Feroe, Islandia o Groenlandia. Piteas mencionó que la Isla de Tule se encontraba a 6 días de navegación al norte de las Islas Británicas y que el Sol, durante el verano, nunca se ponía, lo que hace suponer que la ubicación geográfica de dicha isla se encontraba dentro del Círculo Polar Ártico.

Después de instalado en Lisboa, Cristóbal Colón se dedicó, junto con su hermano Bartolomé, al comercio de libros y a la copia de cartas de marear – o de navegación – negocios que compensó con actividades de marinero. A los pocos años se casó con Felipa Moñiz-Perestrelo (Porto Santo, Portugal 1455 – 1485), hija de Bartolomeu Perestrelo (Portugal c1400 – 1457), uno de los conquistadores de las islas Madera y gobernador perpetuo de la isla de Porto Santo, muerto 20 años atrás. Del estudio de los papeles y cartas náuticas dejados por su suegro nació en Cristóbal Colón el deseo de estudiar cosmografía y de explorar más allá del mundo conocido.

A lo anterior hay que agregar varios hechos históricos y legendarios. Mientras Cristóbal Colón vivía en la casa de su difunto suegro, en la isla de Porto Santo, fue testigo de innumerables objetos que aparecían en las playas de la isla dejados por el mar: maderas y árboles tallados o gravados, objetos vegetales y orgánicos, se dice que incluso cuerpos o restos de seres humanos. Fue también en esta casa donde, según cuentan algunos de los primeros cronistas de las Indias tales como Fray Bartolomé de las Casas (Sevilla, España 1474 – 1566) o Juan López de Velasco (Vinuesa, España 1530 – 1598), conoció Cristóbal Colón a un legendario naufrago. Este era un piloto desconocido, cuyo barco con rumbo a Inglaterra, transportaba desde España mercancías tales como alimentos y vinos; y había sido arrastrado por una tormenta. En este peregrinar de su nave, o de sus restos, este misterioso náufrago fue testigo de islas y territorios paradisíacos y seres de razas completamente desconocidas. Estos parajes, se especula, probablemente serían las Indias. En el viaje de retorno a Europa la tripulación del barco había perecido quedando sólo este hombre misterioso, tal vez de origen portugués, vizcaíno, o por lo que la tradición más se inclina, un piloto andaluz de nombre Alonso Sánchez originario de la ciudad de Huelva.  Supuestamente este personaje le reveló a Cristóbal Colón la ruta de regreso que él había utilizado para regresar a la Península Ibérica. En pocas palabras: según la hipótesis fue gracias a él que Colón conoció el secreto que hizo posible el tornaviaje.

Obra: detalle de “Carta Marina (1539)” de Olaus Magnus (1490-1557).

Alrededor de 1484, ya con bastante material recolectado y estudiado, Cristóbal Colón logró exponer al rey Juan II de Portugal o Juan II de Avis (Lisboa, Portugal 1455 – 1495) sus ideas y proyectos de navegación. El rey sometió estas tesis a la consideración de algunos expertos, entre ellos: su confesor, el obispo de Ceuta, Diogo Ortiz de Villegas Calzadilla (Calzadilla, España c1457 – 1519); el Maestre Rodrigo, el matemático y cartógrafo Martín Behaim (Nuremberg, Alemania 1459 – 1507); el Maestre José Vizinho (Covilha, Portugal); y un judío de nombre Moisés, todos ellos conocedores de astronomía y matemáticas. Este grupo de expertos desecharon el proyecto de manera tajante. Sin embargo, por alguna “extraña razón” el rey Juan II no sólo no cerró las puertas al proyecto colombino y a su autor sino que además manda en secreto una nave siguiendo las indicaciones expuestas por el mismo Cristóbal Colón. La nave – ya sea por miedo o por el mal clima – no llega muy lejos y decide regresar, poniendo fin a las esperanzas que el futuro almirante tenía en el reino de Portugal.

 

Colón sabía lo que tenía, conocía el valor de su propuesta, por eso ahora mandó a insistir a su hermano – con buena cantidad de documentos, avales y opiniones confirmando sus tesis – a Francia e Inglaterra; y él mismo se dirigió a Castilla.

Obra: “Juan II de Portugal” siglo XVIII copia de un retrato del siglo XVI

Las ideas que viajaron con Colón, como gotas cayendo del cielo, poco a poco se sumaron hasta formar inmensos caudales, abriéndose paso entre la gente y entre la corte. Fue en el monasterio de la Rábida donde conoció y compartió sus proyectos con el astrónomo fray Antonio de Marchena “el estrellero” (sXV – sXVI), quedando este plenamente convencido de la viabilidad del viaje. Tanto así que fue Antonio de Marchena quien años más tarde le conseguiría a Colón una entrevista con nada menos que el confesor de la reina, fray Hernando de Talavera (Oropesa, España 1428 – 1507). Éste a su vez, después de conocer las propuestas de Colón, lo presentó a los influyentes hombres de la corte: el cardenal Pedro González de Mendoza (Guadalajara, España 1428 – 1495), el escribano Luis de Santángel (Valencia, España 1435 – 1498), el contador mayor de Castilla Alonso de Quintanilla (Oviedo, España c1420 – 1500). Y estos últimos llevan el proyecto hasta el Consejo Real.

Foto: Monasterio de la Rábida

En enero de 1486 Colón logró presentar ante los reyes católicos su proyecto de viaje. Éstos se mostraron interesados y decidieron someterlo a un consejo de expertos, el cual se reunió hasta finales del mismo año en Salamanca. Ahí Cristóbal Colón, como en Lisboa dos años antes, fue rechazado por los mismos argumentos.

 

Colón argumentaba que la circunferencia ecuatorial era de 30,000 km – 10,000 km menos que la realidad – y defendía su postura basado en datos erróneos de autores como Paolo del Pozzo Toscanelli (Florencia España 1397 – 1482) quien nunca en su vida había salido de su ciudad; y del cartógrafo y geógrafo fenicio Marino de Tiro (Tiro, Líbano 60 – c130 d. C.). Estos dos autores sostenían que el océano tenía una longitud de 160 °. A esta distancia había que restarle los 20 ° que ya estaban explorados entre Europa y las islas Canarias y Azores; y otros 15 ° entre Asia y Japón (Cipango). El resultado era que el océano no explorado debía medir cuando mucho 125 °. Cristóbal Colón, no contento con esto, empezó a jugar con las cifras acomodándolas a su conveniencia. Primero vuelve a restar la distancia entre Europa y las islas Canarias y Azores; aleja Japón (Cipango) de Asia y aumenta la distancia terrestre entre Europa y Asia reduciendo la distancia oceánica a algo entre los 45 a 50 °, poco menos de un séptimo de la circunferencia terrestre. Ahora, para asignar la distancia correspondiente a cada grado, Colón se apoyó en el astrónomo árabe del siglo IX Al-Farghani (Fergana, Uzbekistán 805 – 880), conocido como Alfagrano; y en el geógrafo y teólogo Pierre D’ Ailly (Compiegne, Francia 1351 – 1420) cuya obra, Imago Mundi (1410), acompañó a Colón en su primer viaje a las Américas . De los anteriores personajes tomó las estimaciones de que a un grado le correspondían 56 millas y dos tercios; pero donde volvió a acomodar las cifras a su conveniencia fue que a cada milla le asignó 1,481 metros en lugar de 1,973 metros. Esto hizo que la distancia del océano a recorrer fuera todavía menor.

Está por demás mencionar que su proyecto fue rechazado por la Junta de Salamanca; sin embargo los Reyes Católicos no le comunicaron una respuesta definitiva. Colón no perdió el tiempo y ayudado una vez más por fray Antonio de Marchena se dirigió con el duque de Medinaceli, Don Luis de la Cerda y de la Vega (Sevilla, España c1442 – 1501) quien convencido del proyecto escribió de nuevo a sus Católicas Majestades para que volvieran a atender al futuro almirante genovés.

Foto: Claustros de la Universidad de Salamanca

 

Después de algunas peripecias Colón regresó al monasterio de la Rábida pero ahora fue atendido por fray Juan Pérez (mediados sXV – antes de 1513) el nuevo confesor de la reina. Éste quedó prendido del proyecto y como en casos anteriores le escribió – y luego personalmente se dirigió con Doña Isabel – para convencerla de escuchar las tesis colombinas. La historia se repitió: El proyecto de viaje de Cristóbal Colón logró seducir y enamorar a los individuos pero no a los colegios. La reina remitió el proyecto a una comisión en Santa Fe la cual lo volvió a desestimar rotundamente.

 

Y ahora no fue Colón, sino sus partidarios, entre ellos Luis de Santángel, el tesorero real, quien además de convencer a la reina – a pesar de todas las opiniones negativas de los órganos colegiados – llegó a proponer un método de financiamiento del viaje. El resultado: Cristóbal Colón, después de años de lucha y cabildeos, logró partir del puerto de Palos el 3 de agosto de 1492. Tras una escala de un mes en las islas Canarias, llegó – a lo que él siempre creyó (de manera oficial) hasta su muerte como la India – el 12 de octubre a San Salvador (Guanahani, una isla en las Bahamas).

Obra: “Cristóbal Colón hincado frente de la reina Isabel I” Biblioteca del Congreso

 

A partir de los hechos narrados y de algunos otros posteriores, es muy tentador ir en contra de la versión oficial y sugerir la posibilidad de que Cristóbal Colón murió convencido de haber llegado a un Nuevo Mundo pero que nunca se atrevió a aceptarlo abiertamente por no tener las pruebas y los argumentos de la solidez suficiente. Lo anterior se puede aventurar y de alguna manera sustentar, basado en los siguientes razonamientos:

Primero, Cristóbal Colón tenía un conocimiento amplio de la navegación y de la geografía de su tiempo, producto de años de contacto con marinos, astrónomos y hombres de ciencia; de lectura, caligrafía y análisis de documentos, mapas, cartas de navegación y correspondencia; y de la experiencia acumulada por décadas de navegación. Ello le daba cierta autoridad y capacidad para evaluar lo escuchado, lo dicho por marinos y lo visto por él mismo; lo que le permitía soñar con su proyecto pero siendo autocrítico, juzgando sus alcances y manteniendo los pies en la tierra.

Segundo, en algún momento de su vida, entre tantas historias, leyendas y mitos, no sólo escuchó algo; sino que tuvo evidencia certera, concreta, que le dio la seguridad para proponer un proyecto de navegación de esa envergadura y defenderlo a capa y espada aun en contra de organismos con autoridad y peso en la materia.

Tercero, probablemente se enfrentó al dilema: compartir la información que tenía, corriendo el riesgo de que su proyecto de navegación por el Atlántico fuera realizado por otro y en ello se le fuera la gloria y la riqueza; o sustentar su proyecto, a costa de mentiras, exageraciones y rechazos, pero ser él el descubridor de un Nuevo Mundo.

Cuarto, al tomar la segunda opción, premeditadamente se obligó a alterar los datos y la información oficial en aras de hacer viable su proyecto. Cristóbal Colón debió de estar consciente de los errores y las exageraciones que presentó ante las autoridades académicas; pero era la única forma de obtener el apoyo necesario para su descubrimiento: presentar un proyecto de navegación hacia las Indias que fuera viable y toparse “de manera accidental” con este Nuevo Mundo.

Quinto, Cristóbal Colón cayó en su propia trampa. La versión oficial de que Colón murió creyendo que llegó a las Indias, – si cabe la posibilidad de lo contrario -, se explicaría como una consecuencia de los engaños y del manejo de información que él mismo realizó. Durante sus viajes, observó algunas evidencias que sugerían estaba en un Mundo Nuevo. Como ejemplo, Bartolomé de las Casas cuenta que en su tercer viaje, cuando Colón descubrió la desembocadura del Orinoco en el océano Atlántico el 1 de agosto de 1498, el almirante Genovés señaló que se encontraba en otro mundo, en una tierra enorme[1]. El camino se bifurcó para Colón. Si él proponía abiertamente haber llegado a un Nuevo Mundo, implicaría que toda la argumentación empleada validando su proyecto de viaje a las Indias era falsa, – sobre todo después de que sus tesis, su proyecto de navegación, había quedado aparentemente demostrado – todo se reduciría a un conjunto de mentiras, él a un mentiroso y su descubrimiento a un producto de la casualidad sin mérito alguno. En el extremo opuesto, si Colón callaba sus sospechas o evidencias y mantenía la versión, hasta su muerte, de haber llegado a las Indias, él sería, por lo menos en vida, tomado por un gran navegante lo que le permitiría ganar fama y fortuna manteniendo la posibilidad de ser recordado póstumamente como el descubridor de un Nuevo Mundo.

Sexto, la imagen de Cristóbal Colón, como la de muchos más, se ha construido en gran parte a partir de lo que los literatos han escrito de él: la intención detrás de muchos de estos trabajos estaba lejos de querer escribir un tratado de historia. Las versiones dramáticas, épicas y coloridas presentadas principalmente por Washington Irvin – entre otros – inspiraron a un sin número de escritores y generaron una resonancia, opacidad y confusión sobre la realidad histórica de este personaje. Uno de tantos ejemplos lo encontramos en El Espejo Enterrado de Carlos Fuentes, donde en la introducción Fuentes escribió <<El 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón desembarcó en una pequeña isla del hemisferio occidental. La hazaña del navegante fue un triunfo de la hipótesis sobre los hechos: la evidencia indicaba que la Tierra era plana; la hipótesis, que era redonda. Colón apostó a la hipótesis: puesto que la Tierra es redonda se puede llegar al oriente navegando hacia el occidente. Pero se equivocó en su geografía. Creyó que había llegado a Asia >>. Jamás existió ninguna hipótesis sobre la redondez de la Tierra porque en 1484, cuando Cristóbal Colón empieza a proponer su viaje de descubrimiento, eso estaba más que claro. El primer planteamiento sobre la redondez de la Tierra ya contaba – en tiempos de Colón – con 2000 años de antigüedad; y la evidencia que lo corroboraba – y que además proporcionaba una aproximación bastante buena del tamaño real de la Tierra – se tenía desde hacía más de 1780 años.

La figura de Cristóbal Colón jamás estará exenta de debates y sin duda alguna será extremadamente controvertida. Su persona, la frontera entre la historia y el mito, es imposible delinear claramente y siempre motivará acaloradas discusiones. Una parte de la verdad, cuya totalidad nunca conoceremos, se la llevó y yace con él en su tumba que – irónicamente, como si de una firma o de un distintivo propio del almirante genovés se tratara – hasta de ella misma se tienen dudas.

[1]Vida de Cristóbal Colón por Fray Bartolomé de las Casas.
Referencias y bibliografía
“Historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón” de Washington Irving; Editor D. J. Palacios 1833
“Un Hombre Llamado Cristóbal Colón” de Consuelo Varela
“La tradición de Alonso Sánchez de Huelva, descubridor de tierras incógnitas” de Cesáreo Fernández-Duro
“Alonso Sánchez, descubridor (sin querer) de América” de José Sánchez Hachero.
“Historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón” de Washington Irving, en la traducción de José García Villalta (1833-1834) de Javier Villoria Prieto.
“El Espejo Enterrado” de Carlos Fuentes.
“La Astronomía en el Tiempo de Colón” de Owen Gingerich.
“Mitos y tópicos de la Historia de España y América” de Joseph Pérez
http://elhilodoradodeariadna.blogspot.mx/2011/05/pinzon-mapas-y-roma.html
“Washington Irving en Madrid (1826-28): Cristóbal Colón” de Eric Beerman
“Historia de las Tierras y los Lugares Legendarios” de Umberto Eco.