Todo modo de ponerse en contacto con Dios es un camino legítimo y el camino del cuerpo es un camino privilegiado para, desde lo más humano, conectarnos con lo divino. Practicar yoga puede contribuir a este propósito
Por Resurrección Rodríguez Hernández, académica del Centro Universitario Ignaciano y Gabriela Sánchez López, académica del Departamento de Psicología, Educación y Salud
Estar plenamente integrado significa integrarse totalmente desde el cuerpo hasta el sí mismo, así como vivir en integración con nuestros vecinos y el ambiente que nos rodea.
B.K.S. Iyengar
La ruta ignacianadel ITESO es un espacio para el personal y los egresados que quieren conocer más sobre la espiritualidad ignaciana. Consta de cuatro módulos y en el segundo de ellos se trabaja la dimensión corporal. A partir del encuentro con una profesora practicante de yoga en las sesiones dedicadas a la corporalidad y la espiritualidad, conversamos de manera espontánea sobre la necesidad de escuchar al cuerpo y la posibilidad de beneficiarnos con la práctica del yoga. En el diálogo resultó interesante hacer algunas relaciones entre la manera de concebir el cuerpo en la espiritualidad ignaciana y la práctica del yoga.
En artículos anteriores, hemos hablado sobre cómo algunas alas de la iglesia católica muchas veces han ignorado o denostado al cuerpo. Sin embargo, la relación con el cuerpo es una parte importante de la espiritualidad ignaciana. La metodología del discernimiento nos lleva a conectar con nuestro cuerpo -desde el asombro por la maravilla de su creación- y a conectarnos, desde el cuerpo, con lo divino. Se trata de un ejercicio de exploración y autoconsciencia corporal para que cada persona descubra los caminos que le ayudan más a ponerse en contacto “con el Creador”. Rogelio García Mateo, SJ (2013), nos recuerda que los Ejercicios Espirituales son una alusión directa al cuerpo, una forma de preparar y disponer el alma a través de la acción. No es una metáfora, la espiritualidad “se realiza en la acción: orar es hacer ejercicio”. En el yoga, el cuerpo cumple una función semejante que en la Espiritualidad Ignaciana al utilizar al cuerpo como espacio privilegiado de conexión con lo divino. Los primeros compañeros de Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, aprendieron a compartir la experiencia espiritual en medio de distintas prácticas de oración corporal a las que se adentraron conviviendo con diversas culturas. Ignacio recomienda explorar distintas posturas para orar en los Ejercicios Espirituales.
A continuación, se desarrollan algunas claves para acercarnos a la práctica del yoga despejando falsas creencias sobre ésta. En la universidad, las prácticas y filosofías de otras culturas son una oportunidad para aprender y auto descubrirnos personal y comunitariamente. Es importante conocer antes de juzgar y, por eso, en este artículo ofreceremos algunas claves para entender la práctica del yoga como ejercicio de discernimiento, es decir, como forma de encontrar la voz de lo divino.
En el yoga, el cuerpo cumple una función semejante que en la Espiritualidad Ignaciana al utilizar al cuerpo como espacio privilegiado de conexión con lo divino.
El yoga se originó entre las Culturas del Valle del Indo que se desarrollaron a la vega del rio del mismo nombre. De tradición védica, estas culturas florecieron en el noroeste de la India, entre las fronteras con Afganistán y Pakistán. Es en esa zona donde se tiene el registro arqueológico más antiguo de la práctica de yoga, que se remonta a 2,500 años A.C. (Singleton, 2010). Debido a su origen védico, comparte conceptos con el hinduismo, el budismo y el jainismo. Por eso, a pesar de que aparecen alusiones al yoga en textos sagrados del hinduismo, no se trata de una religión. El yoga es una filosofía que agrupa un conjunto de disciplinas físicas, mentales y espirituales. No obstante, los procesos de occidentalización de la práctica que se intensificaron a inicios del siglo XX, nos habituaron a pensar que el yoga es puramente físico. El yoga orientado al cuerpo recibe el nombre de hatha yoga, una expresión del sánscrito que significa disciplina de fuerza. Esta rama del yoga busca ejercitar la mente y el espíritu a través de la práctica de asanas o posturas corporales. Como cualquier tradición, el yoga ha cambiado y se ha adaptado con el tiempo. Por ejemplo, para el yogacharya B.K.S. Iyengar (1918-2014), el yoga es una práctica fisio-psicológica y fisio-espiritual.
La palabra yoga proviene de la raíz sánscrita “yuj” que significa yunta o yugo. Desde su origen, el yoga alude a una herramienta de trabajo que abre, remueve y prepara la tierra antes de sembrar. En concordancia con la yunta que une los bueyes, el significado más popular que el yoga ha acuñado con los años es “la unión del cuerpo con la mente y de la mente con el alma” (Iyengar, [1971] 2014:19). En ese sentido, el yoga es una forma de preparar al espíritu, así como la yunta prepara la tierra. Como puede verse, tanto en la espiritualidad ignaciana como en la tradición del yoga, la acción purifica. Esto significa que es en la práctica, en el movimiento y el ejercicio donde conectamos con lo trascendente.
Posturas como “el guerrero” o referencias a deidades hindús vinculadas con la guerra y la destrucción, pueden ser recordadas por personas que alguna vez han practicado yoga. La guerra permea míticamente el origen del yoga; por ejemplo, a través de textos como el Mahābhārata, un poema épico que detalla el conflicto entre dos clanes de enemigos. En el yoga, la batalla se libra al interior de nosotros, y se pone de manifiesto en la práctica cuando mente y cuerpo discuten, como dos enemigos, hasta hermanarse en el presente. Esa es la lucha permanente que eventualmente nos trae paz, concebida como la capacidad para acallar las fluctuaciones de la mente (Yoga Chitta Vritti Nirodha).
La guerra también es un escenario que antecede la experiencia ignaciana debido a la actividad caballeresca en la que se educó y en la que participó Ignacio de Loyola en su juventud. Por ello, algunos conceptos bélicos son utilizados en el libro de los Ejercicios Espirituales con fines metodológicos.
La situación en que Ignacio de Loyola descubrió su relación con Dios fue, justamente, una etapa de dificultad corporal causada por una batalla. Una bala de cañón había casi destrozado su pierna. En el soldado que convalece, la lucha trasciende el campo de batalla y se traslada a su interior, donde cuerpo, mente y espíritu se enfrentan. El forzado reposo al que tuvo que someterse le permitió aprender a escuchar sus movimientos internos para renovar la relación consigo mismo, con las y los demás y con Dios.
En el yoga, la batalla se libra al interior de nosotros, y se pone de manifiesto en la práctica cuando mente y cuerpo discuten, como dos enemigos, hasta hermanarse en el presente.
En el marco de la experiencia espiritual de Ignacio fue muy importante aprender a hacer silencio, elemento fundamental de la oración contemplativa que hoy se está rescatando con tanta fuerza en la tradición ignaciana. En este modo de orar, se trata de dejar a un lado el impulso de lucha para entrar en la experiencia de estar en Dios o ser uno con Dios. Definitivamente hay una lucha interior por todo aquello, particularmente en el ámbito de los pensamientos y las emociones, que nos aleja de la conciencia de esta Presencia, con mayúscula por su relación con la divinidad.
Reestablecer los vínculos con nosotros mismos y estar en el presente no es una tarea sencilla. La mente suele adelantarse a todo y, en un estado habitual, el cuerpo cansado la sigue. Quizá por eso la metáfora de la guerra sea coyuntural al yoga. Pero acallar las fluctuaciones de la mente se puede lograr de forma paulatina a través de enfrentar la mente con el cuerpo de manera regular en la práctica de las asanas. No obstante, no hay nada más frustrante para la mayoría de las personas que se aproximan a la práctica del yoga, que llegar a una clase en donde te digan: “respira y deja la mente en blanco para meditar”, como si esto fuera una tarea simple. En realidad, esos momentos requieren trabajo duro. Para sacar a la mente y al cuerpo de sus hábitos más arraigados es necesario moverlos con yunta. Esto significa que, en una práctica responsable de yoga, el trabajo corporal es demandante, pero al mismo tiempo es gentil porque prepara las condiciones para el cultivo del alma. Conectar el cuerpo y la mente con el presente es una lucha épica, pero no debe lastimarnos, ni su esfuerzo desanimarnos. Debemos desarrollar la habilidad para encontrar comodidad en lo incómodo, permanencia en la impermanencia, equilibrio en la soga. Es necesario escuchar hasta dónde podemos avanzar y seguir creciendo, sin atropellar a nuestro cuerpo y sin competir con nosotros mismos o con nuestros colegas en el tapete de al lado. Así como, quizá, debería ser en la vida cotidiana.
Desafortunadamente, el misticismo vende más que el trabajo duro, y es común entrar a clases de yoga donde el incienso hace difícil la respiración y los estereotipos del new age pesan en el ambiente. No podemos negar que el yoga es un mercado millonario, y este mercado ha erigido cuerpos hegemónicos como emblema de juventud y flexibilidad para su marca. Un número significativo de personas no se aproximan a la práctica de yoga porque sienten que sus cuerpos -viejos, pesados o enfermos- no son adecuados, pues se presume que los practicantes de yoga son personas saludables, delgadas y flexibles. Lo cierto es que el yoga tiene un lugar para todos, eso significa que el yoga congrega cuerpos que buscan consuelo y salud a través de la práctica, personas con demonios y luchas internas que se alejan de la caricatura de perpetua armonía. Por lo tanto, el yoga es una práctica de meditación activa que requiere trabajo duro. Se trabaja el cuerpo con disciplina para lograr que la mente deje, aunque sea por un instante, de juzgar y ser reactiva. Se trabaja la acción para plantar la semilla de la no acción y cuidarla. Así, uno de los frutos más preciados del yoga es la capacidad de escuchar a tu cuerpo, de trabajar con él, para arar el interior.
Conectar el cuerpo y la mente con el presente es una lucha épica, pero no debe lastimarnos, ni su esfuerzo desanimarnos. Debemos desarrollar la habilidad para encontrar comodidad en lo incómodo, permanencia en la impermanencia, equilibrio en la soga.
Todo modo de ponerte en contacto con Dios es un camino legítimo; esa es la invitación que San Ignacio hace a las personas en los Ejercicios Espirituales. Es como si de alguna manera dijera: ponte en movimiento, ejercita tu relación con Dios, haz esfuerzo para conocerte y aumenta tu resistencia frente a esos deseos en tu corazón que te alejan de tu proyecto de vida en plenitud. Aprende a tener fuerza para despejarlos y haz crecer todas las potencias de tu ser en beneficio de la comunidad.
El camino del cuerpo es un camino privilegiado para, desde lo más humano, ponernos en conexión con lo más divino. Es la paradoja asombrosa que nos lleva a un camino de conocimiento en el que lo más valioso es la experiencia.
Referencias
García Mateo, R. (2013). Lo corporal en la práctica espiritual de Ignacio de Loyola. Ignaziana. Rivista di ricerca teologica. No.16; Pp. 146-154 Disponible en: https://www.ignaziana.org/16-2013_03.pdf
Iyengar, B.K.S. [1971] (2014). El árbol del yoga. La guía definitiva del yoga para cada día. Barcelona: Kairós. Pp. 238
Singleton, M. (2010). Yoga body. The origins of modern posture practice. Oxford: University Press. Pp. 256
Efectivamente y como dice el texto: «El yoga es una filosofía que agrupa un conjunto de disciplinas físicas, mentales y espirituales. No obstante, los procesos de occidentalización de la práctica que se intensificaron a inicios del siglo XX, nos habituaron a pensar que el yoga es puramente físico»…
En realidad el yoga físico es «únicamente» la puerta para trascender lo físico en busca de la unificación espiritual con Dios. Quien entienda al Yoga sólo como la corporeidad, ha entendido el 20% de lo que el Yoga o «unificación con la Divinidad» significa.