Todas y todos hemos vivido algún duelo por la pérdida de algún familiar o ser querido y, en esos momentos de dolor, confusión, tristeza o enojo es muy valioso el sentirse acompañado, el vivir el duelo en compañía pues, muchas veces, la sola presencia o un gesto silencioso como un abrazo dicen mucho más que las palabras. El estar, simplemente estar, puede ser muy significativo y liberador para el que se duele
Por José Ignacio Maldonado Baeza, SJ, escolar jesuita, Centro Universitario Ignaciano
Les doy un mandamiento nuevo, que se amen unos a otros como yo los he amado: ámense así unos a otros. En eso conocerán todos que son mis discípulos, en el amor que se tengan unos a otros.
Jn. 13, 34-35
El lunes 20 de junio, por la noche recibimos una noticia que conmocionó, no sólo a la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús, sino al mundo entero. Nuestros hermanos Joaquín Mora, SJ, “Morita” y Javier Campos, SJ, “el Gallo” habían sido asesinados en la Parroquia de San Francisco Xavier en Cerocahui, Chihuahua. Dos sacerdotes que dedicaron su vida entera a acompañar al pueblo rarámuri morían como miles en este país a manos del crimen organizado.
Desde el primer momento en que la noticia se fue difundiendo, los jesuitas hemos recibido infinidad de muestras de cariño, apoyo, solidaridad y cercanía. Siguiendo la cita del Evangelio de Juan que sirve de epígrafe a este artículo, hemos experimentado el mandamiento de Jesús en carne propia: nos hemos sentido amados y acompañados como familia y comunidad, cercanos entre hijos de Dios y hermanos de Jesús que somos.
Como familia ignaciana, como Compañía de Jesús “conformada por jesuitas y muchas otras personas con las que colaboramos en la misión de la Iglesia Católica” (Arturo Sosa, SJ), hemos compartido juntos estos momentos de dolor, indignación, tristeza y, al mismo tiempo, de admiración, confirmación y esperanza. Estos días me han hecho sentir parte de un cuerpo que vive junto el duelo. Las Eucaristías celebradas el miércoles 22 y el lunes 27 de junio, con la familia del ITESO, son solo una pequeña muestra de tantas y tantas manifestaciones de unidad, cercanía y amor. Por ello, viene a mi mente el libro de los Hechos de los Apóstoles que narra cómo, en las primeras comunidades cristianas:
Los creyentes estaban todos unidos y poseían todo en común. Vendían bienes y posesiones y las repartían según la necesidad de cada uno. A diario acudían fielmente e íntimamente unidos al templo; en sus casas partían el pan, compartían la comida con alegría y sencillez sincera. Alababan a Dios y todo el mundo los estimaba. El Señor iba incorporando a la comunidad a cuantos se iban salvando. (Hch. 2, 44-47)
Todos hemos vivido algún duelo por la pérdida de algún familiar o ser querido. Creo que muchos coincidirán en que en esos momentos de dolor, confusión, tristeza o enojo es muy valioso el sentirse acompañado, el vivir el duelo en compañía. En lo personal, siempre me ha costado trabajo encontrar palabras para dar el pésame a alguien cercano. Pero creo que eso es revelador pues, muchas veces, la sola presencia o un gesto silencioso como un abrazo dicen mucho más que las palabras. El estar, simplemente estar, puede ser muy significativo y liberador para el que se duele.
En 2013 Andrés Muñoz Ibarra, Coordinador de Formación Ignaciana de Preescolar del Instituto de Ciencias y egresado de Comercio y Negocios Globales por el ITESO vivió el duelo por la pérdida de su padre y encontró en la comunidad del Instituto de Ciencias ese apoyo y cercanía. Hoy, tras el asesinato de Javier y Joaquín, recuerda cómo vivió ese proceso y, a nombre de la comunidad de dicho colegio, muestra su cercanía con los que lamentamos el asesinato de nuestros hermanos. A continuación, su testimonio:
Ahora nos toca acompañar
Cuando fui alumno del Instituto de Ciencias, mi vida cambió por completo. Entré a un lugar que me entregó todo lo que siempre quise en una escuela: amigos, deporte, buenos maestros, retos y nuevos aprendizajes. Tanto así, que creo que Dios me llevó a esa institución para hacerme de diversas herramientas y prepararme para lo que venía: la vida en sí misma. El 1 de septiembre de 2013 me fui a dormir como cualquier domingo, pero con mucha emoción pues estaba entrando en una etapa increíble de este colegio: ser de sexto de preparatoria; ¡y vaya que eso de ser de sexto de preparatoria era algo grande!
Pero la madrugada del siguiente día mi vida dio otro giro inesperado. De la noche a la mañana, mi papá falleció en mis brazos y en los de mis hermanos y mi mamá. Sin embargo, lo único que en realidad sentía ganas de hacer, era regresar al Ciencias, ese colegio donde yo sabía que podría encontrar cobijo y acompañamiento. Me presenté al segundo día de haber vivido dicho momento tan fuerte y, al ir caminando, me encontré a mi entrenador de rugby, que solo me abrazó y me recibió. También me encontré algunos maestros que me decían: pero ¿qué haces aquí?, ¡ve a casa!
Ya para el primer receso, me sentía raro, pero contento de tener un descanso de la tormenta que ocurría en ese momento en mi casa. Recuerdo perfecto que, al salir de mi salón, para el primer receso, ahí estaba el rector para darme un abrazo y decirme que contaba con él, solo eso.
Después vino el ITESO, ese lugar del cual siempre estaré agradecido por haber hecho de mi universidad un lugar para desarrollarme, crecer y preparar mi vida profesional. Pero, sobre todo, porque me permitió sentirme acompañado en el proceso, que tampoco fue fácil. Yo decidí todos los días de mi carrera ir a ese lugar, implicara lo que implicara, sabiendo que, una vez más, no estaba solo.
Y, ¿por qué platico todo esto? Porque eso a mí me marcó por siempre. Porque me acompañaron en un proceso delicado, porque nunca me sentí solo. Porque soy testigo de lo que se significa acompañar a alguien en su vida y soy prueba viva de ello, desde mi maestro de rugby hasta el Rector. Inclusive las personas que recibieron a mi mamá, la cual tenía que llevar un acta de defunción de la persona con la que había pasado más tiempo en su vida, que sin ella.
Hoy me toca ser parte de esta comunidad desde el otro lado. Hoy me toca y nos toca acompañar a quienes siempre nos han acompañado, hoy nos toca a nosotros, esta gran comunidad que conforma la Compañía de Jesús.
A nombre de toda esta comunidad educativa, queremos decirles que cuentan con nosotros, con nuestra presencia, con nuestro acompañamiento y que reiteramos nuestro compromiso para que junto a ustedes sigamos caminando en la construcción del Reino.
Instituto de Ciencias, 26 de junio de 2022
La muerte no tiene la última palabra
La Eucaristía celebrada en el ITESO el pasado lunes 27 de junio en memoria de nuestros mártires reunió a la familia ignaciana del occidente. Jesuitas, colaboradores y amigos de la región nos unimos en oración para celebrar juntos la vida de Javier y Joaquín. Al momento del ofertorio hubo un gesto simbólico que abre un camino a la esperanza: el mantel del altar y las estolas de los celebrantes fueron cambiadas. El rojo que nos recuerda la sangre derramada, la entrega hasta el final de Jesús y de tantos mártires, fue transformado en el color blanco que nos recuerda la resurrección. Esa resurrección que es fundamental en nuestra fe pues nos recuerda que la muerte no tiene la última palabra, que Jesús triunfó y que Dios es un Padre/Madre de vivos, que da vida.
Confío en que, así como hemos vivido estos días de duelo juntos, continuaremos unidos como comunidad y familia que somos, amándonos los unos a los otros en el día a día, trabajando juntos en la construcción del Reino. Falta mucho camino por recorrer en la búsqueda de la paz y la justicia. Al final de la misa se repartieron rosas rojas y blancas que los asistentes pudimos llevar a nuestra casa. Otro símbolo de vida y de comunidad que nos ayuda a recordar, a ejemplo del Gallo y de Morita que, “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos” (Jn. 15, 13).