Dos estudiantes y una egresada de Arquitectura transformaron el Cubo MEM en una instalación efímera que invita a redescubrir el espacio a través del reflejo y la introspección
Durante años, el Cubo Módulo Espacial Mórfico (MEM), aquella estructura de metal rojo ubicada junto al edificio Q y la cafetería Capeltic, fue un espacio fundamental para la formación de generaciones de estudiantes de Arquitectura. Concebido como un laboratorio a escala real, permitía trasladar los ejercicios tridimensionales del aula al espacio construido. “Era parte integral del programa de los talleres de diseño de primer y segundo semestre”, recuerda Esteban Cervantes, profesor del Departamento del Hábitat y Desarrollo Urbano (DHDU).
Con el paso del tiempo, los cambios en los planes de estudio y la salida de quienes impulsaron originalmente el proyecto provocaron que el espacio quedara en desuso. Más de dos décadas después de su construcción, pocos estudiantes conocían su nombre. Para la mayoría, era simplemente una estructura que siempre había estado ahí.
Junto con Francisco Esqueda, también profesor del DHDU, Cervantes observaba con frecuencia aquel espacio y conversaban sobre su potencial. Se preguntaban qué podían hacer para devolverle funcionalidad y al mismo tiempo fortalecer el sentido de comunidad dentro de la Escuela de Arquitectura. Fue así que, durante el Arc Fest de otoño de 2025 lanzaron un concurso dirigido a estudiantes y egresados recientes para reimaginar e intervenir de manera efímera el cubo. “Tenía que ser una propuesta que […] fuera efímera, reciclable y que tuviera un costo máximo de 75 mil pesos. No se podía soldar, perforar ni modificar la estructura original”, explica Esqueda, quien añadió que esta invitación se lanzará anualmente.
A esta convocatoria se registraron 196 estudiantes distribuidos en 66 equipos y se recibieron cerca de 50 propuestas. La evaluación quedó en manos de un jurado internacional integrado por la arquitecta Mara Partida, egresada del ITESO y directora de su propio despacho en Barcelona; el arquitecto Andrés Arias Madrid, socio del despacho ZHA Architects Limited en Londres; y el arquitecto francés Gilles Delalex, fundador de Studio Muoto. La decisión fue unánime.
El cubo invisible: la propuesta ganadora
Antes de diseñar, Jessica Corona, egresada de Arquitectura, junto con los estudiantes Humberto Espinoza y Fernando Hernández, entendieron que tenían que observar el cubo con atención.
Se dieron cuenta que pese a haber estudiado por años a pocos metros de la estructura, jamás se habían acercado a ella. Entraron al cubo y se recostaron, observando el cielo enmarcado por las cuatro aristas rojas. Ahí comenzó a tomar forma su idea.
Su concepto partía de una observación sencilla. Así como el cubo había pasado desapercibido durante años para buena parte de la comunidad universitaria, muchas cosas de la vida cotidiana se vuelven tan familiares que se les deja de prestar atención. “La gente valora más las cosas que están a punto de perderse”, explica Corona. Para los integrantes del equipo, la mejor forma de devolverle valor al espacio era evidenciar su desaparición.
La propuesta consistió en revestir la estructura con paneles acrílicos reflejantes que diluyen visualmente sus límites y la hacen confundirse con el entorno. El cubo permanece ahí, pero parece desaparecer entre los árboles, los edificios y el cielo. En contraste, el interior se convirtió en un espacio oscuro de contemplación compuesto únicamente por grava, una banca y una abertura superior que permite observar el cielo. “Afuera ves tu reflejo; adentro te pregunta qué tan dispuesto estás a ver lo que hay dentro de ti”, añade Espinoza.
Materializar aquella idea implicó enfrentar diversos retos. El primero fue el presupuesto y la escala real la estructura, que resultó mucho más grande de lo que habían imaginado. La construcción requirió la participación de los tres estudiantes, de los profesores Esqueda y Cervantes, además del apoyo de amigos y voluntarios. Durante el montaje cuidaron cada eje, alineación y detalle.
El resultado fue una instalación que no sólo se integró al paisaje, sino que también lo multiplicó. Los reflejos intensifican los colores de la escuela. “La escuela se vuelve exponencial”, señala Esqueda. Visto desde lejos, el reflejo está fragmentado y distorsionado. Sin embargo, al acercarse las personas “Se llevan la sorpresa de que el reflejo es completamente nítido”, complementa Hernández.
La intervención fue presentada durante el Arc Fest. La asistencia sorprendió incluso a los organizadores. “Jamás había visto tal cantidad de gente en la Escuela de Arquitectura”, recuerda Esqueda. El patio, la cafetería y las escaleras se llenaron de personas. La respuesta los hizo sentir que el principal objetivo se había cumplido: crear un espacio capaz de generar conversación, curiosidad y sentido de pertenencia. “Me siento muy orgulloso de su proyecto y del trabajo que hicieron”, afirma Esqueda.
Para los ganadores otra recompensa es ver a personas tomarse fotografías, recorrer el interior, dibujarlo o utilizarlo como lugar de encuentro. “El premio es que la gente lo viva; que veas gente apasionada por algo que nosotros creamos”, dice Humberto Espinoza.
FOTOS: Zyan André
