El final del semestre ya se asoma en el horizonte y, junto con él, avizoran también los días de estrés por las entregas finales. La invitación de la coordinadora de la clínica Nutricia es a no descuidar la alimentación en este tramo y procurar hacerse tiempo para que esta sea “suficiente, accesible y realista”
El calendario escolar del semestre se agota. Los trabajos se acumulan, las fechas de entrega se acercan y, en muchos casos, se amontonan. El estrés sube y, en medio de todo esto, una frase comienza a escucharse cada vez más fuerte y con más frecuencia: “No tengo tiempo ni para comer”. Para no bajar el ritmo, entran en juego el café y las bebidas “energizantes”. Sin embargo, descuidar la alimentación puede no ser la mejor estrategia. “Al final del día, lo que hacemos con estas acciones es restarle energía a uno de los órganos más importantes de nuestro cuerpo y de los que requiere más energía: el cerebro”, dice Cecilia Zúñiga, quien agrega que en tiempos de sobrecarga y estrés “la alimentación es una aliada, no una carga”.
Los cierres de semestre bien podrían compararse con Sísifo, ese personaje de la mitología griega que fue condenado a subir empujando una piedra enorme por una montaña sin poder llegar nunca a la cima, repitiendo el proceso una y otra vez. “Ciclo tras ciclo sabemos que esto va a pasar: que el cierre de semestre va a ser estresante, que vamos a tener poco tiempo para algunas actividades y de repente, aunque hayamos pasado un sinfín de ciclos con la misma dinámica, no logramos obtener las herramientas necesarias para hacerlo diferente, para reconocer que los tiempos se van tornando diferentes y pueden afectar nuestra alimentación”, dice Ana Cecilia Zúñiga, coordinadora de la Clínica Nutricia del ITESO.
Esto, agrega, no deja de ser paradójico: las personas no se dan tiempo de comer porque al hacerlo “le restamos tiempo a nuestro cerebro hiperproductivo”, pero en realidad “lo estamos poniendo a trabajar al mil y no le estamos dando lo que necesita”. Según la académica, el cerebro consume el 20 por ciento de la energía para trabajar y, cuando no la recibe porque la persona prioriza otras actividades por encima de la alimentación, los resultados son “contraproducentes y se ven reflejados en una disminución de la capacidad de concentración, falla en la memoria, cambios de humor, ansiedad, cansancio persistente”. La nutrióloga señala que la alimentación también se ve afectada por otras condiciones que se relacionan con los periodos de estrés, como la falta de un descanso adecuado.
Una de las trampas en las que pueden caer las personas es la de no adaptarse a la situación. Entonces, buscan cumplir con esquemas de alimentación cotidianos aun cuando el tiempo está más recortado. “Hay que ubicar que en momentos así va a ser distinto y no pasa nada si no cumplimos con la comida perfecta que imaginamos en nuestra cabeza. Hay que ser flexibles en ese punto y promover que la alimentación sea suficiente, que sea accesible y que sea realista”, explica Zúñiga Barba.
Más que estar con la calculadora sumando calorías, Cecilia Zúñiga recomienda “tratar de estar conectados con las sensaciones de apetito y saciedad para buscar lo que el cuerpo está requiriendo”. Porque en momentos de estrés, el hambre de cada persona —y sus requerimientos— son muy diferentes. Por eso, la recomendación más importante es procurarse alimentos de los tres grupos más importantes: proteínas, carbohidratos y grasas. “Unos nos dan energía, otros nos dan saciedad, lo importante es combinarlos y complementarlos con la fibra necesaria”, dice la nutrióloga y aclara que “no hay un alimento mágico”, por lo que lo mejor es buscar combinaciones prácticas y fáciles de preparar: “Si vas a desayunar rápido, un huevo revuelto es una excelente opción y le puedes añadir tortillas, vegetales y así tan tienes presentes todos los grupos. Si vas a hacer un licuado, puedes complementar con frutas o frutos secos, que brindan energía. Si vas a consumir fruta, añádele cacahuates o nueces; al yogur puedes sumarle avena. En ese mar de opciones, lo importante es que pueda haber la mayoría de los grupos de alimentos”. Y, por supuesto, no descartar los antojos: “Si algo se te antoja y lo tienes cerca, consúmelo sin culpa”. Eso sí, en la medida de lo posible es recomendable no probar cosas nuevas, ya que podrían caer mal al organismo y ser contraproducente. “En los momentos de estrés hay que irse a lo más práctico y al modo más sencillo de comer”.
Otras estrategias que se pueden utilizar es poner alarmas o recordatorios para no saltarse comidas y evitar acumular hambre a lo largo del día; ir a las cafeterías del campus en los momentos en que hay menos afluencia, para reducir tiempos de espera; llevar desde casa snacks que sean fáciles de transportar y que no necesiten refrigeración e, incluso, organizarse con los y las compañeras para llevar comida en grupo. “Muchos de los trabajos finales son en colaboración, ¿no? Entonces pueden ponerse de acuerdo y llevar algo cada quien, para así generar incluso un espacio de convivencia y comer en colectivo mientras siguen trabajando. No es lo ideal, pero es más ideal que no comer. Es una forma de compartir la comida y bajar el estrés. Aunque estés al mil con la entrega, en esos 20 minutos que usaste para comer comiste con tus compas va a redituar, independientemente de las calorías, en tu bienestar”, dice Zúñiga.
Con la cuenta regresiva en marcha, Cecilia Zúñiga vuelve a la que, dice, es la idea más importante: la alimentación es una aliada, no una carga. Y esta aliada “no tiene que ser perfecta, sino que debemos tratar de que sea suficiente y constante, no saltar momentos de comida e incluir los grupos de alimentos. Esto puede hacer la gran diferencia en lo relacionado con la energía, la concentración y cómo se van sintiendo en este cierre de semestre”.
ILUSTRACIÓN: Generada con AI
¡A comer!
Cecilia Zúñiga Barba explica que actualmente las guías alimentarias mexicanas buscan ser no sólo saludables, sino sostenibles, porque lo que se invita a reducir el consumo de alimentos de origen animal, “pero, ojo, a reducirlo, no a eliminarlo”.
Sobre los grupos de alimentos, pone algunos ejemplos de alimentos que pueden combinarse:
- Las proteínas: pueden ser de origen animal o vegetal. Entre las primeras encontramos el huevo —“es un alimento súper versátil, fácil de preparar y barato”—, las carnes blancas como el pollo y el pescado, así como la carne de cerdo y de res. En cuanto a la proteína vegetal, esta se encuentra en leguminosas como frijoles, habas, garbanzos y lentejas.
- Los carbohidratos: aquí entran las leguminosas ya mencionadas, además de las tortillas, el pan, el arroz, la quinoa, la papa y el camote, así como los cereales.
- Las grasas: aquí se pueden consumir aguacate, cacahuates, almendras, etcétera.
Lo importante, siempre, es combinar los grupos de macronutrientes tanto en el desayuno como en la comida y la cena.
