La ofensiva para debilitar el régimen iraní deja incertidumbre sobre el porvenir para la paz mundial

La campaña militar iniciada el 28 de febrero por Estados Unidos e Israel se enmarca dentro de las aspiraciones por eliminar todo lo que, a su criterio, es una amenaza para garantizar la existencia del estado de Israel. En medio de ello, el mundo entero ha vivido días de incertidumbre y consternación sobre lo que depara el porvenir para la paz mundial.

Durante décadas, ambos países han tratado de contener las capacidades de reacción de Irán a través de acuerdos bilaterales con los vecinos de la región. Estos acuerdos fueron el preámbulo para crear una red de bases militares que hoy constituyen los objetivos de la desesperada contraofensiva iraní, lo que ha convertido a más de una decena de territorios nacionales en objetivos militares para el agonizante régimen iraní.

Pero esa agonía es relativa. Años de amenazas abiertas llevaron al régimen de los ayatolas a desarrollar capacidades y estrategias de resistencia militar. Por ello, vale la pena apartarnos de los acontecimientos del 28 de febrero para analizar el conflicto desde una mirada más amplia.

Más allá del estrecho de Ormuz

Los vecinos de Irán no están reaccionando de manera contundente a los ataques dentro de sus territorios nacionales, principalmente por los daños de los misiles que han caído en zonas civiles de la región. De ellos, los más estridentes han sido los que ha padecido Dubái, el oasis palaciego de la élite internacional, así como los que han sufrido Chipre, Turquía y Azerbaiyán, vecinos de la región que forman parte de alianzas internacionales, lo que amplía los efectos de amplificación del conflicto.

Naciones que no forman parte de la región han tenido que fijar sus posturas, lo que las ha hecho partícipes indirectas del conflicto. El caso más complejo es el de las naciones europeas, que además llevan cuatro años sumidas en el dilema ucraniano, para quienes el ataque a Chipre y la cooperación militar con Estados Unidos son un desafío mayor.

Sobre ello, tres elementos limitan su actuar: el primero es el contexto de confrontación con Estados Unidos que se ha recrudecido a partir de la guerra comercial y las amenazas sobre Groenlandia que Donald Trump lanzó con mayor énfasis a inicios de este año. No es fácil tenderle la mano a quien te ha hostigado incansablemente en los últimos meses.

El segundo elemento es el fenómeno de la migración. Cuanto más escale el conflicto, mayores serán las probabilidades de que aumenten los flujos migratorios hacia Europa, como sucedió hace unos años con el conflicto en Siria. Recordemos que esa ola de migraciones fue uno de los factores que dio alas a los populismos de derecha que ocasionaron transformaciones profundas de la estructura política europea, como por ejemplo el Brexit o la rebeldía de países como Hungría y Polonia respecto de los derechos relativos a la movilidad humana.

El tercer elemento, que es el más apremiante, es el que afecta al consenso sobre la alianza militar de la OTAN. España ha sido contundente con la postura de no colaborar con la campaña militar estadounidense y esto ha obligado a la Unión Europea a cerrar filas en torno a ello. En días recientes, Italia también ha manifestado su anuencia a involucrarse en el conflicto. Los europeos son conscientes de los costos de su participación en estos proyectos, especialmente en términos electorales, pero también en lo que se refiere a sufrir ataques terroristas en su territorio como consecuencia de ello. Baste con recordar los ataques en Londres y Madrid después de la Guerra de Iraq.

Por otro lado, para Turquía o Azerbaiyán el panorama no es distinto. Turquía fue un gran receptor de migración de Siria y sus capacidades militares son un componente importante en el juego por el equilibrio de poder en la zona. La frontera entre Azerbaiyán e Irán puede ser la puerta para la diáspora iraní, conformada en buena medida por población azerí. Recordemos que en el pasado reciente Azerbaiyán libró y ganó una guerra con Armenia para recuperar territorios en disputa por la reconfiguración de fronteras tras la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

Pero quizás quienes están pasando el peor dilema son los países de la península arábiga que por décadas han sido seducidos por las ofertas de Israel y Estados Unidos para construir un sistema de alianzas que garanticen su seguridad a cambio del establecimiento de relaciones diplomáticas con Israel y de la alineación con los intereses militares de Estados Unidos en la región. Uno a uno fueron firmando acuerdos bilaterales que plantaron las raíces para la construcción del entramado de bases militares estadounidenses en la región, lo que, a razón de los hechos de los últimos días, puede ser muy cuestionable.

Estados Unidos e Israel a la conquista de la región

Si bien identificar una amenaza externa es un excelente recurso para fortalecer la unidad nacional y el apoyo a la demostración de fuerza, a Estados Unidos y a Israel cada día les es más complicado repetir la fórmula.

La fractura en las bases del movimiento MAGA, ese del que emana la fuerza de aprobación a los proyectos trumpistas entre el electorado norteamericano, sigue minando la base de aprobación del mandatario y esto es particularmente delicado en la antesala de las elecciones de medio término que se celebrarán este año. Por ejemplo, los demócratas han tenido un avance significativo en el estado de Texas, bastión republicano, que por primera vez asoma la posibilidad —remota aún, pero ya posible— de que este estado mute de preferencia electoral.

En el caso israelí, esta campaña fractura la idea de que la hostilidad podía menguar después de la destrucción de Gaza y la asfixia de Cisjordania. Si bien el aparato propagandista israelí ha mantenido el control de la información respecto de las afectaciones en su territorio, poco a poco vamos enterándonos de las afectaciones económicas y, sobre todo, del impacto social que ha generado la parálisis en esta última semana.

Israel está en guerra. Lleva en guerra muchos años, pero la escalada de afectaciones de la última semana ha superado cualquier referente en el corto plazo. Esta podría ser una oportunidad para la oposición que cada vez cuestiona más el proyecto personalista del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu.

La ausencia del pacifismo

La complejidad del contexto internacional en el que se ejecuta este capítulo de la historia hace que la incertidumbre y la imposibilidad de prever escenarios sean una constante. La comunidad internacional asiste impávida a los titulares diarios de la prensa internacional. Como sociedad civil el mutismo se limita a abrir debates ociosos en redes sociales: si vale la pena oponerse a la campaña contra un régimen que no respeta los derechos humanos de las mujeres, acusar al régimen de fanatismo religioso desde la tribuna de moral del conservadurismo cristiano; o por otro lado, aplaudir el castigo y la revancha sobre el proyecto sionista que causa el genocidio en Gaza. Estirar los argumentos para traer hacia el egoísmo opinionista la razón de la historia, es la consecuencia más delicada de estos acontecimientos. Pareciera que hemos olvidado que para ejercer y defender la libertad es necesaria la vida.

El panorama no es alentador: son casi 25 años de guerra constante en la región, sumados al frente abierto en Ucrania y la competencia comercial con China, el auge de la polarización política y la retirada de las instituciones internacionales. Es tiempo de imaginar otros futuros y dejar de aferrarnos a que los problemas de hoy se pueden solucionar con las fórmulas del ayer.