Al simular competencias se renuncia a desarrollar capacidades que en el futuro contribuirán a construir una mejor sociedad

Las universidades surgieron como espacios destinados no solo a la transmisión de conocimientos, sino a la formación integral de las personas y a su contribución al bienestar social, señala Bernardo García, profesor del Departamento de Desarrollo Humano (DDH).

Cuando un estudiante simula competencias que no posee, dice, compromete su proceso y además debilita el tejido social al que eventualmente se integrará como profesionista.

Advierte que estas prácticas tienen repercusiones institucionales y colectivas, pero también personales. La falsificación de un certificado implica, en el fondo, reconocer la renuncia a desarrollar una capacidad propia. “Venimos a estudiar para contribuir a que la sociedad y la vida sean mejores desde la ingeniería, desde los idiomas, desde las ciencias sociales y humanidades, desde todos los ámbitos».

Las implicaciones de presentar certificados falsos

Cada semestre, la Dirección de Servicios Escolares (DSE) detecta alrededor de seis certificados de inglés falsos, en su mayoría relacionados con el examen TOEFL. Se trata de un fenómeno que ha aumentado en los últimos años, a la par del uso cotidiano de herramientas digitales (como la IA) y la proliferación de páginas apócrifas que prometen emitir estos documentos de manera más rápida, sencilla y económica.

Sara Brown, directora del Departamento de Lenguas (DEL), señala que en muchos de estos casos se trata de estudiantes que han avanzado entre 50 y 70 por ciento de los créditos de su carrera, pero que no han
cumplido con el Requisito Institucional de Inglés (RII). “Es una situación de desesperación […] Si llegan al 70 por ciento de sus créditos y todavía no cumplen con el requisito no pueden dar de alta asignaturas curriculares de su carrera”, menciona.

Autoridades universitarias advierten que el alumnado debe ser consciente de las implicaciones de recurrir a este tipo de prácticas. El ITESO mantiene una política de tolerancia cero frente al fraude académico, por lo que, independientemente de si el estudiante actuó con dolo o fue víctima de fraude, la consecuencia es la misma: la baja inmediata y definitiva. “Es un riesgo académico, un riesgo ético y en ocasiones hasta un riesgo legal”, añade Luis Barroso, director de la DSE.

Por su parte, Enrique Ramírez, coordinador docente del DEL, explica que todos los certificados entregados a la institución pasan por un proceso riguroso de validación, que incluye la verificación directa con las instituciones emisoras. Este procedimiento permite detectar inconsistencias y confirmar la autenticidad de cada documento. “Como universidad emitimos nuestros documentos con las medidas de seguridad necesarias”, añade Barroso.

Brown subraya que no existen razones para que los estudiantes se arriesguen a recurrir a certificados falsos. El Departamento de Lenguas ofrece aplicaciones periódicas del examen TOEFL dentro del campus, con costos significativamente más accesibles. Mientras que una certificación oficial externa puede superar los cuatro mil pesos, la aplicación institucional ronda los mil 200 pesos.

Las señales de alerta ante posibles fraudes van desde páginas con apariencia dudosa hasta promesas de resultados garantizados en poco tiempo o precios considerablemente más bajos que los oficiales. Ante esto, autoridades insisten en la importancia de verificar siempre las fuentes y recurrir únicamente a canales
institucionales.

No obstante, Brown y Ramírez advierten que esta no es la única práctica irregular detectada en torno al RII. A través de redes sociales, se han identificado publicaciones en las que estudiantes ofrecen realizar tareas, cursar materias completas o incluso presentar exámenes en nombre de otras personas, a cambio de dinero. Estas dinámicas, aunque menos visibles, también forman parte de un entorno de deshonestidad académica que no van con los valores de la institución.

Para Bernardo García, este fenómeno debe entenderse como un problema multifactorial que evidencia una pérdida de sentido sobre lo que representa la formación universitaria para algunos jóvenes.

En muchos casos, el aprendizaje de un idioma se percibe únicamente como una formalidad, en lugar de una herramienta clave para el desarrollo profesional y la construcción de comunidad.

 

FOTO: Comunicación Institucional