Especialistas del ITESO coinciden en que dormir, comer, descansar y ejercitarse de forma adecuada no solo mejora la salud, sino también el estado de ánimo, la concentración, la memoria y, por ende, el rendimiento académico  

Cuando a Mónica Morales, asesora de acompañamiento en la Coordinación de Acompañamiento para la Excelencia Académica (CAXA), se le preguntó cuáles eran los mejores hábitos para mejorar el rendimiento académico, no recomendó estudiar varias horas al día (aunque es importante), ni acudir a clases de regularización (que también son de gran ayuda). Lo primero que sugirió fue ejercitarse: “Cuando los estudiantes empiezan a hacer ejercicio […] el enfrentamiento a las materias es otro”.

Morales considera que la actividad física es un hábito esencial para sobrellevar la carga del semestre, pero no el único. También subraya la relevancia de una alimentación nutritiva, del bienestar emocional y, por supuesto, de dormir lo suficiente, pues el aprendizaje está profundamente vinculado con la salud física y mental. Para ella, estos hábitos no solo mejoran el rendimiento, sino también la capacidad de mantener disciplina, estructura y constancia en los estudios.

Es por ello que en CAXA, el apoyo no se limita a resolver dudas académicas. El equipo busca conocer las rutinas, necesidades, limitaciones y fortalezas de cada estudiante, con el fin de fomentar la autonomía y la autorregulación. “Se te escucha primero, se hace una buena conexión y un compromiso de trabajar juntos”.

Este enfoque permite identificar factores externos (conflictos familiares, falta de espacios adecuados para estudiar, cargas laborales o estrés acumulado). De acuerdo con Edgar Lomelí, coordinador de Acompañamiento Psicológico del Centro de Acompañamiento y Estudios Juveniles (C-Juven), los motivos de consulta más frecuentes en el ITESO están relacionados con estrés, ansiedad y depresión, condiciones cada vez más comunes entre los universitarios. Estas condiciones son multifactoriales: pueden surgir por la carga académica, las expectativas familiares, dificultades económicas, problemas de movilidad, empleo, rupturas, o situaciones personales que rebasan lo escolar. Cuando se prolongan, afectan directamente la concentración, la motivación y la capacidad de responder a las demandas del semestre.

Aun así, Lomelí señala que los estudiantes sí pueden fortalecer sus recursos para afrontar estas experiencias. Entre sus recomendaciones destacan el descanso adecuado la reflexión personal, el cuidado de los vínculos, y otras prácticas de autocuidado, como poner atención a lo que se consume diariamente: “En cuidar lo que nutre nuestra mente, es decir, lo que consumimos, la música […] las lecturas que hacemos, los videos que vemos […] es súper importante porque está nutriendo en el en cuanto establece socialmente”. Asimismo, menciona que la oración, la meditación, el contacto con la naturaleza y de nuevo, el ejercicio también fortalece la estabilidad emocional y contribuyen al bienestar.

La psicóloga Mabel Aguilar, encargada del área de psicología aplicada a la actividad física del Centro de Salud Física y Salud Integral (CEFSI), explica que muchas personas confunden actividad física con ejercicio, pero no son lo mismo.

Ella lo define así: “La actividad física es cualquier movimiento que haga que interrumpas el estado de reposo […] y el ejercicio es una dimensión de la actividad física más estructurada, que tiene ciertos objetivos […]. Y el deporte es lo mismo, pero con la parte competitiva”.

Destaca que la actividad física tiene beneficios inmediatos sobre el estado de ánimo (gracias a la liberación de hormonas relacionadas con la felicidad), y también sobre la regulación emocional y el afrontamiento del estrés. Además, explica que el movimiento tiene un impacto directo en el rendimiento académico: “Cuando estás haciendo actividad física, tu corazón está fortalecido para hacer la suficiente irrigación. También se ha comprobado cómo la actividad física interviene directamente en proteínas que ayudan a nuestro cerebro a tener mayor neuroplasticidad».

Esta neuroplasticidad genera más redes neuronales en el hipocampo, región vinculada con la memoria, por lo que la actividad física favorece procesos esenciales como la atención y la retención de información. La recomendación internacional señala realizar 150 minutos de actividad física a la semana, pero Aguilar aclara que no es necesario hacerlo seguido ni en sesiones largas. Incluso dos minutos de caminata rápida pueden generar beneficios metabólicos y emocionales.

Muchas personas creen que necesitan tiempo para hacer “ejercicio formal”, cuando lo que realmente importa es interrumpir el sedentarismo. “El riesgo no está en que la gente no haga ejercicio, el riesgo está en que la gente pasa mucho tiempo sentada”. Por ello recomienda hábitos sencillos que invitan al movimiento: subir escaleras, caminar más, evitar el elevador, levantarse cada hora, elegir rutas que impliquen un poco más de desplazamiento y aprovechar las pausas activas.

Esto no significa prescindir del ejercicio intenso (que tiene beneficios específicos para la fuerza y la resistencia), sino integrar el movimiento como parte constante del día. Para quienes buscan mantener la motivación, Aguilar sugiere elegir actividades que realmente disfruten, medir sus avances y rodearse de personas que apoyen sus objetivos.

La vida académica universitaria no depende únicamente de estudiar: requiere bienestar, movimiento, descanso y vínculos saludables. El autocuidado no es una actividad aislada, sino un conjunto de prácticas que sostienen la concentración, la memoria, la motivación y la estabilidad emocional.

FOTOS: Zyan André