En un mundo saturado de ruido, tensiones y crisis globales, hablar de “Navidad” puede parecer una evasión decorada con luces. Pero, en su sentido más profundo, la Navidad no es un paréntesis sino una provocación espiritual: una invitación a nacer de nuevo en medio del caos. Se trata de un tiempo que nos da la posibilidad, siempre actual, de dejar que algo nuevo surja en nosotros, incluso cuando todo parece derrumbarse
El nacimiento como proceso interior
Ignacio de Loyola, en los Ejercicios Espirituales, invita a contemplar el misterio de la Encarnación no como un hecho distante, sino como una experiencia viva que puede transformar la mirada. El nacimiento de Jesús en la precariedad de Belén se convierte así en un espejo de nuestras búsquedas: ¿qué está naciendo en mí? ¿qué necesita renacer?
En tiempos convulsos (guerras, crisis climática, polarización, ansiedad) el discernimiento ignaciano aparece como una brújula que nos ayuda a reconocer dónde está actuando la vida y dónde se instala la desolación. Discernir es abrir los ojos a las huellas de Dios que se manifiestan en lo pequeño, en lo que parece frágil o irrelevante.
El pesebre no es un refugio romántico, sino un signo de resistencia. Allí, en la vulnerabilidad y el silencio, se manifiesta la posibilidad de una nueva forma de habitar el mundo. Frente a la lógica del poder y la cultura del descarte, el Dios que se hace niño nos enseña que la transformación nace del cuidado, la ternura y la esperanza encarnada. Una esperanza que sabe mirar de frente la oscuridad y, sin negarla, elige apostar por la vida.
Nacer de nuevo significa recuperar la capacidad de asombro, de escucha, de compromiso con lo humano. Es una forma de rebelión contra la indiferencia y el cansancio espiritual que nos atraviesan. Un cansancio que no siempre se nota en el cuerpo, pero sí en el alma: ese desgaste silencioso que se manifiesta en la apatía, la desconfianza, el escepticismo ante la posibilidad de un cambio. Vivimos rodeados de estímulos, pero vaciados de sentido; hiperconectados, pero parece que cada vez más aislados. Nos agotamos de tanto reaccionar y dejamos de responder con profundidad.
Es un tiempo para mirar con ojos nuevos lo que dábamos por supuesto: un amanecer, una conversación, una caricia, una pregunta honesta. Es recuperar el tiempo interior que la velocidad nos roba, y reconocer que no todo está perdido mientras aún podamos sentir compasión. En un mundo saturado de información y urgencias, el verdadero milagro quizá sea seguir sintiendo, seguir creyendo, seguir cuidándonos y cuidando a las otras y otros.
Discernir para renacer
El discernimiento ignaciano no ofrece respuestas cerradas, sino un modo de vivir despiertos, atentos a los movimientos interiores que orientan nuestras decisiones. En una cultura marcada por la prisa y la dispersión, discernir es romper la inercia, detenerse, respirar y escuchar: ¿qué me mueve? ¿qué me paraliza? ¿qué impulsa en mí una vida más plena, más al servicio de los demás?
En la Navidad, el discernimiento puede volverse un gesto concreto: elegir nacer de nuevo desde dentro, detenernos para reconocer los espacios donde la vida pide ser acogida y permitir que la esperanza tome cuerpo en nuestras relaciones, proyectos y mirada sobre el mundo. Esto puede expresarse de maneras sencillas, pero profundamente transformadoras: decidir escuchar de verdad a alguien que pide ayuda; responder con paciencia cuando el cansancio nos lleva a la irritación; atrevernos a pedir perdón o animarnos a retomar aquello que habíamos abandonado por miedo.
Quizá el mayor milagro navideño no sea una estrella en el cielo, sino la posibilidad de que, incluso entre escombros, sigamos apostando por la luz. Esa luz aparece en cada gesto de solidaridad, en cada reconciliación, en cada acto de ternura en medio del conflicto; cada uno es una forma de Encarnación, una manera de hacer presente a ese Dios que se hace cercano y vulnerable.
Desde la mirada ignaciana, celebrar la Navidad es decir “sí” a la vida, como lo hizo María; es confiar en que lo pequeño puede transformar lo grande; es atrevernos a creer que Dios sigue naciendo en la historia: en quien busca justicia, acompaña, perdona y abre caminos de esperanza. En cada persona que apuesta por la ternura, en cada comunidad que lucha por la dignidad, en cada estudiante que imagina un mundo más humano, la Navidad se vuelve acontecimiento vivo.
En tiempos inciertos, nacer de nuevo es un llamado interior. Se trata de permitir que lo divino se encarne en lo cotidiano, y de descubrir —como Ignacio en su experiencia de conversión— que la verdadera Navidad ocurre cuando algo en nosotros se transforma y nos vuelve más humanos, más compasivos, más libres.
FOTO: Zyan André
