Según Laura Mares, activista y académica de la Universidad de Guadalajara, la mayoría de los jóvenes no siente un vínculo con la ciudad, lo que reduce las posibilidades de transformarla en un espacio más habitable. Según la investigadora esto responde a una experiencia hostil con la urbe y a la falta de condiciones reales para la participación colectiva

“¿Quién de ustedes se siente parte del lugar que habita?”, planteó Laura Mares Ortega, activista y docente de la Universidad de Guadalajara (UdeG). Solo tres manos se alzaron en el auditorio. Para Mares, este gesto evidenció la relación fragmentada entre los jóvenes y la ciudad, efecto de una sociedad acelerada, que orilla a la desvinculación con el entorno inmediato.

Durante la conferencia “Juventudes en la defensa y apropiación del territorio”, organizada por las colectivas Transforma y Lavanda del ITESO, Mares compartió los hallazgos de su tesis doctoral Comunicación ambiental, acción, participación y comunicación colectiva de los jóvenes citadinos para la construcción de territorio urbano, en la que analiza los procesos que influyen en el accionar colectivo juvenil. Entre los resultados, destacó que más del 90 por ciento de las personas encuestadas afirmó no sentir apropiación por el espacio que habita.

Sin embargo, la débil conexión de muchos jóvenes con la ciudad no responde a apatía o desinterés, sino a una experiencia hostil con la urbe. Factores como los problemas de movilidad, la contaminación, la inseguridad, la violencia o la falta de acceso a servicios como al agua limpia, influyen directamente en la manera en que se relacionan con la Zona Metropolitana de Guadalajara (ZMG). De acuerdo con Mares, estas problemáticas no deben analizarse de forma aislada, sino como parte de una crisis civilizatoria.

Para su investigación, la autora aplicó encuestas a estudiantes de universidades públicas y privadas (entre ellas el ITESO), además de realizar entrevistas y grupos de discusión. En total participaron 398 jóvenes. A partir de este trabajo, identificó distintos niveles de participación juvenil, que van desde quienes no reflexionan ni participan, hasta quienes se involucran de forma activa o política.

En ese proceso, también detectó factores estructurales que suelen quedar fuera cuando se atribuye la falta de participación a los jóvenes. Entre ellos señaló la precariedad del tiempo en contextos donde estudiar y trabajar es una necesidad, los efectos del “adultocentrismo” y la ausencia de invitaciones reales para involucrarse en procesos colectivos.

“Ya no es nada más decir que las juventudes no participan, es preguntarnos si existen las condiciones para que lo hagan”, afirmó. En entrevistas realizadas durante su investigación, algunos señalaron que su prioridad es asegurar ingresos o sostener una beca, lo que deja poco tiempo para detenerse a observar el entorno, reflexionar y, por lo tanto, organizarse.

En ese panorama, la comunicación y la cooperación son piezas clave. Explicó que los espacios de diálogo son fundamentales para generar confianza, empatía y sentido de pertenencia, especialmente en un contexto donde la vida digital tiende a sustituir el encuentro. Compartió con alegría que los grupos de discusión que surgieron del trabajo académico continúan activos hasta hoy.

El conversatorio, parte de las actividades de la Semana del Cuidado de la Tierra,  también funcionó como un espacio de encuentro entre distintas luchas territoriales. Algunos asistentes compartieron sus experiencias de organización en la defensa del bosque El Nixticuil, El Diente, el Cerro del Cuatro y el bosque La Primavera. También de parques y espacios barriales, como el Jardín Mexicaltzingo o el bosque Colomos, presionados por el desarrollo inmobiliario. En otros casos, se abordaron procesos orientados a recomponer el tejido social en zonas fragmentadas por muros y “vialidades”, como en la colonia Jardines de San José, donde vecinas y vecinos buscan restablecer la comunicación y la colaboración entre colonias separadas físicamente.

FOTO: Zyan André