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Reintegrarnos en la inspiración y la exhalación

Reintegrarnos en la inspiración y la exhalación

En los tiempos que vivimos, el detenerse constituye un desafío que es necesario sortear porque en ello nos va la vida. Para la autora, el SarsCov 2 constituyó la oportunidad de hacer un alto y de encontrar en el acto de respirar, tan instintivo como automático, una apreciación de la experiencia de vida que, al mismo tiempo, inhibe el temor a la muerte.

“La edad del universo es el tiempo de la respiración divina”[1]

Cuando tenía 4 o 5 años, me ponía de puntitas para ver cómo giraban los discos en la consola que teníamos en la casa. En ese mueble grande y elegante podía encaramarme y observar cómo una aguja, que apenas rozaba la superficie de un disco de acetato sobre un surco, provocaba las voces y la música del personaje del estuche de cartón de donde mi mamá o papá sacaba el disco. Me provocaba una sensación de asombro muy intensa el momento en el que volteaban el disco, era una maniobra sutil y exacta insertarlo en el pivote que lo mantenía seguro, girando sobre la tornamesa y preparado para colocar delicadamente la aguja en el inicio del lado B. En ese instante generalmente inspiraba mucho aire, para que ni siquiera mi respiración provocara que la aguja cayera de golpe sobre el acetato.  

Escuchar un disco era una actividad que me invitaba a sentarme y contemplar la obra completa. Era muy fácil embeberme en el ritmo, la voz y la historia que contaban las canciones. Así como era fácil habitar la música, me gustaba aplicar una acuciosa observación de los detalles de la vida cotidiana: grietas en las paredes, insectos atrapados en las ventanas, manchas en el piso cuyos patrones servían de guía para hacer pistas de autos; hileras de hormigas con cargas exuberantes, patrones de color al interior de las flores. Sin embargo, cuatro décadas después, el simple hecho de detenerme se ha convertido en un desafío que se acentuó con los tintes desquiciantes de la pandemia, por lo que la palabra contemplación, aquella que practicaba de niña al escuchar los discos de acetato en la consola, me parecía impráctica, lejana y poco realista, hasta hace unos meses. 

Quien desea encontrar, encuentra 

Para quienes lean esto y tengan menos de 30 años, les explicaré brevemente que el lado B de un disco de acetato, a diferencia del lado A, contiene el repertorio artístico no conocido, digamos, como la puerta trasera del edificio, aquello que si no lo buscas pasará inadvertido y asumirás que no te hace falta 

Hace unos meses me encontré con mi lado B. Esa parte de mi long play en donde estaban varias canciones guardadas, que no eran exitosas, ni populares; eran más bien algunas piezas inéditas, algunas que no recordaba y varias que no deseaba tocar de nuevo porque no me hacían sentir bien. Procuré ocultarlas y olvidarlas porque cuando estaba muy nerviosa, enojada o triste, se presentaban sin filtro y me hacían ver como una mujer aturdida, vulnerable y vacía. 

Pero después de muchos años de mantener un ritmo de trabajo tan intenso como incesante, con una malsana pretensión de anticipar los acontecimientos y contener las reacciones de los efectos de los eventos, la enfermedad que desde hace hace 18 meses ensordeció la cotidianidad del mundo, me dejó apartada de mi familia, mis amistades y mi trabajo por un largo periodo. Había bajado la guardia y el SarsCov 2 se aferró bien dentro de mí e impuso una circunstancia inmejorable para detenerme: el aislamiento. 

La tiranía de la mente puede contrarrestarse a través de la meditación, porque es un ejercicio consciente de observación de nuestros propios pensamientos que nos lleva a interiorizar y contrarrestar su opresión; pero si la meditación no es posible, el otro camino que propone es de la respiración consciente, en la que además de poner atención en el ejercicio mismo de respirar, visualizamos un destino como punto de referencia hacia el cual podemos concentrarnos y transitar.

El drama de la mujer aturdida 

El confinamiento que me orilló a entregar voluntariamente el control de los asuntos fundamentales de mi vida me sentó muy bien para recibir mi primera lección en el aislamiento. Mi hijo mayor se dispuso a cuidarme y alimentarme cuando cursaba la semana 14 del semestre, por lo que tuve que acoplarme a su propia circunstancia. Mientras él hacía entregas de proyecto y exámenes finales, me preparaba y llevaba a mi habitación la comida y meriendas que para él eran convenientes, necesarias y finalmente posibles. Presionado, preocupado e intentando responder a la responsabilidad que tenía, me cuestionó varias veces por qué desde mi cama, yo intentaba (por cierto, sin éxito), mantener el control de lo que se hacía en mi casa, y fuera de ella, por ejemplo, parte de mi trabajo en la universidad. Esto me recordó lo que Pablo d’Ors en Biografía del Silencio plantea: “ninguna carga es mía si no me la echo a los hombros”. Descubrir que no puedes realizar una tarea puede ser liberador; pero sucede que no todas las personas conseguimos liberarnos, porque aceptar que no puedes en la voraz exigencia y autoexigencia profesional y educativa puede dejarte fuera de la competencia, y de hecho lo hace. D’Ors explica que mucho depende de las resistencias que vivamos y que la meditación suele ser un efectivo camino a la liberación, si la consideramos como un espacio-tiempo que nos permite quitar los dramas que aderezan nuestros “problemas” y justifican nuestros apegos mal entendidos, como mi imaginario de mujer aturdida, porque bajé la guardia, enfermé y perdí el control sobre asuntos menos esenciales que el cuidado de mi salud y de mi propia alimentación. La tiranía de la mente puede contrarrestarse a través de la meditación, porque es un ejercicio consciente de observación de nuestros propios pensamientos que nos lleva a interiorizar y contrarrestar su opresión; pero si la meditación no es posible, el otro camino que propone es de la respiración consciente, en la que además de poner atención en el ejercicio mismo de respirar, visualizamos un destino como punto de referencia hacia el cual podemos concentrarnos y transitar. (d’Ors, pág. 61 y 62) 

La presencia de Dios en mí la hallé sutil en el silencio durante los días que estuve enferma. Ya lo había distinguido en algunos momentos sumamente intensos de mi vida, pero la posibilidad de interiorizar en soledad y de reconocer mis vulnerabilidades, favoreció y creció mi confianza y deseo de encontrarlo “con grande ánimo y libertad” como dice la anotación cinco de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio. 

El drama de la mujer vulnerable y vacía 

Durante los primeros tres días de aislamiento, saber medir la saturación de oxígeno en mi cuerpo era crucial, un dato básico para el seguimiento remoto que hacían mi doctora, mi familia y mis amigos cercanos y, aunque el oxímetro ayudaba, nada fue más preciso que mi propia sensación de cansancio permanente y del vacío en el pecho, que mi mente, tirana, se encargó de llenar de miedo. La sensación de vulnerabilidad en la soledad fue angustiante al principio, pero me mantenía alerta y concentrada. Encontré con el incesante ejercicio de respiración consciente, sola, pero conmigo, el gusto de observar mi interior, de comprender mejor lo que mi cuerpo y mi sentir manifiesta. Le debo a esa crisis de tres días, la oportunidad de hacer consiente el “acto con el que sostenemos nuestro deseo primordial: vivir” [2] y con él, el de corazonar y sonreír cada vez que me descubro mirándome hacia adentro. 

Unos meses antes de enfermarme, durante uno de los cursos de la Ruta Ignaciana para colaboradores que organiza el Centro Universitario Ignaciano, leímos y practicamos algunos ejercicios de respiración previos a la meditación que expone Javier Melloni, SJ en El deseo esencial. Refiere que el acto de respirar, tan instintivo como automático, resulta seruno de los medios más aptos para alcanzar las regiones más puras de la conciencia y del espíritu”. Es un nacer y un morir, que nos alienta apreciar la experiencia de la vida y, al mismo tiempo, inhibe nuestro temor a la muerte. Al practicar los cuatro tiempos de la respiración consciente (inhalación, retención, exhalación y mantenerse en el vacío) poniendo mucha atención en qué condiciones tiene el aire al entrar en nuestro cuerpo y en qué circunstancia nos encontramos nosotros, con paciencia y concentración, es posible adentrarnos en nuestra interioridad e identificar en esa intimidad absolutamente vital y esencial, una fuerza acogedora que, así como vitaliza, apacigua. Melloni describe esta conexión íntima contigo y con la porción divina que vive dentro de ti, así:  

“La primariedad y ansiedad de respirar para proteger la vida se convierte en el medio para ejercitar actitudes más hondas y gratuitas de acogida y de entrega. Lo más urgente, cercano e inmediato se torna pasaje hacia lo más profundo y trascendente. Y todo ello se da en el presente, en el poder del ahora que calma el deseo porque, al conectarnos con el instante de cada momento, lo único real, nos pone en contacto con el Ser esencial. La inhalación, respondiendo a la necesidad radical de aire, es el reflejo que tenemos del Ser que nos da el ser, y la exhalación es imagen del don en el que estamos llamados a convertirnos. En cada acto respiratorio está contenida la aventura del cosmos y el recorrido de cada existencia individual, su nacer y su morir, desplegados en esos cuatro tiempos de recibir, contener, entregar y quedarse en el vacío. Adiestrarnos en ello, nos permite situarnos en un modo cada vez más hondo y sereno ante la vida.” (Javier Melloni, pág. 44 y 45). 

El encuentro íntimo y universal 

La frase de “Quien no conoce nada, no ama nada. Quien no puede hacer nada, no comprende nada. Quien nada comprende, nada vale. Pero quien comprende, también ama, observa y ve…Cuando mayor es el conocimiento inherente a una cosa, más grande es el amor” es de Paracelso y con esa frase abrió Erik Fromm El arte de amar, una de sus obras más influyentes y uno de mis libros favoritos. 

En su teoría del amor, explica que estamos motivados por un deseo profundo por unirnos para superar el estado de separatidad que sufrimos luego de desprendernos del primer amor de nuestra vida, el amor maternal. Conocernos, en lo profundo, implica establecer un vínculo de lo más íntimo motivado, no exclusivamente por el deseo de conocer, de saber más; porque los impulsos más fuertes responden a la preocupación y al amor que nos llevan a la experiencia de unión. Conocer en lo profundo, entonces, es amar y es un acto de fusión que no invisibiliza o disuelve a quienes se unen pues, al conocer(te) y al descubrir(te), me conozco y descubro a mí misma, y conozco y descubro a los demás.  

 La presencia de Dios en mí la hallé sutil en el silencio durante los días que estuve enferma. Ya lo había distinguido en algunos momentos sumamente intensos de mi vida, pero la posibilidad de interiorizar en soledad y de reconocer mis vulnerabilidades, favoreció y creció mi confianza y deseo de encontrarlo “con grande ánimo y libertad” como dice la anotación cinco de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio. 

Hoy encuentro la presencia divina cada vez que me dispongo a buscarla, se me manifiesta en muchas cosas, en muchos rostros y situaciones. Me entusiasma experimentar lo que de niña lograba hacer: detenerme a contemplar la espectacular luz que irradia el sol cuando asciende del horizonte, la estructura perfecta de las flores, los pliegues de la piel y la mirada de un bebé, el arte textil de una prenda hecha a mano, el espectacular romper de una ola sobre la playa. Trabajo en mi oración y en mis silencios para dimensionar mejor las cosas, su influencia y los eventos felices y trágicos. Sobre todo, procuro dimensionarme yo en ellos. Soy bien consciente de mi naturaleza amorosa, comunitaria y política. 

Con la espiritualidad ignaciana voy encontrando mi implicación dentro de mi contexto y buscando la provocación de Dios en la palabra, la naturaleza, la familia y la realidad social, y desigual, de la que somos parte. Me ha ayudado también a desmitificar ese proyecto de convivencia humana que Jesús de Nazaret prometió a los desposeídos, basado en valores como en el amor, la solidaridad, la justicia y la paz, llamado el Reino de Dios, cuya perfección pende de una compleja red de dependencias que se ajustan incesantemente por la influencia de unas sobre otras. Ese Reino, justo y próspero, y al mismo tiempo frágil, sucumbe ante la voraz y violenta realidad social y ambiental, y es una forma en la que Dios interpela a la humanidad. Como dice Joao Batista Libanio, SJ, [3] “Dios, nos insta en las realidades del mundo, ellas no son propiamente instrumento de Él, son en donde Él se manifiesta”, cuestionándonos particularmente de qué manera estamos implicados en la tragedia y cómo nos hacemos cargo del cambio para dar aliento y reconstituirnos en la esperanza, de formarnos en el Ser total que se despliega con su exchalación y se reintegra en su inspiración, como lo describe Melloni en su metáfora metacósmica.

[1] El deseo esencial. Javier Melloni, 2019. 

[2] ibidem.

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Sobre el Autor

Karina Osorno Hinojosa

Trabaja en la Oficina de Publicaciones como encargada de las Ediciones digitales de libros y revistas académicas del ITESO. Fue fundadora y editora de CRUCE.

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