ITESO. UNIVERSIDAD JESUITA DE GUADALAJARA

¿Qué pasará si el calentamiento del planeta provoca cambios en el clima de África? ¿Y si nuestra ciudad sigue su construcción sobre los suelos porosos?

POR VANESA ROBLES

Esta es la sensacional historia de cómo el agua del bosque Los Colomos viene de África. Es la historia de cómo la humedad que se genera en las costas de Guinea y su enfriamiento con el polvo del desierto del Sahara generan una serie de reacciones y condiciones para provocar los aguaceros que, entre el 15 de junio y el 4 de octubre de cada año, caen sobre la zona metropolitana de Guadalajara y algunas otras zonas alrededor de Jalisco.

El asunto no acaba ahí. Por su intensidad, las tormentas que caen sobre Guadalajara barrerían todos los nutrientes contenidos en solo cinco centímetros del suelo —cada centímetro tardó un siglo en formarse—, si no fuera porque una gran parte del material sobre el que se asienta la ciudad es de piedra pómez o jal y tiene una porosidad formidable que permite su absorción. ¿Qué pasará si el calentamiento del planeta provoca cambios en el clima de África? ¿Y si nuestra ciudad sigue su construcción sobre los suelos porosos?

Esta es una historia de cómo el agua y su gestión tendrían que dejar de analizarse como un elemento y verse como un ciclo.

Los detalles están contenidos en la tesis de doctorado “La gestión compleja del agua en el caso del área metropolitana de Guadalajara: una mirada desde el poder de la naturaleza y la transformación del mundo”, del investigador del Centro Interdisciplinario para la Formación y Vinculación Social del ITESO, Mario López Ramírez.

El documento es uno de los primeros acercamientos a nivel nacional al ciclo del agua de la metrópolis, sus orígenes y repercusiones en el planeta.

Otra aportación inédita de esta tesis es que coloca a la naturaleza como un agente de poder político —más fuerte que cualquier partido de cualquier país—, pues es capaz de darle vida o paralizar a las instituciones humanas, igual que algún hecho en el que se implican poderes y contrapoderes: unas elecciones, una guerra, una crisis de gasolina.

“Un huracán o una tormenta de nieve, por ejemplo, tienen tanto poder como para frenar la vida”, explica el investigador.

Quizás quienes vieron la serie The Crown (Netflix, 2016), recuerdan la crisis que enfrentó Winston Churchill por haber despreciado la venganza de la naturaleza durante la Gran Niebla, como se llamó a la combinación entre una inversión térmica y la contaminación provocada por la combustión de carbón en Londres, entre el 5 y el 9 de diciembre de 1952. Las consecuencias fueron unas 12 mil muertes y cientos de miles de enfermos en la capital de Inglaterra.

El concepto de la naturaleza como un agente de poder político fue aceptado por la academia de la Universidad de Guadalajara, donde Mario López hace el doctorado en Ciencia Política –en 2018, Mario López y el investigador de la Universidad de Guadalajara Jaime Preciado Coronado publicaron el artículo “El poder de la naturaleza: ¿un nuevo agente político?”, dentro del libro Conceptos políticos. Herramientas teóricas y prácticas para el siglo XXI, una compilación de Melissa Amezcua Yépiz y David Bak Geler Corona–.

El investigador recuerda que el concepto de las relaciones de poder existen en la naturaleza desde antes que el hombre poblara la Tierra. Algunos ejemplos son las cadenas de depredadores, el macho alfa, la abeja reina… Incluso era tomado en cuenta entre los primeros humanos, quienes le daban la calidad de Dios a la lluvia, los rayos y otros fenómenos naturales.

Hoy se nos desdibuja la relación que existe entre la sociedad y la naturaleza, las concebimos como campos separados. “En realidad somos naturaleza. El ciclo del agua es nuestro propio ciclo de vida”.

Tampoco se toma en cuenta la participación política y geopolítica que tiene la naturaleza.

La tesis de Mario López hace evidente cómo nuestra relación con la naturaleza genera un nuevo paradigma. Ya no estamos ante el rayo. El cambio climático nos puso frente a la intensificación y masificación de fenómenos naturales.

También pone de manifiesto la falsa separación entre las ciencias sociales y las exactas e invita al pensamiento complejo desde las distintas licenciaturas y profesiones.

Desde este punto de partida y su experiencia en temas relacionados con el agua, el académico se preguntó cómo es hoy y cómo debería ser la gestión del agua; es decir, las acciones que realizan los administradores, especialistas y ciudadanos comunes para que ésta fluya de una manera adecuada.

De la idea de la naturaleza como agente de poder político surge otra: “nosotros gestionamos al agua y ella nos gestiona a nosotros”, dice el académico. El calentamiento del mundo, que las personas hemos acelerado en menos de un siglo, hace que el agua genere cosas entre la humanidad. Igual ocurre con la contaminación. Por ejemplo a 20 minutos del ITESO está el desecho de fluidos industriales y agroquímicos en el Río Santiago, por el corredor industrial de El Salto y la actividad agrícola, que han dejado una estela de enfermedad y muerte en las poblaciones de los alrededores.

Mientras esto ocurre, añade Mario López, el modelo tradicional de administración pública se ha basado en el manejo únicamente de las aguas superficiales, solo en el estado líquido, no el sólido ni mucho menos el gaseoso. “Es fácil que los funcionarios digan ‘hagamos una presa’ o ‘lo importante son las plantas de tratamiento’, porque piensan en contener y distribuir el agua líquida”. Este paradigma genera una red de negocios multimillonarios, de 26 mil millones de pesos en el caso de la presa de El Zapotillo, pero no una gestión adecuada, en la cual el ciclo, no el elemento, sea visto como la unidad.

En la investigación de Mario López, la unidad de gestión es el ciclo del agua: las nubes, la lluvia, el árbol, la tierra, el agua subterránea y el agua atmosférica, para las cuales no existen políticas públicas.

Al final, recuerda el académico, las presas no sirven sin ríos; los ríos no se llenan sin lluvia; la lluvia no se puede generar sin un sistema de baja presión que en caso de Guadalajara no se genera en Chapala ni en La Primavera y ni siquiera en la Sierra Madre Occidental, sino a miles de kilómetros. “Tenemos una dependencia increíble de África –de 90 por ciento de la lluvia que cae sobre esta región—. Si algo pasa allá por el calentamiento global, nos quedamos sin agua… Eso está para temblar”.

A eso se añade otro factor que sí podría ser controlado desde las administraciones municipales: la impermeabilización del Valle de Tesistán y otros suelos del área metropolitana de Guadalajara, a fuerza de la construcción de fraccionamientos en uno de los territorios más privilegiados de América Latina, tanto por la permeabilización de lluvia hacia el subsuelo, como por la riqueza de los nutrientes que existen en este. “Cuentan que en Tesistán quienes cultivaban el maíz no necesitaban ni regar, porque la humedad de su suelo era tan alta que la semilla crecía con solo sembrarla”. Con las construcciones masivas de vivienda en esa zona, no solo se han reducido las áreas de cultivo, sino que se ha expuesto a la evaporación a un agua de excelente calidad, por su tipo de infiltración.

Al mismo tiempo que esto ocurre, no existen datos fidedignos sobre la extracción de agua de los pozos de la metrópolis ni sobre el agua subterránea; es decir, no hay datos integrados sobre el ciclo hidrológico regional, pues no ha sido estudiado en suficiencia como un ciclo: “Hay que dejar de ver los elementos y pensar en el sistema. El agua no es un recurso, sino un proceso. Su gestión es delicada”.

Ante este panorama, la pregunta del siglo es: ¿y qué hacemos?

A decir del especialista del ITESO, el punto de partida se llama conocimiento y conciencia. Conciencia, por ejemplo, de que 80 por ciento del agua que se consume en el mundo es para agricultura de gran escala. Los agricultores poderosos, que poseen sistemas de riego en territorios áridos y semiáridos a fuerza de tecnología, son una de las claves, a favor o en contra, del futuro del agua y de nuestra existencia.

Otras claves son los administradores públicos, que deben ampliar el concepto de la gestión del agua y generar políticas, planes y programas que atiendan al ciclo en su conjunto. “Ya no podemos ser rehenes de la gran ingeniería hidráulica que nos propone a la presa como si esta fuera la fuente”, propone Mario López. Hay que ver cómo se llena la fuente para ir hacia una gestión más compleja. Es urgente comprender la codependencia entre la gestión mutua entre el agua y los seres humanos.

Y en este momento, añade, es indispensable entender que, si el agua escasea, la naturaleza se transformará en un agente de poder político capaz de provocar grandes crisis humanas.

¿Y los ciudadanos? Todas las estrategias domésticas posibles son útiles, pero sirve todavía más entender que informarse y actuar en una escala política son acciones inevitables. La naturaleza ya lo está haciendo.

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