A propósito del Día Internacional de la Mujer Indígena, compartimos los testimonios de cuatro universitarias wixaritari que han transitado por nuestra universidad: lo que significa ser mujer, ser wixárika y ser universitaria al mismo tiempo

Por Katia Pérez y Lupita Orozco

Cada 5 de septiembre se conmemora el Día Internacional de la Mujer Indígena, una fecha que invita a escuchar directamente las voces de quienes han sido históricamente invisibilizadas. En ese espíritu, retomamos las experiencias de cuatro mujeres indígenas —todas ellas estudiantes o egresadas de la universidad— quienes nos compartieron sus reflexiones sobre qué significa ser mujer, ser wixárika y ser universitaria al mismo tiempo. Sus voces buscan visibilizar trayectorias que suelen quedar fuera de los reflectores. Este encuentro con estas cuatro mujeres no busca hablar de las mujeres indígenas, sino escucharlas hablar de sí mismas.

Cuatro trayectorias, un mismo territorio de resistencia

Las protagonistas de estos testimonios son:

  • Zulema de la Cruz, primera arquitecta del pueblo wixárika, originaria de Nayarit, hoy estudiante de la maestría en Edificaciones Sustentables en el ITESO.
  • Tuutu Carrillo, originaria de San Andrés Cohamiata, hablante y traductora de la lengua wixárika, reconocida en 2005 por su trabajo en la promoción de los derechos reproductivos, y estudiante de Psicología en el ITESO.
  • Diana Guadalupe Montoya, maestra en Derechos Humanos y Paz, licenciada en Derecho, intérprete y traductora de wixárika, ex regidora de Mezquitic y actual directora de Pueblos Originarios en el gobierno municipal de Guadalajara.
  • Aukwe Sofía García, licenciada en Ciencias de la Comunicación, coordinadora de la mesa de comunicación del Consejo Regional Wixárika y colaboradora de radio.

Cada una llegó al ITESO por caminos distintos pero coinciden en un punto de partida: la universidad significó un choque cultural. Pasar de la comunidad a la ciudad, y de la ciudad al salón de clases, implicó enfrentar discriminación —de compañeros y también de personal administrativo—, rezagos en el manejo de tecnologías y en el dominio del inglés, y dificultades económicas que en algunos casos las llevaron a trabajar y estudiar al mismo tiempo, e incluso a perder becas que después tuvieron que recuperar con mucho esfuerzo.

A esos retos se sumó algo más silencioso: la sensación de que la educación en la ciudad es profundamente individualista, en contraste con la lógica comunitaria en la que crecieron. Aun así, ninguna de las cuatro cortó el vínculo con su comunidad de origen; al contrario, buscaron activamente formas de regresar y devolver a sus pueblos lo aprendido.

Lo que sostuvo el camino

Entre las cosas que les permitieron continuar, mencionan el apoyo de sus familias y una motivación personal difícil de quebrar. Una de ellas destaca, en particular, el valor de la terapia psicológica ofrecida por la institución como un sostén fundamental en los momentos más difíciles.

También señalan que estudiar en grupos diversos enriqueció su paso por la universidad, al permitirles debatir con otras agendas y otras miradas; pero identifican un vacío persistente: la falta de acompañamiento intercultural. Muchos tutores, dicen, no cuentan con un conocimiento profundo de las costumbres y realidades de las comunidades indígenas, lo que complica procesos como la elaboración de tesis vinculadas a pueblos originarios.

De ese recorrido, en el que han vivido obstáculos administrativos, choque cultural y también logros, nació en ellas un compromiso más amplio: usar lo aprendido en el servicio público y el activismo, para abrir espacios y defender los derechos de los pueblos originarios. Todas coinciden en que su paso por el ITESO las convirtió, quieran o no, en referentes para otras mujeres indígenas que vienen detrás.

Lo que proponen para quienes vienen después

Las cuatro ofrecen recomendaciones dirigidas a otras estudiantes indígenas: buscar apoyo en espacios como el colectivo “Nuestras Culturas, NuCu” o en CJuven con el acompañamiento psicoemocional; no perder el vínculo con la comunidad de origen; desarrollar resiliencia frente a los retos académicos, económicos y culturales; y creer en la propia capacidad para estudiar cualquier carrera, sin dejarse definir por prejuicios externos. También invitan a negociar los requisitos que representan una barrera, entre ellos la exigencia del dominio de un idioma extranjero como el inglés, poniendo sobre la mesa saberes propios, como el dominio de una lengua indígena.

Pero sus reflexiones no se quedan solo en recomendaciones entre pares. También plantean una serie de tareas pendientes para el resto de la comunidad universitaria:

Fortalecer el acompañamiento intercultural, con tutores y personal administrativo capacitados en las realidades de los pueblos originarios —incluso proponen crear un catálogo de profesores con experiencia en este campo.

  • Impulsar programas de sensibilización sobre racismo, colonialidad y patriarcado, y cómo estas estructuras inciden específicamente sobre las mujeres indígenas.
  • Reconocer y valorar el bilingüismo de las y los estudiantes que hablan lenguas indígenas, en lugar de tratar el inglés como el único idioma con valor académico.
  • Fortalecer espacios propios, como el colectivo NuCu, y explorar la posibilidad de una casa de estudiantes para pueblos originarios.
  • Flexibilizar trámites administrativos —validación de documentos, procesos de titulación— que hoy funcionan como obstáculos innecesarios.
  • Garantizar el acceso a apoyo psicoemocional para todo el estudiantado.

Detrás de estas propuestas hay una idea que las cuatro repiten de distintas formas: la categoría “mujer” es plural, y las experiencias de las mujeres indígenas no caben en un solo molde. Escucharlas es el primer paso para dejar de invisibilizarlas.

Una conversación siempre vigente

Cada Día Internacional de la Mujer Indígena es también una invitación para la comunidad del ITESO: preguntarnos qué tanto se ha avanzado en el acompañamiento intercultural, en la flexibilidad de los requisitos administrativos y en la construcción de espacios propios para estudiantes de pueblos originarios. Como lo plantean las propias protagonistas de estos testimonios, la educación puede entenderse como un territorio de resistencia y construcción colectiva, no solo como un logro individual, y ese territorio se sigue construyendo todos los días.

 

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