Una abogada, un pintor y una directora de teatro respondieron a las dudas que comúnmente atormentan a los jóvenes artistas que buscan emprender su camino profesional: ¿cómo cobrar una obra?, ¿qué implica registrar una pieza? y, claro, ¿cómo tener finanzas sostenibles en este campo?
«Si te vuelves artista te vas a morir de hambre». La anterior es una mentira que el artista plástico jalisciense Ricardo Mejorada está cansado de escuchar. Un estigma que desmotiva a nuevas generaciones que podrían aportar al panorama cultural de la región y que también deslegitima una profesión que, para él, tiene el mismo valor que cualquier otra.
Sin embargo, lo cierto es que emprender este camino (como muchos otros en el país), conlleva sus retos y varía según la disciplina artística. Ante este contexto la Sociedad de Estudiantes de la Licenciatura en Arte y Creación del ITESO organizó el conversatorio “¿Eres creativo emprendedor?”, en el que participaron Mejorada, Natasha Barhedia, creadora escénica y Alina Cacho, profesora de Legislación Cultural en la universidad.
SAT para artistas
“Bueno, nadie quiere darse de alta”, dijo Barhedia, empatizando con todos los asistentes quienes soltaron algunas risas. No obstante, señaló que darse de alta en la Secretaría de Administración Tributaria (SAT), más que un trámite burocrático, es el primer paso para profesionalizar una carrera artística. Sin este registro es imposible trabajar con instituciones que exigen facturas, recibir pagos formales o participar en convocatorias públicas que requieren constancia fiscal, e.firma y comprobantes al corriente.
Cacho añadió que el régimen fiscal que elijan es crucial, pues determina la forma de declarar ingresos, deducir gastos o constituir iniciativas en el futuro. Subrayó que la informalidad puede ser un obstáculo para trámites básicos, como recibir apoyos, acceder a fondos públicos o trabajar con gobiernos municipales y estatales, donde pedir la constancia fiscal es el primer filtro.
En el país, es común que muchos artistas trabajen bajo el régimen de Persona Física con Actividad Empresarial y Profesional, dentro de la categoría de “Artistas y Técnicos Independientes”, lo cual les permite facturar y deducir gastos. Cacho mencionó que también existe el Régimen Simplificado de Confianza (RESICO), que reduce el pago del Impuesto Sobre la Renta (ISR), a tasas entre el uno y dos por ciento, para quienes tienen ingresos moderados. Pero limita constituir una asociación civil y es un obstáculo para grupos que buscan acceder a donativos deducibles o proyectos de mayor escala.
Sobre esto Barhedia añadió que el SAT permite combinar actividades dentro del mismo régimen siempre y cuando sean compatibles, algo crucial en un país donde la mayoría de los artistas diversifican sus ingresos. “Soy artista y técnico independiente […] también tengo otros trabajos […] soy comerciante también y doy clases”, añadió. Recomendó a los asistentes tener dos cuentas bancarias: una destinada exclusivamente a los ingresos y gastos relacionados con su trabajo artístico y otra para su vida personal. Esta separación, explicó, permite llevar un control más organizado de las inversiones y los costos reales de producir obra.
¿Cómo vender?
Los ponentes aseguraron que aprender a cobrar es un reto que no es exclusivo del arte. Sin embargo, en este campo se vuelve un poco complejo, ya que implica traducir procesos creativos (a veces intangibles), en valores económicos. Mejorada insistió en que fijar precios no depende solo del tiempo invertido o del costo de los materiales, sino de comprender cómo funciona el mercado y estudiar los precios de obras similares para tener una referencia realista.
En el caso de las artes visuales, Mejorada explicó que muchos utilizan el cálculo por centímetro cuadrado una práctica estandariza el precio. El valor de las obras crece conforme circula, se vende y se consolida un historial de ventas. Resaltó que se debe proteger la consistencia del precio, pues bajar demasiado el costo de una pieza, puede afectar la percepción del valor del trabajo del artista. Por último, recomendó a los jóvenes acercarse a galerías y subastas para observar estas dinámicas. Desde las artes escénicas Barhedia recomendó estar atentos a convocatorias regionales hasta internacionales, a través de las redes sociales de las secretarías de cultura y una página llamada On the move.
En paralelo, Cacho recordó que el acto de cobrar no solo tiene implicaciones económicas, sino también legales. “Vender una pieza no significa transferir los derechos de reproducción”, por lo que un artista debe tener claridad sobre qué está vendiendo: la obra física, una reproducción o los derechos de explotación. En proyectos colaborativos, particularmente en artes escénicas, el valor de una obra también incluye la división de autorías, porcentajes y acuerdos previos que deben quedar por escrito para evitar problemas posteriores. “Es mejor que la venta no sea por medio de palabras, sino que haya algún contrato de compraventa de obra […] para especificar todas estas cuestiones de qué pasa con los derechos”.
¿Cómo registrar una obra?
Registrar una obra no es un requisito para que exista la autoría, pero sí es una herramienta fundamental para protegerla. Aunque la ley reconoce al creador desde el momento en que la obra existe, contar con un registro oficial facilita resolver disputas legales y evita malentendidos en procesos de venta, circulación o colaboración. Como explicó Alina Cacho: “La autoría se presume […] no necesita forzosamente estar registrada para que se reconozca”.
Hasta hace poco, el trámite podía realizarse de manera relativamente práctica a través de la plataforma de INDAUTOR. Sin embargo, ante su suspensión, ahora es posible registrar cualquier tipo de obra mediante un procedimiento por correo electrónico.
FOTO: Zyan André
