Martha Muñoz investigó los procesos de aprendizaje que viven las personas de las comunidades que son acompañadas por los Proyectos de Aplicación Profesional (PAP), cómo estos inciden en su vida cotidiana, en su manera de organizarse y en la forma en que se reconocen dentro de lo colectivo
A principios del siglo XX, en México ya se discutía que la labor de las universidades no podía permanecer ajena a las necesidades y problemáticas sociales del país. Con el paso de las décadas, esta preocupación se tradujo en distintas iniciativas hasta que, en 1945, la obligación de prestar servicio social se incorporó a la Constitución Política. Desde entonces, y a través de diversos modelos pedagógicos, las instituciones educativas han buscado incidir en sus entornos, particularmente mediante esquemas de aprendizaje y servicio.
A lo largo de su historia, estos procesos han sido objeto de múltiples investigaciones, sobre todo aquellas centradas en los aprendizajes de los estudiantes. Sin embargo, para Martha Muñoz, profesora de la Coordinación de Innovación, Desarrollo y Exploración Académica (CIDEA) del ITESO, los actores sociales que participan en los proyectos también son protagonistas. “Al comenzar un proyecto de vinculación universitaria, creo que nunca imaginamos todo lo que puede despertar en el interior de las personas. Más allá de tener los problemas visibles, estos procesos abren espacios donde surgen cambios que tocan la vida de quienes participan”, señaló.
La anterior fue una de las conclusiones de su investigación doctoral, que compartió durante el primer ciclo de 2026 del Seminario Permanente de Economía Social y Solidaria del ITESO, realizado en el marco de los 20 años de la creación de los PAP. La investigación partió de dos cuestionamientos: si se habla constantemente de cómo aprenden los estudiantes, ¿qué sucede con los aprendizajes de las personas de las comunidades que se vinculan con la universidad?, ¿cómo impactan en su vida?
Para responder a estas preguntas, situó su trabajo en la cooperativa Corazón de Maíz, ubicada en San Cristóbal Zapotitlán, Jalisco, una comunidad caracterizada por la producción artesanal elaborada con palma, hoja de maíz y ocochal. Desde hace aproximadamente siete años, el ITESO ha acompañado a este colectivo de mujeres artesanas a través de distintos PAP, con el objetivo de explorar alternativas de comercialización más sostenibles y justas. “Parte del acompañamiento que el ITESO hace es que decidan si realmente quieren ser una cooperativa y qué es ser una cooperativa”, explicó la investigadora durante su presentación.
A partir de entrevistas a profundidad, identificó los perfiles de las mujeres que conforman el colectivo, las razones por las que participan en él, su manera de vivir el cooperativismo, la forma en que aprendieron su labor artesanal, su experiencia con los PAP y el sentido que el trabajo tiene en su vida. “Para mí ser artesana es un orgullo porque represento mis raíces, mi arte y mi creatividad y un sueño hecho realidad, porque yo soñaba con viajar y exportar más artesanías, darlas a reconocer”, compartió una de las integrantes del grupo.
La investigadora señaló que la mayoría de las mujeres aprendió el oficio de manera empírica, a través de la práctica cotidiana y del acompañamiento de familiares cercanos, principalmente de sus madres u otras mujeres de la comunidad. Este modo de aprendizaje (basado en observar, hacer y corregir), marcó también la forma en que el proyecto universitario tuvo que ajustarse para acompañarlas desde sus propios ritmos y saberes.
Uno de los hallazgos que Muñoz subrayó fue que muchas de las integrantes habían pertenecido previamente a agrupaciones que se nombraban cooperativas, pero funcionaban bajo esquemas de reventa, en los que las artesanas no recibían un pago justo por su trabajo. Esa experiencia previa hizo que el término cooperativa generara desconfianza en algunas. “Al principio trabajamos mucho con la deconstrucción del cooperativismo”, explicó la profesora, al referirse a la necesidad de resignificar el concepto desde lo práctico.
En este contexto, plantea que el acercamiento al cooperativismo debe ser un proceso integral y gradual, que respete la identidad, las metas personales y colectivas de las mujeres. Se trata de generar espacios para hacer conscientes los principios del trabajo cooperativo sin caer en la reiteración constante, un riesgo presente en proyectos donde cada semestre se integran nuevos estudiantes.
Comprender estos procesos resulta clave para que los proyectos de vinculación universitaria sean sostenibles y replicables para las personas de las comunidades. Aunque muchas de las actividades estuvieron orientadas a mejorar los modelos de comercialización y gestión, lo que sostuvo la participación de las mujeres en el colectivo fue, en gran medida, la convivencia: “Me ha servido en mí participar en Corazón de Maíz porque tengo más convivencia con más artesanas, aparte me han enseñado a valorar a los demás y a darnos a conocer tal y como somos”, compartió una de las integrantes del grupo.
Recalcó la importancia de que los proyectos impulsen la capacidad de agencia de las personas y no la dependencia. “Otra cuestión es de la externalización del conocimiento a la valorización del saber local […] su saber es tan importante que a nosotros nos enriquece también como universidad”, concluyó.
FOTO: Zyan André
