ITESO. UNIVERSIDAD JESUITA DE GUADALAJARA

El asesinato de Floyd y la brutalidad policiaca. Desigualdades y experimentos sociales fallidos

Jun 8, 2020 | DERECHOS HUMANOS, OPINIÓN |

Black Lives Matter, el movimiento resultante del hartazgo de agravios acumulados durante siglos en Estados Unidos, devela la rotunda falla del modelo social y económico alimentado (y justificado) en la cultura del racismo y los estereotipos. La reciente ejecución de Giovani López, presuntamente a manos de policías, nos recuerda que nuestro modelo también está en llamas, lejos de la paz, la justicia y la vida en un marco de igualdad.

POR ALEJANDRO ANAYA MUÑOZ, PROFESOR-INVESTIGADOR DEL DEPARTAMENTO DE ESTUDIOS SOCIOPOLÍTICOS Y JURÍDICOS Y COORDINADOR DE LA MAESTRÍA EN DERECHOS HUMANOS Y PAZ DEL ITESO. @alejandroanaya 

El brutal asesinato de George Floyd por un oficial de la policía de la ciudad de Minneapolis, Minnesota, el pasado 25 de mayo, ha consternado y sacudido a la sociedad de los Estados Unidos, y más allá. Este nuevo caso de ejecución extrajudicial de una persona afroestadounidense por parte de un policía blanco ha señalado, una vez más, el carácter sistémico del problema de la brutalidad policial en contra de personas pertenecientes a minorías y ha generado una nueva ola de intensas protestas en un gran número de ciudades en los Estados Unidos. ¿Cómo entender este caso y en general la brutalidad policial y la movilización social resultante en los Estados Unidos y qué “nos dice” o qué tipo de reflexiones nos provoca, como comunidad ITESO, con respecto a nuestra propia realidad local y nacional?

Como ya he sugerido, la brutalidad de las fuerzas de policía en contra de minorías no es nueva en los Estados Unidos. El modelo policial estadounidense actualmente existente puede rastrearse de manera directa a la época del esclavismo y la función de controlar y dominar a los “negros” y proteger a la vida y las propiedades de los “blancos”. Tampoco es nada nuevo que tenga consecuencias fatales para las víctimas; que los casos queden en impunidad[1], y que las agresiones, las muertes y la ausencia de justicia resulten en olas de incontrolables protestas, en las cuales, a su vez, se dan nuevos casos de uso excesivo de la fuerza.

Algunos de ustedes, por ejemplo, podrán recordar las imágenes captadas en video y transmitidas por televisión en 1991, que mostraban a un grupo de policías de Los Ángeles golpeando de manera salvaje al afroestadounidense Rodney King y la tremenda ola de protestas que se desencadenó, después de que un jurado absolviera a los policías involucrados. En las décadas que siguieron, la violencia policial en contra de personas afroestadounidenses o pertenecientes a otras minorías siguió dándose una y otra vez en distintas ciudades del país. No obstante, el impacto mediático y político de los casos en sí y de la movilización social resultante se intensificó de manera particular a mediados de la década pasada – en pleno mandato del primer presidente negro en la historia de los Estados Unidos – tras el asesinato del adolescente afroestadounidense Michael Brown a manos de un policía blanco en Ferguson, Missouri, en 2014. El hartazgo y los agravios acumulados y la furia social que se generó tras el caso llevó al surgimiento del movimiento Black Lives Matter, que desde entonces ha asumido un liderazgo y protagonismo particular en el monitoreo cercano, difusión de los casos y en la movilización social.

El asesinato de George Floyd y muchos otros similares se dan en el contexto de una cultura institucional marcada por los estereotipos y el racismo.

Ahora, Estados Unidos está de nuevo “en llamas” tras la ejecución extrajudicial de una persona afroestadounidense perpetrada por un policía, en esta ocasión, como en muchas otras, aunque no en todas, blanco. Detrás de este caso, está un modelo policial profundamente racista, como ya he sugerido históricamente orientado a proteger la vida, la integridad física y la propiedad de las personas “blancas” de los grupos que socialmente han sido construidos como su principal amenaza: los “negros” [2] o las personas de “otros colores”. En este sentido, el asesinato de George Floyd y muchos otros similares se dan en el contexto de una cultura institucional marcada por los estereotipos y el racismo, la cual, a su vez, se ha desarrollado y enquistado dentro de un marco más amplio, que permea a toda la sociedad, la economía y la política estadounidense. Se trata de un marco de entendimientos intersubjetivos basados en la construcción social de un “nosotros” blancos, buenos, trabajadores, honestos y respetuosos de la ley; y de un “ellos” de color, malos, flojos, viciosos, criminales y amenazantes.

En un sentido más profundo, la brutalidad policial en los Estados Unidos tiene que ver entonces con la construcción social de una desigualdad moral entre las personas, o los distintos grupos sociales, fabricada e impuesta por los grupos hegemónicos. Esta desigualdad moral, más aún, se complementa por una desigualdad material, creada y reproducida durante siglos por modelos de desarrollo económico basados en la explotación y la exclusión. Así, estas dos desigualdades se alimentan la una a la otra, en un ciclo vicioso que genera una sociedad no solamente injusta, sino incluso disfuncional. En este sentido, el análisis de Cornell West (profesor de Filosofía de la Universidad de Harvard y profesor emérito de la Universidad de Princeton) es crudamente esclarecedor. En una reciente entrevista televisiva, ofrecida tras el asesinato de George Floyd y en el medio de la expansión de la ola de protestas en Minneapolis y otras ciudades, West concluyó que los Estados Unidos (America, como ellos le llaman) es un “experimento social fallido”. “Lo que quiero decir –apuntó West— es que la historia de la gente negra por más de 200 años en América ha estado mirando al fracaso de América; su economía capitalista no pudo generar y cumplir su promesa de que la gente pueda vivir vidas decentes. El Estado-Nación, su sistema de justicia penal, su sistema legal, no pudieron generar la protección de los derechos y libertades.”[3] Para algunos quizá resulte problemático catalogar como “experimento fallido” a la nación que ha dominado al mundo política, militar y económicamente durante muchas décadas. Pero lo es, claramente, desde la perspectiva de que no ha logrado eliminar o desmontar las desigualdades moral y material que han marcado toda su historia. Y mientras esas desigualdades subsistan o incluso en la medida en se hagan más profundas, los Estados Unidos estarán, si bien de manera intermitente, “en llamas”.

El doctor Alejandro Anaya, es profesor e investigador del Departamento de Estudios Sociopolíticos del ITESO y coordinador de la Maestría en Derechos Humanos y Paz. Es integrante del Sistema Nacional de Investigadores y tiene varias publicaciones relacionadas con derechos humanos, política y relaciones internacionales.

¿Y las llamas de México y de Jalisco?

¿Qué nos dice todo esto sobre nuestra realidad próxima; sobre nuestro presente mexicano? ¿Qué reflexión nos sugiere la situación actual en Estados Unidos, más allá de la empatía que en estos momentos podamos sentir por las comunidades afroestadounidenses, sus agravios y reclamos? ¿Cómo se expresa nuestro propio racismo? ¿Cómo se manifiestan nuestras profundas, abismales y enquistadas desigualdades (en la asignación de valor moral y en la distribución de bienes materiales)? Nuestros propios monstros son enormes, amenazantes y despiadados. Justo al momento de terminar de escribir este comentario, se dio en nuestra ciudad el más reciente caso de brutalidad policial a la mexicana: la ejecución extrajudicial de Giovani López, a manos de la policía de Ixtlahuacán de los Membrillos, en el Área Metropolitana de Guadalajara, y el uso excesivo de la fuerza por parte de la policía al reprimir una movilización social de protesta generada por el caso. Más allá de la violencia policial, la militarización, la violencia criminal, la desaparición de personas, la trata, los feminicidios, la tortura, la discriminación contra los pueblos indígenas y otros grupos sociales y un largo etcétera tienen a nuestro país “en llamas”. México, en este sentido, también es un experimento social fallido y mientras lo sea, es decir, mientras no supere sus desigualdades no podremos vivir en paz, en un marco de igual respeto a los derechos de todas y todos y verdaderamente florecer como comunidad.

Agradezco los comentarios y recomendaciones de Barbara Frey a una versión previa de este comentario.

Referencias:

1 Es notable, en este sentido, que los policías blancos que asesinaron a los afroestadounidenses Jamar Clark, en 2015 y a Philando Castile, en 2016, en las “Ciudades Gemélas” (Minneapolis y San Paul) fueron en su momento absueltos, mientras que el único policía que recientemente ha sido condenado por asesinar a un civil fue un oficial de origen somalí que asesinó a una mujer blanca.

2 Para un acercamiento a la disparidad en la acción policial con respecto a la población afroestadounidense en Minneapolis ver Richard A. Oppel Jr. y Lazaro Gamio, “Minneapolis Police Use Force Against Black People at 7 Times the Rate of Whites”, The New York Times, 3 de junio 2020, https://www.nytimes.com/interactive/2020/06/03/us/minneapolis-police-use-of-force.html (consultado el 5 de junio 2020).

3 Ian Schwartz, “Cornel West: America Is A Failed Social Experiment, Neoliberal Wing Of Democratic Party Must Be Fought”, Real Clear Politics, 29 de mayo 2020, https://www.realclearpolitics.com/video/2020/05/29/cornel_west_america_is_a_failed_social_experiment_neoliberal_wing_of_democratic_party_must_be_fought.html (consultado el 4 de junio 2020), traducción libre.

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