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Las provocaciones que nos presenta “quedarnos en casa” nos develan perspectivas muy diversas para reconocer nuestros arraigos, historias, silencios, a veces ansiedades. Esta soledad “obligada” nos permite comprender y experimentar este encuentro con nosotros mismos y en conexión con los demás, en comunión, pues el “yo” nunca está sólo. 

Por Fernando Villalobos, profesor del Centro Universitario Ignaciano 

Ilustración de Hugo García, profesor del Departamento del Hábitat y Desarrollo Urbano

18/05/2020

Mucho se ha escrito y reflexionado, tal vez hasta el cansancio, sobre esta contingencia sanitaria que nos ha obligado a permanecer en confinamiento y a enfrentar los temores e incertidumbre que abriga nuestra vulnerabilidad. La ya identificada expresión “quédate en casa”, encierra en sí misma múltiples acepciones, ordenadas de acuerdo a la amplia y diversa gama de escenarios en los cuales habitamos y nos desarrollamos. 

“Quédate en casa” a estas alturas puede resultar una expresión no deseada, pero también una expresión que nos remite a situarnos en el “aquí y ahora”, que nos detiene y nos pone frente a muchos rasgos de la propia existencia que -aunque sabemos que están allí-, en la cotidianeidad no necesariamente atendemos o hacemos consciencia de ellos, de repente nos encontramos frente a nosotros mismos. 

Los resultados de esta experiencia vivida hasta ahora, estarán asociados necesariamente y de manera particular a cada persona, seguramente aparecerán vinculados a un mismo punto de partida, a una misma provocación (Covid-19), pero diversificados en cuanto a sus resultados, es decir, a lo que estas provocaciones han generado en cada quien. 

Por una parte, para algunos estudiantes foráneos, ha representado la oportunidad para regresar a casa y reconocer su ámbito familiar y su dinámica quizá un poco olvidada, ya sea por la premura del tiempo del que se dispone (cada vez más escaso en cada “regreso”), o de los “diferentes regresos -sin pausas-” acontecidos durante los periodos escolares. 

Para otros estudiantes, seguramente ha sido diferente, tal vez ha significado un reencuentro con las personas con las que habitan, reconocimiento del arraigo en el grupo familiar e incluso una mirada obligada, enriquecida, gradual y profunda a la propia identidad, o a la propia historia.  

Existe la posibilidad de que haya alguien a quien le ha representado un silencio incómodo, o la creciente necesidad de salir en busca de distracción, de experimentar ese regateo para parar, para detenerse y hacer silencio; y de pronto sentir el miedo ante las cosas que pudiera encontrar y que se sienta obligado a atender, porque cuando el silencio se hace presente puede llegar acompañado de la ansiedad.  

Al dialogar con uno de los estudiantes voluntarios del Centro Universitario Ignaciano (CUI), me decía que había leído que “nuestro inconsciente es como el perro encerrado en una habitación oscura y que hoy hemos sido obligados a entrar en esa habitación”. 

Problematizando un poco, tal vez el asunto radica y resulta más complejo cuando aparece frente a nosotros mismos la exigencia de mirar más allá de nosotros mismos, de mi propio yo –donde aparece la alteridad-, y empezar a distinguir otras voces que pareciera que se salen de mi “hoy cotidiano” y sin embargo están en él y ponen a prueba la propia inteligencia espiritual, el llamado intus legere” (leer dentro), -que nos faculta para interrogarnos por el fin, por el sentido, por la razón de ser-, y al mismo tiempo la propia capacidad de tomar distancia de la realidad, que nos va exigiendo descubrir nuevas versiones de nosotros mismos y una revisión de nuestra forma de relación con “Lo Otro, Los Otros, Conmigo mismo y Con Dios”, sostenida hasta ahora. Esto podría representar un silencio menos incómodo, con mayor fruto, o con nuevas invitaciones, aunque estaría condicionado por la forma de proceder en su abordaje. 

Fernando Villalobos es profesor del Centro Universitario Ignaciano; para comunicarte con él escríbele al correo fvilla@iteso.mx.

Fernando Villalobos es profesor del Centro Universitario Ignaciano; para comunicarte con él escríbele al correo fvilla@iteso.mx.

Ver la “normalidad” a distancia no resulta fácil, pues nos confronta y nos interpela de manera tal que nos exige ineludiblemente asumir posturas que podemos o no estar dispuestos a tomar.  

¿Cómo hacer para traducir esta experiencia?, ¿cómo puedo abordarla desde la espiritualidad?, ¿cómo puedo disponerme y situarme en el “aquí y ahora”? Metodológicamente encontraremos diversas propuestas para este trabajo, sin embargo, considero importante familiarizarnos con algunos “conceptos claves” que podemos encontrar en la obra de (James Martin, SJ, 2015), si observamos de manera especial cuatro rasgos distintivos de la espiritualidad ignaciana y que seguramente ayudarán en este proceso: 

Encontrar a Dios en todas las cosas. Significa que nada se considera al margen del alcance de la vida espiritual. “…todo forma parte de tu vida espiritual. No puedes poner parte de tu vida en una caja, meterla en una estantería y hacer como si no existiera. Tienes que abrir esa caja y confiar en que Dios te ayudará a examinar lo que hay adentro.” 

Ser contemplativo en la acción. “El camino es nuestra casa”, decía Jerónimo Nadal, uno de los primeros compañeros de Ignacio. Pero eran personas activas que adoptaban una postura contemplativa, o meditativa, hacia el mundo. 

Una espiritualidad encarnada. Una espiritualidad encarnada significa creer que a Dios puede encontrársele en los acontecimientos cotidianos de nuestra vida. …Si estás buscando a Dios, mira a tu alrededor. 

Libertad y desapego. Cuando Ignacio dice que debemos estar “desapegados”, se refiere a no estar atados a cosas sin importancia. …No permitir que tu carrera se convierta en una “afección desordenada” que te impida ser libre para conocer nueva gente, pasar tiempo con las personas a las que quieres y ver a las personas como fines, y no como medios. 

Si tomamos en cuenta la naturaleza relacional a la que estamos vinculados en el proceso de la vida, nos daremos cuenta que una parte importante de nuestro desarrollo como personas tiene que ver con el conocimiento de los demás y al mismo tiempo el conocimiento de mí mismo a través de los demás, es una tarea permanente, somos un mundo de relaciones siempre activo, de ahí que nos descubrimos como seres en permanente formación. 

Por lo mismo podemos decir que, no sabemos bien quiénes somos porque en la medida que vamos viviendo y en la medida en que vamos experimentando la vida nos vamos descubriendo a nosotros mismos y a la vez descubriendo todo lo que podemos llegar a ser.  

El reconocimiento del cuidado de sí mismo en esta parte cobra una relevancia vital, y es a partir de la dinámica relacional que vivimos, que nos permite comprender y experimentar este encuentro con nosotros mismos, esta soledad experimentada y entendida no como una desconexión con los demás sino como una soledad para la comunión; es decir, estar sólo, para luego poder estar con el otro. Se trata de ser uno para el otro y con el otro, de tal manera entendida que el yo nunca está sólo. 

Es evidente que cotidianamente existen modificaciones en los ámbitos personal y social, seguramente no saldremos del “quédate en casa” de la misma manera que como entramos, muy probablemente algo habremos modificado o percibimos que algo está en proceso de modificación, en este sentido será muy importante estar atentos a las invitaciones que aparezcan a partir de esta experiencia de confinamiento para actuar en consecuencia.  

Bibliografía: 

Martin James, “Más en las obras que en las palabras”, Sal Terrae 2015 

http://www.redescristianas.net/como-cuidar-de-si-y-de-los-demas-en-tiempos-del-coronavirusleonardo-boff/ 

https://raulugo.indignacion.org.mx/archivos/1524  

Otras Notas

ITESO, Universidad Jesuita de Guadalajara. Periférico Sur Manuel Gómez Morín 8585

C.P. 45604, Tlaquepaque, Jalisco

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