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Confinamiento, tiempo para vivir el amor, la unión y la libertad

Confinamiento, tiempo para vivir el amor, la unión y la libertad

Cultivar la espiritualidad es, irremediablemente, cultivar el amor; es el amor el que nos habilita para la confianza y la fe, para la misericordia y el servicio. El amor es un poder dinámico que es capaz de unir aquello que es diferente; la unión se alcanza cuando se ama con libertad y cuando nos experimentamos amados sin condicionamientos.

 

Cultivar la espiritualidad es, irremediablemente, cultivar el amor; es el amor el que nos habilita para la confianza y la fe, para la misericordia y el servicio. El amor es un poder dinámico que es capaz de unir aquello que es diferente; la unión se alcanza cuando se ama con libertad y cuando nos experimentamos amados sin condicionamientos. 

A lo largo de esta experiencia de pandemia, que nos parece interminable y a la cual no nos acostumbramos, hemos tenido la oportunidad de reflexionar y hacer un viaje a nuestro interior para reconocernos, a ratos de forma dolorosa; enfrentarnos con nuestras heridas, angustiados por los efectos de los errores que cometimos por los miedos que han guiado mal nuestras decisiones y acciones, particularmente con las personas que amamos. Sentimos que nuestro actuar pudo haber generado desconfianza, puesto en riesgo la integridad y unión de nuestra familia o la familia de otros, nuestra irresponsabilidad debilitó la seguridad de nuestros hijos o de nuestros padres y, como si fuera poco, lastimamos gravemente nuestro corazón. 

Reaccionamos, juzgamos y actuamos desde nuestras heridas e insatisfacciones, desde una imagen que buscamos dar a los otros
pero que no es lo que verdaderamente somos. No discernimos.
  

En estos días comentaba con al menos tres personas que si es tan fácil ser feliz, ya que es una decisión personal, ¿por qué nos complicamos y le complicamos la vida a otros? Pareciera que tenemos miedo a ser libres y nos aferramos a nuestros apegos, ataduras y dolores; como si sufriéramos por gusto. Me decía uno de mis hermanos: “todo es por nuestros miedos, no los hemos enfrentado y reaccionamos desde ellos. Nos sentimos agobiados y aislados, como encarcelados. Reaccionamos, juzgamos y actuamos desde nuestras heridas e insatisfacciones, desde una imagen que buscamos dar a los otros pero que no es lo que verdaderamente somos. No discernimos.  

Durante estos meses en que he acompañado a personas con situaciones afectivas que han dificultado sus relaciones, consigo mismos, con sus familias, con sus padres y hermanos, descubro que los problemas habituales se han potenciado porque nos hemos visto obligados a pasar mucho tiempo juntos. En este encierro también han mostrado su rostro doloroso las heridas de nuestro pasado, de cuando nos hicieron sentir rechazados, abandonados, humillados, traicionados, tratados injustamente o presionados porque lo que hacíamos no era suficiente.  Compartir todo el tiempo con los padres y los hermanos, el esposo o la esposa y los niños, encerrados y sin posibilidad de distraerse en otros espacios, además del trabajo en línea que deben desarrollar para cumplir con sus obligaciones escolares y profesionales, configuran la agobiante rutina que, sin dirección ni horizonte claros, no es de extrañar que lleve a las personas al caos interno y externo, y se generen situaciones de violencia. 

Uno de los mayores problemas que se viven al interior de los hogares en el mundo, y México no es la excepción, es la violencia doméstica física, emocional, sexual y económica, particularmente hacia la mujer. Las historias de violencia hacia las mujeres durante la pandemia se han incrementado en diversas partes del mundo y la ONU nos aporta algunos ejemplos de esta “guerra silenciosa”: una mujer palestina quien, en un campamento de refugiados en la Franja de Gaza, había sufrido el maltrato físico y verbal por parte de su marido, y durante el confinamiento el abuso se agravó; o el de otra mujer, que vive en Ucrania con su esposo y sus dos hijos, y que durante la cuarentena ha sido más espiada y acechada por su marido, por lo que su miedo se ha vuelto cada vez más angustiante. Según la ONU, durante la pandemia la cifra de 243 millones de mujeres y niñas que sufren violencia física o sexual por parte de un familiar varón, seguro ha crecido. En México la situación no es diferente, la revista Foro Jurídico reporta que debido al aislamiento tres de cada 10 mujeres han sido víctimas de violencia dentro de su hogar; y, las cifras oficiales de la Secretaría de Gobernación reportan que la violencia intrafamiliar aumentó en 120 por ciento desde marzo, y que de esa violencia 66 por ciento ha sido física y 22 por ciento psicoemocional. Fuera del hogar la situación para las mujeres también es devastadora, según la ONU Mujeres México, en el último año 15.5 por ciento de las mujeres de 15 años y más han sufrido violencia por parte de un desconocido, vecino o amigo. 

¿De dónde surgió esta situación tan dolorosa y humillante, particularmente para la mujer? Una amiga, con quien suelo platicar a propósito de estos temas, y a ratos en discusión franca, con la intención de instruirme y ayudarme a comprender el feminismo, me prestó un libro llamado “La dominación masculina”. En este libro, el sociólogo Pierre Bourdieu, me llevó a reflexionar sobre las relaciones entre los hombres y las mujeres, en él nos anima a alejarnos del círculo de dominación ideológica que vivimos en nuestra vida cotidiana, generalmente sin ser conscientes, y que reiteramos en los rituales familiares y sociales con los que sostenemos nuestras creencias y, por consiguiente, nuestras prácticas. 

En nuestra cultura, la determinación de roles de género entre hombres y mujeres determina la forma de relacionarse entre ambos. Lo masculino, que ha sido relacionado con el poder, la fuerza y lo indefectible es lo que ha estado llamado a dominar, muchas veces con franca violencia, y lo opuesto a ello, lo “débil ha tenido que alinearse a este poder.  

En la intimidad de la vida familiar, comenzamos a conocer y a desarrollar nuestras prácticas según los roles de género culturalmente pre-determinados, a los hombres se nos va adiestrando para reprimir o negar las emociones, sentimientos y anhelos que se ven como signo de debilidad, desvinculados y en oposición a lo masculino.  Pongo como ejemplo lo que muchos de los que somos norteños pudimos vivir en la intimidad de la vida familiar. De niños se nos repetía incansablemente: “¡Los hombres no lloran!, porque el llanto es para el sexo débil y, por lo tanto, el llorar es signo de debilidad. ¡No sea verijón!, la verija en el norte se refiere a la vagina, por lo que es un imperativo a no actuar con miedo, a no dejarse “chingar” en los diversos sentidos que señala Octavio Paz en su magistral ensayo El Laberinto de la Soledad. Los hombres son feos, fuertes y formales” pues solamente la mujer se preocupa de su aspecto, el hombre en cambio debe concentrarse en actuar con temple que es señal de masculinidad, de ser capaz de cumplir aquello a lo que se compromete. Muchos hombres y mujeres crecimos con la imagen del macho del Cine de Oro Mexicano, el valiente, bebedor y mujeriego, el vaquero de las películas del oeste como John Wayne, que cuando murió, según afirman, su esposa suprimió del epitafio su nombre y dejó únicamente “Feo, fuerte y formal.  

Ese lenguaje misógino era utilizado como hostigamiento hacia los hombres, pero no solamente nosotros fuimos formados así, también las mujeres crecieron en ese ambiente, ellas bebieron del mismo vaso. Ambos, hombre y mujer, aprendimos y fuimos llevados a ser vehículos de la misoginia. Este lenguaje y forma de actuar genera extremos, tanto en ellos como en ellas, y polariza nuestras visiones: nos lleva a la negación de la otra y del otro, con ello negamos muestra propia mismidad, que se configura en la conciliación de ambos. La diferencia, hembra y varón, lleva a la complementariedad y no debe ser algo que nos separe, sino que es posibilidad de desarrollo integral, de alcanzar la plenitud que podemos aspirar como humanos.  

Particularmente los hombres, hemos de reconocer aquellos obstáculos afectivos y culturales
que nos impiden acoger lo femenino en nuestra vida, persona, relaciones y afectos,
para abrazarlo en nosotros mismos y asumirlo como parte nuestra.

Es claro que la experiencia familiar de la infancia y adolescencia condicionan nuestra conducta como adultos, a no ser que realicemos un trabajo interior de deconstrucción de esos andamiajes de nuestra edad temprana. Eso quiere decir, reconocer lo que nos hirió, dialogar en ello, deshacer lo que se construyó en nuestro inconsciente para re-construir nuevas formas de pensar, en la que nos reconocemos y a los demás, así como en la forma en la que nos relacionarnos.  

En los años que llevo escuchando y acompañando espiritualmente, me he dado cuenta de que la mujer lidia básicamente con dos estilos mórbidos de ser hombre, padre, pareja, hermano o amigo, que la dejan en desventaja. El macho alfa, rudo y controlador, que la ve como objeto para su servicio y uso, que le impone su poder por la fuerza y la violencia; o el hombre imagen, el inseguro, que se cree guapo y está centrado en sí mismo y su placer, que se cree merecedor de todo, que pone la equidad de género como pretexto para desembarazarse de preocupaciones y responsabilidades, incapaz de discutir y hacer valer su razón, que busca siempre la aprobación, que señala los defectos de la mujer y de los demás para resaltar sus propias virtudes, sus emociones lo manejan y no es capaz de controlarse y se deja llevar por el deseo sobre su compromiso. El desequilibrio de estas maneras de vivir la masculinidad, la insatisfacción, el miedo y la inseguridad que hay detrás de ellos, la frustración y la incapacidad para el amor libre y verdadero, generan violencia contra la mujer y contra el hombre mismo, porque solamente podrá encontrarse y entenderse desde el espacio femenino maravilloso y misterioso.  

Una profesora de nuestro Círculo de Lectura me dijo “durante este tiempo de encierro forzado, se han desatado nuestros peores demonios; han aflorado nuestras inseguridades, miedos, frustraciones y necesidades insatisfechas, llevándonos a una convivencia áspera y violenta en no pocos casos. 

Se requiere ir a lo más profundo de nuestra interioridad para darnos la oportunidad de deconstruir los efectos de esos miedos que, agazapados, nos acompañan a lo largo de nuestra vida. Para tener una sana convivencia debemos aprender primero a convivir con nosotros mismos y nuestros fantasmas del pasado. Fromm señala que la experiencia de sentirnos alejados de lo otro, a lo que él llama separatidad, es la fuente de toda angustia. Estar separado significa estar aislado, sin posibilidad alguna para realizar las capacidades humanas. De ahí que estar separado signifique estar desvalido, ser incapaz de aferrar el mundo -las cosas y las personas- activamente”. Es la angustia de sabernos diferentes, alejados el uno del otro, la que nos hace sentirnos incapaces de abandonar nuestra soledad existencial.  

El amor es un poder dinámico que es capaz de unir aquello que es diferente,
de tirar las barreras que separan al uno del otro, y que lleva al hombre, y por supuesto a la mujer,
a unirse en sí mismo y con los demás.

El ser humano en cuanto tal configura su rostro con dos influencias la femenina y la masculina, “varón y hembra” nos creó, reza el libro del Génesis. No somos dos seres ajenos, pues como lo afirma Fromm, lo masculino y lo femenino son la base de la creatividad. Este confinamiento es una oportunidad de entrar en nuestra interioridad y reconocernos en lo más profundo, de explorar nuestras grandes capacidades y deseos, y también de enfrentarnos a nuestras limitaciones, heridas y necesidades no satisfechas, de reconocernos. Particularmente los hombres, hemos de reconocer aquellos obstáculos afectivos y culturales que nos impiden acoger lo femenino en nuestra vida, persona, relaciones y afectos, para abrazarlo en nosotros mismos y asumirlo como parte nuestra; lo mismo habrán de realizar las mujeres para empoderarse, recuperarse y reconocerse en lo masculino. Como nos dice Fromm, el ser humano tiene una forma de salvar esa separación (lo masculino de lo femenino): el amor, que es el vínculo que permite franquear lo que nos separa para encontrarnos desde lo más profundo del uno y del otro, para que seamos desde la comunión, para descubrirnos desde ella simplemente personas, como subrayaba Alex Zatyrka, S.J. en la Lectio Brevis de este año. Solo el amor transforma, en cualquiera de sus formas, nuestra vida. El amor es el que nos permite ver lo que es la otra persona y buscar aquello que le es bueno. Ese es el amor al que nos llama el Evangelio y que nos presenta como la Voluntad de Dios. 

Este tiempo de confinamiento es tiempo de purificar nuestra mirada, de discernir para ordenar nuestros sentimientos, deseos y acciones. Recuperemos la austeridad interior y exterior, mediante la templanza, con sencillez y creatividad. Desde nuestro espíritu, entremos en la escuela de los afectos para realzar y practicar la paciencia, el respeto, la bondad; busquemos comprender al otro, especialmente a la otra, desde su propio espacio y experiencia, eso requiere que tomemos distancia de nosotros mismos y de nuestros juicios preestablecidos, o aprendidos. Según Fromm, la unión solamente se alcanza cuando se ama, cuando tenemos la capacidad de amar con libertad y cuando nos experimentamos amados sin condicionamientos. Cultivar la espiritualidad es, irremediablemente, cultivar el amor; es el amor el que nos habilita para la confianza y la fe, para la misericordia y el servicio. El amor es un poder dinámico que es capaz de unir aquello que es diferente, de tirar las barreras que separan al uno del otro, y que lleva al hombre, y por supuesto a la mujer, a unirse en sí mismo y con los demás, a encontrarse a sí mismo en el encuentro con los otros, ser más él en el encuentro con ella. 

El equilibrio en mi forma de relacionarme con mi masculinidad y la parte femenina de mi persona, y por supuesto con los otros hombres y mujeres, me lleva a vivir en mayor integralidad y a relacionarme en mayor armonía con los demás. Solamente lograremos la unión interior en la medida que integremos esas dos polaridades: femenino y masculino, primero en nuestra propia persona para poder hacerlo en el exterior de nuestro propio mundo corporal. La integración de esa polaridad masculino-femenino es la base de nuestra creatividad y vitalidad; así como de la creatividad interpersonal, es decir de la creatividad en el nosotros femenino y masculino.  

BIBLIOGRAFÍA 

Pierre Bourdieu. (1998). La dominación masculina. Madrid: Anagrama. 

Andric Núñez Trejo. (2020). Crece la violencia intrafamiliar en México, por el COVID-19. 05/09/2020, de Foro Jurídico Sitio web: https://forojuridico.mx/crece-la-violencia-intrafamiliar-en-mexico-por-el-covid-19/ 

Departamento de Comunicación Global. (2020). Víctimas de la violencia doméstica atrapadas durante la pandemia. 30/08/2020, de ONU Sitio web: https://www.un.org/es/coronavirus/articles/un-supporting-trapped-domestic-violence-victims-during-covid-19-pandemic 

Jorge Monroy. (2020). Segob: violencia intrafamiliar aumentó 120% desde la emergencia del Covid-19. 05/09/2020, de El Economista Sitio web: https://www.eleconomista.com.mx/politica/Segob-violencia-intrafamiliar-aumento-120-desde-la-emergencia-del-Covid-19-20200416-0111.html 

Alexander Zatyrka. (2020). Lectio Brevis, El Sentido de la Inspiración Cristiana de Nuestra Universidad. 7/09/2020, de CRUCE Sitio web: https://www.cva.itesm.mx/biblioteca/pagina_con_formato_version_oct/apaweb.html 

Erich Fromm. (2000). El arte de amar. México: Paidós. 

Erich Fromm. (2005). El miedo a la libertad. Buenos Aires: Paidós. 

Si te gustó el cartel de Hugo García, puedes descargarlo aquí.

Lee más artículos de la serie aquí: https://cruce.iteso.mx/category/espiritualidad-en-el-confinamiento/

 

 

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Sobre el Autor

Gerardo Valenzuela Rodríguez, SJ

Es el director del Centro Universitario Ignaciano del ITESO e integrante de la Compañía de Jesús desde 1990. Se especializa en temas de espiritualidad. Puedes contactarle en el correo gvalenzuela@iteso.mx

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