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Transformar el sufrimiento en belleza

Para encarnar a un sacerdote jesuita en la más reciente película de Martin Scorsese, Silencio, Andrew Gar eld debió pasar por un intenso proceso de formación que incluyó la realización de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio. Movido por el sentido de responsabilidad artística al buscar desempeñar su papel con la mayor delidad, Garfield habla en esta entrevista de los descubrimientos inesperados que vivió en ese proceso
POR BRENDAN BUSSE, SJ

 

La gente hace los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola por diversas razones. Prepararse para protagonizar una película de Martin Scorsese no es una que se oiga a menudo, pero pro- bablemente no sea la peor razón para realizarlos.

La realidad herida

Era un día lluvioso en Los Ángeles cuando fui a comer con Gareld para que me contara sobre su experiencia con los Ejercicios. Nos vimos en un restaurante bullicio- so en Los Feliz, un viejo barrio localizado justo debajo del Observatorio Grith, en East Hollywood. Ambos estábamos hambrientos. Garfield parecía fatigado.

Había estado trabajando por semanas en la promoción de dos películas, filmando una tercera y preparando su regreso a Londres para una producción escénica. Era el 31 de diciembre de 2016, y Garfield estaba comiendo con un jesuita curioso al que no conocía. Yo entendía su cansancio.

“Las películas eran mi iglesia en realidad”, mencionó. “De niño me interesaban las películas y los libros; nada destacable en realidad, simplemente era el lugar donde me sentía reconfortado, donde podía ser yo mismo”.

Tal vez, como dijo, un amor por las historias en la niñez no sea tan destacable, pero luego añadió algo que me pareció muy ignaciano: “Los libros y las películas me transportaban hacia mí mismo, al enorme paisaje interior de mí mismo”.

San Ignacio de Loyola fue transportado de forma similar cuando empezó a escribir los Ejercicios Espirituales. La conversión de Ignacio comenzó cuando se volvió sensible a la complejidad de su ser interior.

En mi conversación con Garfield, me quedó muy claro que el actor comparte esta sensibilidad ignaciana. También fue evidente que su “enorme paisaje interior” está, como el de muchos de nosotros, lleno de heridas y vulnerabilidad. Conoce bien el anhelo del amor, que muchas veces es un anhelo tortuoso.

“Me he visto atraído por las historias que intentan transformar el sufrimiento en belleza”, dijo. “Siento que tengo el don, y a la vez la maldición, de una intimidad con el dolor… con el dolor de vivir…”. Se detuvo como si estuviera juntando fuerzas para decir lo que realmente quería decir, y fue entonces cuando se reveló la fuente del desgaste que yo ya había notado en él: “el dolor de vivir en un tiempo y un lugar donde una vida de alegría y amor es jodidamente imposible”.

La dulce agonía de crear

Andrew Garfield fue, a falta de una mejor palabra, exitoso en los Ejercicios. “Hay tantas cosas de los Ejercicios que me cambiaron y me transformaron, que me mostraron quién era… y dónde creo que Dios quiere que esté”, me dijo. Difícilmente se podría esperar un resultado más positivo de unos Ejercicios. Y su éxito no debería sorprendernos.

Su entrenamiento como actor lo preparó bien para las dinámicas de la oración ignaciana, en la que uno se imagina en una serie de escenas bíblicas con el objetivo de obtener “conocimiento interior” de Dios y articular ese conocimiento en una vida de acción compasiva y servicio generoso. Lo que más le sorprendió, incluso ahora, fue el hecho de enamorarse.

Cuando le pregunté acerca de elementos sobre- salientes de los Ejercicios, fijó sus ojos vagamente en un punto cercano, y se fue alejando hacia un lugar de la memoria. Luego, como si la pregunta lo hubiera transportado de nuevo a la experiencia misma, sonrió ampliamente y dijo: “Lo que me pareció muy fácil fue enamorarme de esta persona, enamorarme de Jesucristo. Eso fue lo más sorprendente”.

Se quedó callado después de decirlo, claramente conmovido por la emoción. Llevó su mano al pecho, justo debajo del esternón, entre la barriga y el corazón, y lo que dijo después vino acompañado de risas: “¡Dios mío! Eso fue lo más impresionante: enamorarme, y lo fácil que es enamorarse de Jesús”.

De repente pude apreciar la autenticidad con la que Andrew vive la alegría del amor y el dolor de la frustración, el dolor que provoca la ausencia de amor. “Me sentí tan mal [por Jesús] y enojado por él cuando finalmente lo conocí, porque todo el mundo le da una reputación tan negativa. Hay tanta gente que le da una fama tan mala. Y ha sido utilizado para tantas cosas oscuras”.

Contra el temor al fracaso

Como Ignacio en su tiempo, Garfield era un joven que buscaba su lugar en el mundo. Y, como muchos de nosotros, debajo de ese deseo cargaba con un miedo profundo, el miedo a no ser suficientemente bueno. “Lo que más quería sanar, lo que le presenté a Jesús, lo que me llevé a los Ejercicios, fue ese sentimiento de insuficiencia”, dijo. “El sentimiento de siempre anhelar la expresión perfecta de esto que todos llevamos dentro. La herida de la insuficiencia. La herida de sentir que lo que tengo que ofrecer nunca es suficiente”.

El momento que recuerda como la experiencia más profunda de la presencia de Dios en su vida sucedió justo antes de su primer trabajo, después de graduarse de la escuela de actuación. Iba a hacer el papel de Ofelia en la obra de Shakespeare Hamlet, en el Globe eatre de Londres. “Faltaban como dos horas para la función, y de pronto sentí que me iba a morir”, recordó. “Nunca había sentido tanto terror: un terror mortal, una sensación de insuficiencia y duda. Terror de ser visto. Terror de revelar y ofrecer mi corazón. De exponerme y decir: ‘Mírenme’”.

Para calmar sus nervios salió a caminar a lo largo de la orilla sur del río Támesis. Era un día nublado, y sus pensamientos se convirtieron en deseos de escapar: “Empecé a pensar en aventarme al río. No tengo nada que dar, nada que ofrecer, soy un fraude”. Ahora lo entiende como un momento de oración: “Estoy pidiendo algo. Estoy pidiendo ayuda.”

Entonces escuchó a un cantante callejero que interpretaba, de manera imperfecta, una canción que reconoció: “Vincent”, de Don MacLean. La imperfección de esa interpretación es lo que más recuerda. “Si ese tipo se hubiera quedado en casa y hubiera dicho: ‘No tengo nada que ofrecer, mi voz no es tan buena, no estoy listo para presentarme en público, no soy suficiente’, si le hubiera hecho caso a esas voces, yo no habría recibido lo que necesitaba”, dijo. “Su disposición a estar vulnerable realmente cambió mi vida. Creo que por primera vez entendí cómo el arte crea sentido, cómo cambia la vida de las personas. Cambió mi vida”.

Ese momento compartido de imperfección artística lo salvó: “Y literalmente las nubes se disiparon, salió el sol y nos cubrió a los dos mientras yo lloraba incontrolablemente. Y sentí como si Dios me agarrara del cuello de la camisa y me dijera: ‘Has estado pensando que si te subes a ese escenario morirás. Pero, de hecho, si no te subes, morirás’”.

“Los Ejercicios me pusieron de rodillas”

Tal vez el ejercicio más crítico para Garfield fue el que trataba acerca de la revelación de algo sagrado: la vulnerabilidad de Dios. Al meditar sobre la Natividad, se imaginó a sí mismo, como lo recomienda Ignacio, como una partera durante el nacimiento de Cristo. “Me sentí en casa. Sentí que era donde debía estar. Al servicio de esta mujer durante este acto tan significativo”. Empezó a ver cómo el antídoto para la humillación podría ser simplemente la humildad. “Dios, ojalá pudiera sentirme así todo el tiempo, ofreciendo mi humilde servicio”, añadió. “Si puedo convertir el contar historias en un servicio, si puedo ser útil, y ser lo más humilde posible durante el proceso…”

La experiencia de los Ejercicios es sagrada porque es un lugar donde descubrimos la verdad del amor, donde la personificación del amor se revela en Cristo.

“Los Ejercicios me pusieron de rodillas”, dijo Garfield, “y, sin embargo, aquí estoy sentado contigo, lidiando con la misma mierda. Hacer la película me pareció una experiencia muy, muy profunda, más profunda que cualquier otra experiencia artística de mi vida, pero no tan profunda como la experiencia de los Ejercicios, aunque muy profunda de todos modos. Ahora la película se va a estrenar (en México se estrenó en febrero de este año), y yo estoy de regreso en la ciudad de la superficialidad. Estoy tratando de reconciliarme con eso”.

Permanecer enamorado no es cosa fácil, así como tampoco lo es permanecer en el momento de la gracia en un retiro o en un momento conmovedor de la oración. El mundo regresa a nosotros y nosotros a él. Pero cuando le pregunté si aún confía en su enamora- miento, sonrió otra vez, hizo contacto visual conmigo y me aseguró: “Dios mío… esto, esto fue suficiente. Si no hubiera hecho la película, habría estado bien de todos modos. Pero la única experiencia que no me gustaría sacrificar, si tuviera que escoger, sería la de hacer los Ejercicios. Me trae tanto consuelo”.

Si Garfield parecía cansado cuando nos saludamos, era todo lo contrario ahora. Cuando contaba las gracias que recibió se veía visiblemente alegre, y se reía a pierna suelta. Aun cuando reconoce que algunos pensarán que “no vale nada”, lucía radiante y libre.

“Ésta es mi oración sincera”, dijo. “Oro por ser más libre para ofrecerme vulnerablemente… y para que estas otras voces, ya sean internas o externas, pierdan un poco su poder de imponerse a esa llama, a la posibilidad de ofrecer nuestro corazón más puro, vulnerable, quebrado y abierto… al servicio de Dios, al servicio de un bien más grande”.

En su esencia, los Ejercicios Espirituales tratan de la personificación del amor, no de la posibilidad de él. La posibilidad —o la imposibilidad— del amor nos paraliza. Pero la personificación del amor, el amor vulnerable, dañado y golpeado que vi en el corazón de Andrew Garfield, el enamoramiento con el que sigue batallando en su relación con Dios y con otros. Esa personificación del amor es la que nos redime a todos al final.

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