CIENCIA Y TECNOLOGÍA

En memoria de Carlos Nafarrate

En esta entrevista, publicada por la revista Magis en 2006, el que fuera una pieza importante de la Ingeniería Electrónica del ITESO despliega sus numerosos intereses por internet, la ciencia, la música o el montañismo. El viernes 6, a las 19:00 horas, habrá una misa en su honor en la capilla de la universidad.

POR ALEJANDRO BARBA

Pionero en la ingeniería electrónica en México, Carlos Nafarrate ha participado, desde la empresa y desde la docencia, en la evolución tecnológica y cultural de las últimas décadas. Ahora, cuando está por cumplir 78 años, continúa estudiando y preparándose para afrontar los nuevos retos en su vida profesional. No por nada su deporte favorito es el montañismo: siempre a la búsqueda de la siguiente cima por conquistar.


Encontrar un algoritmo para que sus alumnos aprendan a aprender ha sido una de las búsquedas que más sorpresas ha dado a este ingeniero. Carlos Nafarrate Mexía se dedica actualmente a dos de sus grandes pasiones: la docencia y el alpinismo. A punto de cumplir los 78 años, este hombre de aspecto reflexivo fue uno de los primeros ingenieros electrónicos en el país.

Como tal, es Senior Member del Instituto de Ingenieros en Electricidad y Electrónica (IEEE) y fundador de la sección Guadalajara de dicha organización. Ha sido empresario en una comercializadora de equipo médico que lleva su nombre, es profesor emérito del iteso y sigue practicando su deporte favorito: caminar en el campo y la montaña. Chale, como muchos lo conocen, es además padre de seis hijos, aficionado a la música y viajero incansable.

Desde que Nafarrate egresó de la universidad en 1950, ha sido científico, docente, empresario y alumno, sin dejar de ser ingeniero electrónico. Claro, su profesión no era lo que es ahora. Antes, en la electrónica de diseño, la mayor parte del trabajo se hacía a base de prueba y error, incluidos los enormes cálculos matemáticos que podían tomar días e incluso semanas en ser resueltos por un equipo de trabajo. Ahora hay poderosas computadoras que hacen cálculos en segundos y sofisticados programas de software son diseñados para simular equipos de trabajo.

Actualmente, en el área de la manufactura “se ocupa mucho más gente, sobre todo en el proceso de programar máquinas para cierta función determinada, para producir cierto producto”. Nafarrate habla de que, aun cuando más personas son empleadas en esta rama, las cosas han cambiado mucho. “En aquel entonces un aparato electrónico fabricado en Estados Unidos, Europa o México, se podía exportar en el nivel mundial pero había que producirlo y mandarlo por barco, por avión, por lo que fuera”, mientras que ahora existe la posibilidad de mandar solamente la información a otro lugar del mundo donde se producirá todo a costos más bajos.

El ingeniero de hoy “se va a preparar para trabajar con conocimientos y tecnologías que no existían cuando se recibió. Y esto le sucederá desde los primeros años, ¿eh?, no al final de su carrera, como a mí”. Esa formación debe preparar al ingeniero para un mundo en el que existe una comunicación globalizada que permite, por ejemplo, equipos de trabajo que trascienden la distancia geográfica.

Los inicios 
“Mi súper especialidad en ingeniería electrónica fueron tres cursos en la Universidad de California en Berkeley, uno sobre tubos, otro sobre radio y televisión y otro sobre servomecanismos, y párale de contar.” Por su tono desenfadado parecería muy sencillo; sin embargo, cuando Nafarrate partió a California en 1947, era la mejor preparación en la materia a la que se podía aspirar en el nivel de licenciatura.

Paradójicamente, a pesar de haber estudiado una profesión que no tenía un campo laboral formado, y menos en nuestro país, esa misma condición le presentó oportunidades laborales por ser, en algún tiempo, uno de los pocos ingenieros con esos conocimientos en Guadalajara.

Primero, pensar mucho 

La primera oferta llegó desde su estancia en Berkeley: una importante compañía europea, Philips, le invitaba a prepararse durante un año en Europa para después volver a México a liderar uno de sus equipos de trabajo.

Nafarrate partió a Holanda luego de sus años de estudio en Estados Unidos. Recién llegado a su nuevo trabajo pidió una serie de equipos, como un osciloscopio y un registrador de 16 canales. Para su sorpresa le respondieron: “aquí primero hay que pensar mucho porque no hay más que un voltímetro”.

En 1952 hasta Philips padecía las carencias de la posguerra europea. Esto le obligó a cambiar su lógica de pensamiento pues ya no podía medir todo y revisar variaciones sino que se trataba de pensar todas las posibilidades y descartarlas en la cabeza para finalmente comprobar midiendo sólo algunas.

De regreso a la Ciudad de México no duró mucho, pues tuvo que volver por causas familiares a Guadalajara, donde su padre había fundado años atrás una compañía de importación y servicio para equipo médico. “Vino un gran crecimiento de todos los campos de la tecnología, todas las aplicaciones del conocimiento científico. Todo eso que se estaba desarrollando de forma explosiva, aplicado al campo médico, pues obviamente que implicaba continuamente nuevos desarrollos.”

Para Nafarrate era una oportunidad el poder aplicar todo lo aprendido en una empresa cuyo giro, el equipo médico, era de los más avanzados en electrónica, y lo sigue siendo hasta la fecha. “De las primeras prótesis que hubo para el ser humano fueron los marcapasos. Al principio pesaban hasta 200 gramos y duraban cerca de seis meses, mientras que ahora pesan 20 o 30 gramos y duran diez años o más. Hace apenas unas décadas no hacían más que mandar una señal eléctrica y hoy se comunican, informan, los puedes modificar, puedes saber cómo está el marcapasos y cómo está el paciente. Cómo es la relación hombre – máquina.”

Desde su empresa le tocó ser pionero en distintas ocasiones. Instaló por primera vez diversos aparatos de la más alta tecnología en el área de la medicina; fue él quien dio mantenimiento a estos equipos y organizó capacitación y entrenamiento para médicos y operadores en los primeros hospitales que manejaron estas tecnologías.

Equipos de monitoreo transoperatorios, equipos de rayos X para procesos especiales y equipos para aplicación de radioisótopos para el tratamiento de cáncer, entre muchos otros. “Fue una experiencia fabulosa porque era un reto continuo y muy interesante, el estar por lo menos colaborando localmente a tener la medicina al día con relación a los otros países que iban mucho más adelantados que nosotros”.

“Todo profesionista debería estar vinculado de alguna manera a una actividad docente”

 

A los 73 años, este hombre de hablar pausado, entró a estudiar la Maestría en Educación “porque la sociedad ha cambiado, los jóvenes han cambiado y yo no había cambiado”. Buscaba una solución matemática a un problema que tenía en el salón de clases. A pesar de toparse con un panorama totalmente distinto al esperado, permaneció en la maestría debido a la buena impresión que le causaron las maestras y los maestros que ahí conoció, “me sorprendió la calidad de esas personas como profesores, como seres humanos y ahora como amigos”.

Tras el fracaso inicial del algoritmo también comenzó la evolución de su búsqueda. Ante jóvenes expuestos a la televisión, el nintendo, internet y un sinfín de información a toda hora ¿cómo puede el docente llamar su atención y, sobre todo, mantenerla? Efectivamente, aquellas disertaciones del sabio profesor, por lo general, resultan estériles ante tal nivel de distracción.

Con el paso del tiempo las preguntas fueron cambiando. “Pararse frente a un grupo y transmitir conocimientos ya no era el medio para formar ingenieros. Había que empezar a desarrollar habilidades, pero eso a mí nadie me lo había enseñado, aunque lo estuviera haciendo; entonces ¿cómo es factible que como profesor pueda lograr que el alumno aprenda a aprender usando como medio un conocimiento?” Ahora se encuentra ante el reto de poner en práctica las respuestas a esa pregunta. Y el problema no es local, “porque a los profesores no nos gusta cambiar. ‘Yo soy un experto en eso y doy la materia de maravilla: no tengo que cambiar, si alguien va a cambiar que sea el alumno’”. El tema está sobre la mesa.

A principios de la década de los años noventa, un grupo de académicos en Estados Unidos se reunió para revisar cómo se evaluaba a las escuelas de ingeniería de aquel país. Los criterios entonces vigentes eran obsoletos y medían una buena o mala escuela de ingeniería por la calidad de sus laboratorios, los grados académicos de sus profesores o el tamaño de su biblioteca, por decir ejemplos. Después de trabajar casi una década descubrieron que el criterio de evaluación para una escuela de ingeniería debe ser la calidad de sus egresados, es decir, que sus habilidades para ejercer la profesión, para comunicarse, para relacionarse con los demás, para diseñar o experimentar, eran más importantes que sus conocimientos. Ésta fue una gran noticia para Carlos: le sorprendió con gusto el cambio de parámetros, pues, asegura, encontró en eso respuestas a preguntas propias.

“Todo profesionista debería estar vinculado de alguna manera a una actividad docente.” Esta afirmación proviene de la experiencia de alguien que combinó docencia y ejercicio profesional de manera constante desde el inicio de su carrera. Siendo de los primeros expertos en el área, Carlos fue invitado en 1956 a impartir el curso de electrónica en la Universidad de Guadalajara y continuó dando cursos en esa casa de estudios hasta 1970. En el ITESO ha sido profesor desde 1962 hasta la fecha. Al poco tiempo de estar en la docencia se dio cuenta de que ésa sería la forma más interesante de mantenerse al día en su profesión, y “obviamente que aprendí mucho más que mis alumnos, y en lugar de que me pagaran debí haber pagado por aquella oportunidad”.

“Nosotros los ingenieros podemos fácilmente predecir el futuro a través de la simulación. Estamos en un mundo de leyes, la ley de Ohm sigue siendo así y sigue funcionando bajo sus mismas circunstancias y restricciones”

Si no le hubieran ofrecido dar aquellas clases, él ya no sería ingeniero electrónico: “yo habría sido un ingeniero dedicado a mi profesión dentro de mi empresa, y obviamente habría llegado el momento en que hubiera dicho: ‘Hasta aquí llegué y ya soy comerciante, ya no soy ingeniero’, y de esta forma pues creo que todavía puedo decir que soy algo ingeniero”.

Predecir el futuro 
“Nosotros los ingenieros podemos fácilmente predecir el futuro a través de la simulación. Estamos en un mundo de leyes, la ley de Ohm sigue siendo así y sigue funcionando bajo sus mismas circunstancias y restricciones. Pero vete a otro campo, como el social, ¡y vas a encontrar que las leyes no son leyes!, que no se repiten como sale el sol cada mañana, y dependen del individuo.” Efectivamente, un ecónomo, un sociólogo o un psicólogo, no pueden tener un simulador del hombre y, entonces, “como no entendemos que no tengan leyes tan maravillosas como las que nosotros tenemos, pues decimos: ‘oye, no, tu ciencia no es ciencia, es cuento y no hay nada repetible ahí’”.

Reconoce que la diferencia está en la complejidad del objeto de estudio, pues no es lo mismo lidiar con una máquina que meterte con el cerebro humano o con un grupo social, infinitamente más complejos. “Imagínate al pobre médico, con lo complejo del ser humano y teniendo que definir cómo lo va a curar; es durísimo. No puede ser con la precisión que un ingeniero compone una máquina que él mismo diseñó. Estamos hablando de algo muy sencillo, una máquina, por más complicada que ésta parezca.”

“A mí me tocó una época en la que todavía podías darte el lujo de estar en varios campos y más o menos dominar cada campo. Posiblemente porque no tenía que pasar un par de horas al día encima de un carro.” Por eso, cuenta, había tiempo para la empresa y la docencia, y además para desarrollar algún pasatiempo: volverse experto en música, literatura o algún deporte que demandara mucha dedicación. Ahora, sin duda, parece difícil encontrar tiempo para todo esto.

“ La montaña es un lugar donde se crean amistades muy especiales, como que dejas tus complejos en la ciudad y empiezas a ser tú mismo allá arriba”

Desde pequeños su papá los llevaba, a él y a sus hermanos, a caminar y pasear por los alrededores de la ciudad; de ahí le viene el gusto por el campo. Un día de verano, cuando cursaba la secundaria, Carlos subió con sus amigos uno de los cerros vecinos de Guadalajara que más le llamaban la atención: el Cerro Viejo. Comenzó a escalar otras montañas como el Nevado de Colima y los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl. Cuando empezaron a crecer sus hijos se fue volviendo una actividad de familia: “era una diversión muy personal que luego se convirtió en un medio de comunicación con los hijos”.

En 1969 lo invitaron a una excursión del Club Alpino del Instituto de Ciencias (CAIC) al Iztaccíhuatl, programada para colocar una cruz que conmemorara el fallecimiento de un grupo de alpinistas allá arriba; fue así como comenzó a formar parte de esta agrupación. Con el caic siguió saliendo de excursión y haciendo alpinismo por muchos años. En 1987 un grupo de ex miembros de esta organización lo invitó a escalar el monte McKinley en Alaska, el más alto de América del Norte y uno de los más fríos en el mundo. A sus 57 años decidió acompañarlos y permaneció como apoyo en la base de la montaña mientras el resto de la expedición hacía lo suyo.

Años después, por recomendación de un amigo, decidió hacer una caminata de varios días en Nepal por las heladas faldas de los montes Annapurnas. El Himalaya paquistaní fue el escenario de su última excursión por una cordillera lejana. Carlos relata cómo subieron a un glaciar en el que permanecieron por nueve días caminando y acampando a más de cuatro mil 500 metros de altura. Dos alpinistas, también antiguos miembros del caic, quienes hace unos años lograron la cumbre del Everest, fueron su compañía en esta travesía. Su objetivo era conquistar el Broad Peak, una de las pocas montañas que superan los ocho mil metros de altura, y fue a las inmediaciones de ésta hasta donde Nafarrate, con su mochila y 76 años al hombro, los acompañó el año pasado.

No todo son largos viajes a lugares recónditos: “todos los fines de semana que puedo me voy al monte. Aunque no suba ocho mil metros de altura, sí camino ocho mil metros de distancia horizontal —suelta una carcajada—. La montaña es un lugar donde se crean amistades muy especiales; como que dejas tus complejos en la ciudad y empiezas a ser tú mismo allá arriba. Esa belleza no te puede motivar más que a dar gracias a Dios. De modo que parte de ir la montaña es, también, una acción de gracias”.

Carlos va preparándose para la actividad que quiere hacer cuando deje de trabajar. Quiere ser jardinero, pues cree que es una buena actividad y que sería gratificante; sin embargo, aclara, “eso digo ahorita porque nunca lo he sido, si de repente me meto y se me hace muy aburrido, pues me pongo a hacer otra cosa”.
“Todos los fines de semana que puedo me voy al monte. Aunque no suba ocho mil metros de altura, sí camino ocho mil metros de distancia horizontal”. Foto Paula Silva 

Ficha de Nafarrate

Estudió ingeniería en la Universidad de Guadalajara y se graduó de una especialidad en electrónica por la Universidad de California en Berkeley. Tiene un posgrado en Ingeniería industrial por la Universidad de Penn State en Pennsylvania y una Maestría en Educación por el ITESO. De 1955 a la fecha ha sido empresario en el área de equipo médico. Es Profesor Emérito del ITESO donde da clases desde 1962; también es Senior Member de la IEEE y fundador de la sección Guadalajara de este organismo.

Etiquetas: , ,

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*