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La ruta Occidente – Pacífico: un espejismo migrante

Junto a las vías del tren en Guadalajara, hay un callejón que divide a la ciudad en una zona habitacional y un barrio acechado por balaceras, robo de autos y asaltos. Se formó en el 2011 cuando la empresa Ferromex intentó impedir el paso de personas a los vagones y levantó muros de concreto y púas cerca de avenida Washington.
POR JADE RAMÍREZ

En su interior, hay casas de cartón y plástico, montones de ropa, platos, desechables, mochilas, un sillón viejo y pestilente donde dos jóvenes vestidos de mujer fuman y platican con un trío de señores con envases de inhalante. Hasta doscientas personas conviven o duermen en este lugar: población en situación de calle que no cabe en los albergues caritativos de la ciudad y migrantes en espera del tren. La ruta de Occidente, como se conoce al trazo de las vías del tren del Bajío a la frontera norte por Jalisco, Nayarit y Sinaloa, ha visto pasar en años recientes a migrantes centroamericanos, que materializan el rostro de los hijos de estas tierras que han buscado la misma suerte en Estados Unidos.

Hay reportes desde el 2009 que indican un aumento del 400 por ciento de personas viajando en tren en la ruta que consideran “varonil” porque de las casi 13 mil personas atendidas con ayuda humanitaria, solo el 6 por ciento han sido mujeres; más de la mitad provenían de Honduras, Guatemala, El Salvador, Nicaragua y un 30 por ciento mexicanos.

Iliana Martínez del Programa de Asuntos Migratorios del ITESO, explica que el cruce migratorio por Guadalajara no es nuevo, pues desde hace 20 años los vecinos de las vías recuerdan haberlos visto, pero sí la dinámica de estancia: si antes era solo de paso, ahora pueden estar meses o años esperando las condiciones para continuar el viaje.

 

A la espera del tren

El silbido avisa la proximidad del tren al callejón en la avenida Washington y quienes ahí esperan, saben que el maquinista suele disminuir la velocidad. Entonces se acomodan en fila, frotan sus manos, arremangan la camisa y aseguran su mochila.

“¡Viene acelerando mijos, con cuidado!”, grita Roberto, habitante de ese callejón. Nació en Veracruz y desde hace un mes vive en las vías con su pareja mientras se recupera de la rodilla desapostillada al caer del tren. Se desplaza como si la calle fuese su casa y coordina cierta logística en la comuna transmigrante. “Abusados al trepar chavos, si no pueden a la primera mejor quédense, duermen más y se alimentan”, les insiste.

‘Sufragio’ es la clave entre los vigilantes para referirse al tren cuyo destino final es Sinaloa frontera con Sonora; de ahí, el camino que sigue es Altar o Nogales, Mexicali, Ciudad Juárez. “Ahora sí me subo, ya no quiero quedarme otra vez aquí, por el Álamo [Tlaquepaque] se subieron unos cholos con machete a asaltarnos, vámonos, vámonos…” lanza Carlos, de Guatemala, quien ya vivió en tres ocasiones en Estados Unidos pero esas mismas tres, ya fue deportado.

Traía dinero para su pasaje en autobús, pero eligió ahorrarlo porque hacia el norte “ya no sabes cuándo vuelves a comer”, dice al tiempo que trota, le alcanza el paso, flexiona las rodillas y lanza los brazos a la escalinata del tren. Las luminarias de la estación desaparecen, el tren sigue con Carlos y los otros diecinueve que lograron subirse.

 

Migración de doble vía

Junto al callejón se encuentra el comedor para migrantes FM4 Paso Libre, que atiende migrantes centroamericanos. A los mexicanos que terminan varados en Guadalajara, casi siempre deportados de Estados Unidos, no les dan el apoyo que consiste en alimento, baño, un cambio de ropa y una mochila para continuar el viaje. En este lugar no pueden pernoctar, de ahí que el callejón sea su refugio.

Según el testimonio de quienes han pasado por este comedor, el 54 por ciento de los que escogen la ruta del Pacífico lo hace por creerlo más seguro que la ruta tradicional del Golfo-Tamaulipas; el 16 por ciento llegó aquí sin darse cuenta, al subirse a un tren cualquiera; y el resto llegó deportado, generando en Guadalajara un cruce de caminos entre los que suben o se quedan varados más tiempo de lo previsto.

 

Las patronas de Jalisco

Dos veces por semana Esperanza y Eva llegan al callejón de los migrantes a bordo de su camioneta, la estacionan en el centro y descargan un tambo de unos 20 litros de comida, esta noche es caldo de frijoles con chicharrón, nopales, chile jalapeño y tres tostadas grandes. “Provecho mi rey, si quiere más y todavía hay se me viene mijo”, les dicen al compartir el alimento.

La hija de Esperanza fue migrante y hace poco obtuvo permiso para trabajar en Estados Unidos, al casarse con un ciudadano norteamericano. Para Esperanza, el gesto de compartir comida es un agradecimiento.

“Hago esto porque ella no tuvo que pasar todo lo que esta gente pasa: frío, hambre, dolor, inseguridad…No soy yo sola. Son mis amigas las que me apoyan también. Me ayudan con un kilo de arroz, poniendo de su gas, cocinando en sus ollas, me dan frijolitos”, relata mientras reparte, no importa si son centroamericanos o mexicanos.

Además de ellas, un señor apodado “El Padre” suele llevar y repartir unos 200 lonches todas las noches.

Ni hospitalaria, ni segura

El testimonio de dos migrantes hondureños, deja ver que esta ruta no es tan segura ni hospitalaria como se piensa. Habían salido semanas atrás de Copán Ruinas, Honduras, un asentamiento Maya de la región montañosa, a 184 kilómetros de San Pedro Sula. Los jóvenes al pasar por Guadalajara antes de tomar un autobús a Tepic, Nayarit, sobrevivieron a un secuestro.

Según su relato, un martes de marzo en 2013, un hombre que había estado merodeando el callejón en las vías les ofreció trabajo. Aceptaron y se los llevó a tomar un taxi que se dirigió a un rumbo desconocido para ellos en Zapopan, después los subieron a una camioneta gris en la que viajaron varias horas por carretera y terracería. Su experiencia fue descrita a defensores de derechos humanos una vez que escaparon y volvieron a las vías.

Iban calculando las horas y en suposición, a las doce de la noche después de cinco horas de viaje, se dieron cuenta que habían llegado a La Florencia, en el municipio de Tlatenango, Zacatecas, en los límites con Jalisco.

“Tenían gente vigilando porque andaba un batallón por ahí, estuvimos con un señor de la misma organización, ‘El Conejo’, luego nos recogió otro armado”, relataron los migrantes de 28 y 26 años que huyeron mal dormidos, asustados y sin comida tras tres días de encierro en una casa de seguridad “íbamos a ser entrenados como sicarios, para matar zetas y pelear plazas”.

Los migrantes hondureños narraron su experiencia y cambiaron de planes, continuaron su viaje en autobús a Tepic, Nayarit.

 

De tepic, al norte

A los veinte migrantes que subieron en el callejón Washington en Guadalajara se sumaron otros veinte más en San Juan Ocotán, Zapopan, dos eran mujeres de Honduras que lo hicieron en grupo con otros cuatro hombres. Una viajaba lastimada de su pie izquierdo por un balazo en el tobillo del que no se había recuperado antes de salir de su país.

El tren siguió su recorrido hasta llegar a Tepic, Nayarit. Ahí paró una hora.

A pocos metros de las vías apareció el comedor Jesús Migrante, otra iniciativa ciudadana que a las siete de la mañana tiene lista comida caliente para quienes tras ocho horas de viaje, vuelven a ver una ciudad y se saben más cerca del norte.

El texto y las imágenes forman parte del proyecto En el Camino, realizado por la Red de Periodistas de a Pie y apareció el 21 de octubre de 2014 aquí.
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