TEATRO

El amor como miedo a la soledad

Presentan en el ITESO la obra de teatro La mujer justa, basada en la novela de Sándor Márai

POR ADRIANA LÓPEZ-ACOSTA

Cerca del final de la obra La mujer justa, de Sándor Márai, el personaje de Lázaro exclama, “Tenemos tanta necesidad de sentirnos vivos…”.

Lo dice en un bar abandonado por los bombardeos de los alemanes a Hungría. Son los últimos años de la Segunda Guerra mundial; el escritor, interpretado por el actor Héctor Holten, comparte una copa de los gabinetes olvidados con Judit.

Ella es el gran amor de su mejor amigo, el rico y desdichado Péter. Pero cuando ellos dos se encuentran, su matrimonio ha quedado en ruinas, como el resto de Budapest.

Sentirse vivo, en esta novela adaptada al teatro por Hugo Urquijo y Graciela Dufau, es la constante búsqueda de los personajes que la encarnan. Y el amor es para todos ellos el vehículo. Pero este resulta un amor que es presa de las circunstancias, el desencuentro de los tiempos y la clase social como barrera intangible.

El Festival Cultural Universitario fue anfitrión de esta obra dirigida por Enrique Singer, en el Auditorio Pedro Arrupe, SJ, el martes 24 de octubre. Se centra en Péter (Juan Carlos Colombo) y las dos mujeres en su vida: su primera esposa, Marika (Verónica Langer) y la joven Judit (Marina de Tavira), que siempre amó en silencio, fue su segunda esposa y la causa de su desdicha. Como testigos, la madre de Péter (Tina French) y Lázaro.

La obra transcurre entrelazando monólogos de los tres inmiscuidos en el triángulo. Cada uno cuenta su versión y sus reflexiones sobre por qué no funcionó para ninguno. “En cada hombre hay un lugar donde la mujer no puede entrar. Una séptima habitación donde él dice: aquí quiero estar solo”, declara Marika. Ella, la primera esposa, estuvo profundamente enamorada de un esposo ausente y frío.

Péter, ahogado en el aburrimiento burgués de “tenerlo todo”, no encontraba forma de encajar en su mundo lleno de expectativas para su futuro. Antes de casarse, conoció a Judit, que trabajaba limpiando los excusados de su casa, y no tuvo el valor de confesarle su amor, hasta muy tarde. Cuando pudo recuperarla, ella no era más una mujer ilusa y enamorada, sino llena de resentimiento. “Él dejó a su esposa como quien deja un médico por una curandera. Eso fui yo”, expresa Judit, años después del fracaso de su matrimonio con Péter, exiliada en Italia tras la guerra. A través de sus relatos, la obra abre espacio para reflexionar sobre la felicidad como un estado elusivo e inalcanzable, en donde el amor parece ser la solución; pero no siempre lo es.

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